BAUTISMO DEL SEÑOR A. 2026
El tiempo de Navidad no acaba inmediatamente después de la Fiesta de Reyes. Va más allá. Se cierra el ciclo con el Bautismo del Señor en el Jordán. Ese momento en que se muestran a las claras las tres divinas personas avalando al Hijo de Dios. Y se abre el cielo, para no cerrarse ya. Dios, que existe, es Trinidad de personas y nos revela su intimidad. Dios que no está cerrado en Sí mismo, que no es algo que veo de lejos o como entre brumas. Porque es Dios con nosotros y para nosotros.
Cristo, que se hace carne, ha querido recorrer todos los caminos de la vida del hombre. Y con ello, no lo olvidemos, santifica con su presencia todo lo humano. Nada de lo humano le es ajeno, salvo el pecado. Va creciendo bajo la mirada de María y de José y se va desenvolviendo como cualquiera de nosotros. Podríamos pensar que por qué tarda tanto en empezar su vida pública, y comienza pronto a predicar, a hacer milagros para que llegue su mensaje de salvación, revelando al Padre y al Espíritu… La respuesta es sencilla: para dar relieve a todo el acontecer humano, la vida de familia, el trabajo, las relaciones sociales, la amistad… Todo es redentor, camino de santidad. Jesús hace divinos los caminos humanos de la tierra, para seguir sus huellas y vivir de su entrega.
1. Lo que era el Bautismo de Juan. Cada una de las acciones que nos muestra el Evangelio, no están puestas ahí por casualidad: van dando el tono de ese itinerario de amor al que estamos llamados. Juan Bautista es el precursor, la voz que anuncia al que viene a salvarnos. Y lo que propone con su bautismo es pararse y dejar de lado el pasado, porque el encuentro con el Mesías prometido exige conversión: ya no vale lo de antes, el tiempo de espera ha llegado a su fin y hay que cambiar de rumbo para acoger a Dios y ser transformados por Él. Dios que revela el hombre al propio hombre. Nos alimentamos de su humanidad: ya no dependemos del primer Adán que desobedeció y nos introdujo en el pecado, ahora estamos asociados al segundo Adán, el hombre nuevo, Cristo, que, obedeciendo, nos libra de toda culpa. Con Cristo adquirimos la condición de hijos de Dios, salvados y elevados a lo divino. ¡Qué algría, acoger toda esa grandeza de Cristo para llevarnos más allá de la vida meramente terrena que, a partir de nuestro bautismo, apunta a lo sobrenatural!
2. El Bautismo como sacramento. Al presentar a un niño en la Iglesia para ser bautizado, los padres, aunque no sean completamente conscientes de ello, se lo ofrecen a Dios para que Él le regale la auténtica libertad para la que ha sido creado. Y ese niño es introducido en la luz de Dios: por eso se enciende una vela en el Cirio Pascual, para atestiguarlo. El bautismo se convierte, entonces, en promesa de Dios, que nos da su sí incondicional, apostando por cada uno de nosotros. Y con ello nos garantiza que estará a nuestro lado para ayudarnos a ser aquello para lo que hemos sido creados: para ser hijos salvados por el Hijo, y gustar la vida eterna. Dios, que deja su impronta en la historia, marcando el ritmo de cada suceso. Pero no solo en general: con el bautismo entra también en nuestra historia personal. El Buen Dios siembra en su nuevo hijo la esperanza de una vida que va más allá de lo material, porque se abre a Dios, que lo transforma. Ciudadanos del cielo. Y, al tiempo la Iglesia, que es Madre, abre sus brazos de par en par para recibir a su nuevo hijo.
3. Con el Bautismo surgimos de la muerte a la vida. El bautismo es anuncio de resurrección. Es la esperanza viva de un Dios que se nos ofrece para darnos razones para vivir una vida verdadera. ¿Qué podemos aspirar, quedándonos en lo meramente humano? ¿Una vida acelerada? ¿Una vida a lo que salga? ¿Una vida que se quiere controlar y que se desbarata a poco que nos demos cuenta? Porque hay tantos altibajos, tantas vueltas y revueltas que no sabemos dónde nos llevarán… El bautismo nos propone una vida en Dios que le da, además, un sentido. No hemos surgido del azar, de la casualidad, hemos nacido del amor de Dios y nos encaminamos, con su ayuda, a algo que va más allá del mundo y de nosotros mismos: la eternidad de amor con Él. No estamos abocados a la muerte, que acaba haciendo desaparecer toda ilusión verdadera. Confiamos ese niño a la certeza de un Dios que es amor y tiene un rostro: Cristo, que se entrega por nosotros y se queda aquí en la tierra para seguir dándonos vida en la Eucaristía, convirtiendo nuestras oscuridades en luz del día.
El Bautismo que nos abre a la gracia de Dios, como María abrió su seno al Salvador.