Homilía D. Alfonso

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS 2023.

Ayer, con la Solemnidad de Todos los Santos, fue como si pudiéramos levantar un poco el velo del cielo. ¡Qué impresionante! Es el destino de los que han amado tanto a Dios en esta tierra que disfrutan ya de ese amor sin fin, bien metidos en el gozo eterno. ¡La alegría, la paz y esa felicidad para siempre: la contemplación de Dios! Lo han dicho los Santos: “¡Quiero ver tu rostro, Señor! ¡No me lo escondas!” El mundo pretende convencernos de que todo acaba aquí en la tierra y dice aprovechemos: tocar, gustar… pero luego ¿qué? la nada, ¿el cielo? cuatro nubes de algodón, algún ángel despistado y todo super-aburrido. Un “tostón” sin aliciente y así para siempre: menudo agobio. Pero, ya se sabe, engaña: nos da gato por liebre y latón viejo como oro. No te lo creas. No entres en sus mentiras.

“Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios ha destinado para los que lo aman”. ¿Y gratis total? No. Es solo para los que han aprendido a amar y han deseado ardientemente ver la belleza inefable de Dios. Ese es el pasaporte que hay que enseñar antes de entrar: ese amor que se ha sabido acoger, que se ha hecho vida de la propia vida y se ha entregado generosamente a los demás para ayudarles a descubrirlo.

1. Existe el Purgatorio. No lo olvidemos: solo se puede amar verdaderamente con libertad. Dios quiere que gocemos del cielo, pero no quiere que entremos en él forzadamente, o a empujones. Al cielo no se entra ni por obligación, ni “por la cara”. Dios es total misericordia, pero se ha puesto un límite a sí mismo: la libertad del hombre. Si decimos, conscientemente, no a Dios, Él queda atado de pies y manos: con dolor respeta esa opción de una libertad esclava que ha elegido apartarse de Él, con indiferencia, con desamor. Puedo elegir el calor de su fuego enamorado, y elijo el frío de su lejanía ¡Qué herida en tu Corazón, Dios mío! No lo permitas. Pero eso en la tierra no es irreversible: arrepentidos y pidiendo perdón, el Señor nos rescata, nos tiende la mano, con la oportunidad de “reengancharnos”. El Señor siempre está dispuesto a perdonar. Es verdad, pero nuestro amor se resiente y hay que purificarlo. Eso es el Purgatorio: “hacer ganas de Dios”, “para aprender a amar”. Y luego, el gozo eterno.

2. Pero ¿existe el infierno? Este asunto es, a veces, complicado de entender: si Dios es infinito en su misericordia eso sería incompatible con la existencia de algo tan negativo y penoso, tan cerrado al amor. Pero es que Dios no ha creado el infierno. ¿Entonces qué pasa con él? Dios creó a los ángeles, espíritus puros, con toda perfección, para cantar eternamente su gloria. Les dio también esa opción de elegir libremente amarlo o no. Y algunos de ellos, con Luzbel a la cabeza (ángel de luz), quisieron echarle un pulso a Dios, hacerse iguales a Él, y esa decisión irreversible, por ser espíritus puros, se convirtió en un desafío, le dijeron: “no me da la gana, no voy a servirte”. Entonces esa opción transformó el amor al que estaban llamados en odio, y su luz se convirtió en oscuridad: Luzbel pasó a ser Lucifer y abrió para siempre ese abismo de oscuridad, el infierno. Desde entonces, Él y los suyos luchan para arrastrar allí a los hombres. Y aquellos que con libertad se empecinan en el odio y la maldad, acaban en sus redes.

3. En el cielo no hay almejas. Eso decía hace tiempo y bromeando un escritor. No le faltaba razón. En el cielo no puede haber almas del tres al cuarto. En la tierra subimos, bajamos, entramos, salimos y podemos hacer y caer en muchas tonterías: de hecho, eso lleva a estar un poco “a por uvas”, sin darnos cuenta de la hondura del amor de Dios. Sin terminar de percibir la grandeza de ser sus hijos: lo de amar a fondo y de verdad, con pasión de amor y de la buena. Y ese amor raquítico no da para nada. Sería como pedirle a un niño de dos años que proyectara un puente. Pero Dios en su grandeza sale al paso. En el Purgatorio quedan purificadas, de todas esas faltas y pecados, las almas que no han terminado de profundizar en ello.

Apostar por una entrega concreta y libre a Dios, es descansar en el Corazón del Señor que se nos abre de par en par, y nos recibe con un abrazo lleno de ternura. Y allí estarán todos aquellos que hemos admirado por su santidad en la tierra. ¡Dios mío, ayúdame a estar entre los tuyos!

Nuestros ojos contemplarán Dios. Sin llanto ni dolor. Gozo eterno. Y veremos cara a cara a María…

Lecturas y homilía. Conmemoración de los Fieles Difuntos del T.O. Ciclo A
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