ASCENSIÓN DEL SEÑOR. T. PASCUA. 2023

La acción de Dios en la historia, en el mundo, en nuestra alma, es algo espectacular, brillante, esperanzador. Dios no deja ningún cabo suelto: aunque nos pueda parecer que se olvida de nosotros, que está despistado y ausente, que va a lo suyo y no tiene tiempo de prestar atención a unos y otros…, no es así. Dios es un Padre atento que no abandona a sus hijos y está siempre pendiente de sus necesidades. Dios es referente de humanidad, para alcanzar esa plenitud que tanto buscamos. Dios es el que nos da aliento y luz para abrirnos caminos de bien, de belleza, de verdad…

Sí. Dios vela por todos y cada uno y va colocando las cosas donde corresponde para guiarnos y darnos todo aquello que necesitamos para vivir en plenitud. Dios nos ha creado y nos ha dado ese encargo de regir la tierra, no a nuestro aire, sino con ese sentido que Él le ha dado. Y desea nuestro bien más que otra cosa en el mundo. Nos ama y nos quiere llevar por caminos de amor. Ha puesto, pone y pondrá todo de su parte. Pero también quiere nuestra correspondencia. ¿Se la daremos?

Mira cómo actúa con sus apóstoles, llena de contenido sus vidas. Y lo hace por nosotros: se ha encarnado como uno más, se muestra como Dios y hombre verdadero, predica la buena noticia de un Dios cercano. Padre lleno de ternura. Habla y vive con un amor que no se queda en teorías, ama hasta morir por nosotros en la Cruz. Y avala todo eso con su resurrección: dueño de la vida nos muestra su señorío que vence todo lo negativo, la enfermedad, el sufrimiento, la propia muerte. Lleno de esa vida que anuncia eternidad está con los suyos en esa especie de Retiro espiritual de 40 días para fijar bien todo ese mensaje de salvación. Y después…, confía plenamente en aquellos que ha escogido para lanzar al mundo esa Buena Noticia. En ti y en mí. Y asciende al cielo. Su obra aquí en la tierra se ha cumplido pero ahora nos toca a nosotros, a cada uno, llevarla a cumplimiento.

1. Seamos conscientes de una misión. No podemos negar la acción de Dios en las almas. Somos testigos de su amor. Pero eso que ha dado a manos llenas a sus discípulos y que nos está dando a cada uno de nosotros, no es solo para agradecérselo y luego cruzarnos de brazos llenos de satisfacción. Hay que concretar. Dios nos llena y nos da todo para que, meditándolo en el hondón de nuestra alma, fructifique en nuestro corazón y lo regalemos a todo aquel que se cruce en nuestro camino. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Esa llamada no es solo para los obispos, los curas y las monjas, sino para cada uno de nosotros. Somos receptores y transmisores de la salvación de Dios que da la vida.

2. Somos destinatarios de una promesa. Formamos parte de ese plan de Dios que surca la historia. No podemos considerarnos seres anónimos que no saben de dónde vienen ni a dónde van. No estamos aquí en el mundo para hacer bulto y que otros vivan la vida que nos corresponde. Somos hijos de esa libertad con la que Dios nos ha liberado y hemos de vivirla porque nos quita los cepos, las cadenas de un mundo que nos quiere vasallos, cuando somos hijos de Dios. Abracemos esa verdad que no pesa, sino que da alas para todo lo grandioso: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. Nuestra fuerza no viene de hacer lo que nos da la gana, no somos esclavos de nuestros deseos, somos forjadores de felicidad verdadera que viene de Dios.

3. Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo. Todo esto no es un ideal bonito que se vende como se vende el humo de las promesas humanas, de esas mentiras con las que las ideologías quieren comprarnos. Es una realidad cierta que comprobamos conforme nos acercamos a Dios y vivimos de Él. No son ilusiones vanas que acaban en frustración, porque nunca se concretan en realidades vivas. Es abrirle la puerta a Dios y percibir su acción en nosotros: ¿no has experimentado la paz en tu alma cuando has hecho una buena confesión?. Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Que sí, que Dios actúa y seguirá actuando. Entonces ¿todavía dudas? Déjate arropar por ese Espíritu Santo que quiere transformarte. No cuentas con tus propias fuerzas, sino con el poder de Dios. 

Ya no es tiempo de quedarnos embobados a verlas venir. Es el tiempo de los hijos de Dios que no solo miran al cielo, sino que construyen la tierra. Apoyados en María, nuestra Madre del cielo.

Lecturas y homilía. VII Domingo de Pascua. Ciclo A
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