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DEDICACIÓN BASÍLICA SAN JUAN DE LETRÁN

DEDICACIÓN BASÍLICA SAN JUAN DE LETRÁN. 2025

La mirada y el corazón de un católico tiene un punto de referencia claro: Roma. El centro de la cristiandad. Allí llegó y se estableció Pedro para, desde la que sería “ciudad eterna”, extender el Evangelio y confirmar en la fe a sus hermanos. Ese fue el encargo que le hizo el Señor. Hoy se celebra una fiesta que nos hace pensar en las raíces de nuestra fe: la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, sede del Obispo de Roma, «madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo». Después de la elección del nuevo Papa, toma posesión de las 4 grandes basílicas romanas: la Basílica de San Pedro, edificada sobre la tumba del apóstol San Pedro, la Basílica de San Juan de Letrán, que es la “catedral de Roma”, la Basílica de Santa María la Mayor, dedicada a la Virgen y, por último, la Basílica de San Pablo Extramuros, edificada sobre la tumba del apóstol San Pablo.

Y esto ¿cómo nos afecta? ¿Qué podemos aprender de esta fiesta para nuestra vida diaria? Cada uno de nosotros estamos llamados a una intimidad grande con Dios, y eso nos hace pensar en la centralidad de la oración, que se puede hacer en cualquier sitio: teniendo presencia de Dios, podemos vivir ese trato con Él, porque está en todas partes. Pero, no podemos olvidar que, lo que también nos habla de esa necesidad de amistad con el Señor, tiene su centralidad en la Santa Misa, donde Jesús se hace presente en su Cuerpo, en su Sangre, en su Alma y en su divinidad. La presencia real de Cristo en la Eucaristía, al que podemos adorar en todos los Sagrarios de nuestras iglesias.

Pues bien, desde un primer momento las iglesias se convirtieron en la Casa de Dios para dar cauce a la celebración de la fe y de los sacramentos que dan la vida al cristiano. A partir de ahí se pueden sacar las consecuencias. Vivir con Dios en la Iglesia a través de “sus templos”. Veámoslo:

1. La iglesia como templo físico. Al principio, los apóstoles y los que se fueron incorporando a ellos, no renunciaron a ser el Pueblo elegido por Dios con Abraham, Moisés, David…, e iban al lugar de culto judío, a las sinagogas. Pero pronto empezó a acrecentarse la hostilidad de los que no aceptaban a Cristo como el Mesías. Y no tuvieron más remedio que buscar un lugar para esa vivencia de la fe en el Dios que se había hecho carne. De esta forma, los cristianos empezaron a reunirse en las casas. Con ello, las familias se convirtieron en iglesias domésticas donde los nuevos cristianos compartían la fe con sus hermanos. Sin embargo, conforme aumentó el número de “convertidos”, se vio la necesidad de un lugar propio donde el pueblo pudiera encontrarse con Dios, en su Casa. Punto de referencia para las celebraciones de los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

2. La Iglesia como casa común. La Iglesia, con mayúscula se fue viendo, como luego diría el Papa San Juan XXIII, Madre y Maestra de la fe. La gran familia de los hijos de Dios. Un cristiano no puede considerarse huérfano, porque está ligado a esta Madre buena que lo guía y acompaña en el día a día para encontrarse con Dios. No se trata ahora de edificios, sino algo más impresionante aún: la Iglesia como Cuerpo de Cristo, que es la Cabeza. Precisamente, en este mes de noviembre se nos recuerda eso que decimos en el Credo: la Comunión de los Santos. Todos los miembros del Cuerpo, que es la Iglesia, nos necesitamos y nos apoyamos los unos a los otros, y cada uno ocupa su lugar y tiene su función. Integrados en la misma fe, nadie sobra y puede sentirse familia con los demás. Es esa hermosa visión de la Iglesia formada por esas piedras vivas que somos los que la integramos.

3. El templo que somos nosotros. Hay que dar un paso más, que nos afecta de manera clara a cada uno de nosotros. Es lo que la teología llama inhabitación de Dios en el alma. Es una promesa que Cristo hizo a sus apóstoles en el discurso de despedida de la Última Cena. Sus palabras llenan de esperanza a todos los cristianos que quieran vivir de verdad su fe: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. No podemos olvidarlo: cuando no nos apartamos de Dios por el pecado, y nos dejamos amar por Él, aprendiendo de ese amor a amar, nos convertimos en templos de Dios, llenos de su gracia: El Papa San León Magno dirá: “Reconoce, cristiano, tu dignidad: has sido hecho templo del Espíritu Santo.” Cuando vivimos según Dios, habita muy dentro de nosotros y nos hace vivir en verdad nuestra fe. No lo echemos de ahí.

María Santísima, tú fuiste el “primer Sagrario viviente”. Ayúdanos a serlo también nosotros.

Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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