BAUTISMO DEL SEÑOR 2022

Ha venido a la tierra el Hijo de Dios, el hijo de David, el Mesías prometido, el Salvador del mundo, y va a ser el mismo Dios el que da testimonio de ello: Dios en su Trinidad presenta al que es señalado por Juan como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Se abre el cielo, se rasga el velo del misterio y queda certificado lo que se ha ido esperando en los siglos: la cercanía de Dios con los hombres hasta hacerse uno de nosotros. Se concreta la dinámica de la encarnación: todo lo humano está atravesado de lo divino. No hemos sido “echados a la tierra” para verlo todo desde un plano horizontal, solos y a lo que salga, Dios es mucho más grande que todo eso, nos quiere elevar a una realidad mucho más grande que apunta a lo alto: la vida sobrenatural. No es lo que yo haga, es lo que Dios hace.

Hay un bautismo de conversión y penitencia. Es el bautismo de Juan, a él se acerca el Señor que, mezclado con el resto de la gente, pide a Juan que lo bautice. El Papa Francisco decía cómo antes de entrar en el agua, se sumergió entre la gente. Él, que no tenía pecado, y viene a redimirnos del pecado, se pone a la cola, uno más, para entrar en la dinámica de la verdadera transformación de vida, en la dinámica del auténtico perdón que va a borrar nuestros pecados. Nos invita también a cambiar de vida.

Será Jesús el que va a inaugurar el verdadero bautismo: de Espíritu Santo y fuego. Es el bautismo con que Señor que nos regala al Espíritu Santo: en la cruz “entregó el Espíritu”, y pone fuego en la tierra porque lo que quiere es que el amor que nos entrega arda en nuestro interior. Recibimos para que nosotros también aportemos, y convirtamos el don de Dios en vida nuestra. Solo entonces se abre el cielo. Lo confirma el Padre y el Espíritu, que dan testimonio acerca del Hijo Amado y de su misión.

Con el Bautismo comienza la vida cristiana. Las puertas de la Iglesia se abren para recibir al nuevo miembro de la familia de Dios, de la familia de la Iglesia. El Bautismo que el Señor entrega a sus discípulos para que sea el signo de pertenencia a Dios. Es el primero de los sacramentos que la Iglesia, tal y como quiso el Señor, nos van introduciendo en la vida divina. Jesús, antes de marchar al Padre dio el mandato a los suyos de predicar el Evangelio, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ese es el sello indeleble que expresa nuestra pertenencia a Dios. Los otros dos sacramentos de iniciación, que “ponen en marcha” a los hijos de Dios son la confirmación y la comunión. Aunque la Trinidad está y obra de una forma plena en ellos, podríamos decir que cada uno y, a su modo, nos vincula de una manera especial a una de las personas de la Santísima Trinidad: 

1. En el Bautismo se nos pone en los brazos del Padre que nos sostiene con ternura, nos llama hijos y deja tatuado nuestro nombre en la palma de su mano. Y despliega así su amor misericordioso.

2. En la Comunión se nos entrega plenamente el Hijo, el Amado, que se nos da hasta el final, con un amor que salva, que se entrega en la Cruz para rescatarnos del pecado y se nos da como alimento.

3. En la Confirmación recibimos el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que se despliega en sus siete dones y con su fuego ardiente quema el mal en nosotros, y hace crecer el amor verdadero.

El Bautismo nos da una identidad: somos hijos de Dios en Cristo. Hemos nacido para el cielo. Tenemos un nombre que queda inscrito en lo alto, porque nos hace ciudadanos del cielo. Y, con él se nos da la fe, que nos abre los ojos, para que aprendamos a mirar a Dios como hijos y a los demás como hermanos, para que tengamos esa confianza plena de haber sido amados desde la eternidad. Y ese amor queda rubricado por la Trinidad, que actuará en nosotros si le dejamos obrar, para darnos vida.

En este último día del Tiempo de Navidad seguimos mirando a María, a José y, en medio, al Niño, la trinidad de la tierra. Y aprendemos también de ellos a ser hijos en el Hijo.

Recordamos que no somos hijos de la ira, porque hemos brotado del Costado abierto de Nuestro Salvador Jesucristo y, en esa herida gloriosa, podemos tener siempre nuestro refugio. Bendito sea Dios que nos quiere tanto.

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