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DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA. 2026

Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia, una fiesta instituida por San Juan Pablo II. Dios pidió a Santa Faustina Kowalska extender esta devoción para recordar al mundo que el Corazón de Jesús es una fuente inagotable de misericordia. Desde allí parten esos dos rayos, blanco y rojo, que nos rescatan de las heridas con las que el pecado, y sus efectos en el alma, nos dejaron marcados.

Empezamos la Santa Misa con una oración que nos llena de una alegría grande: nos recuerda que somos amados por Dios y estamos protegidos por su gran ternura: Dios de misericordia infinita, que reanimas, con el retorno anual de las fiestas de Pascua, la fe del pueblo a ti consagrado, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que todos comprendan mejor qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimido. ¡Qué alegría y tranquilidad interior deja en nuestra alma! ¡Dios se acerca a nosotros y nos envuelve con su gracia!

1. La salvación no viene de nosotros mismos. ¡Viene de Dios! Él ha derramado su sangre para rescatarnos del pecado y de la muerte. Resucitando, ha derrotado al enemigo y nos da la vida definitiva. Cuando yo quiero ser el que saque las cosas adelante y me creo el solucionador de los problemas que me van cercando… ¿Qué ocurre? Que, de una manera o de otra, acabo frustrado porque siempre hay cosas que se me escapan, a las que no llego y que, aunque me empeñe y saque músculo, no soy capaz cambiar. La realidad es tozuda y a veces desconcertante. Quizás me fastidie mucho, pero no puedo controlarlo todo: un pequeño resfriado, con fiebre y estornudos, da al traste con mis planes y no hay más remedio que meterse en cama. ¿Entonces? No es lo que yo puedo, es lo que Dios hace en mí y a través de mí… Si le dejo. Contra nuestra suficiencia, en ocasiones tan arrogante y presuntuosa, está la gracia de Dios que se nos brinda a manos llenas. Dejarnos querer y abrazar por Dios, que no nos va a dejar nunca abandonados, es fuente de bendición. ¿Confiaremos?

2. Señor, ten piedad y misericordia de mí. El mal es algo más que un concepto. Es realidad palpable que lo oscurece todo. No podemos sustraernos de ello. Está ahí y lo sufrimos o caemos en él. A veces nos sentimos aplastados por el peso de nuestras culpas y eso nos impide caminar con la alegría y paz que el Señor quiere para nosotros. Aunque lo esconda o no lo reconozca, soy pecador. Ante las propias caídas el diablo sabe susurrar: “¿ves lo malo que eres?”. Y nos quedamos desolados por no dar la talla, con la frustración de sentirnos lo peor, sin poder salir de ahí. Otras veces sufrimos, con un dolor sordo, lo que nos han hecho: injusticias, vejaciones… Le damos vueltas y más vueltas, sin querer olvidar. Y se produce en nosotros un rechazo grande hacia las personas que nos han herido. Y ahí el enemigo tampoco pierde la ocasión: quiere aumentar en nosotros ese mal que nos deja cautivos y nos atrapa con el rencor o el resentimiento. ¿Quién nos podrá sacar de esas tinieblas del dolor? Tu misericordia es lo único que puede restaurar nuestro corazón roto. Obra en mí, Señor.

3. Tú, Señor, nos liberas y nos salvas. Porque nos quieres. Esa es la noticia más reconfortante y real que has traído a la tierra. Es el gran don que nos regalas. Lo haces generosamente y sin pedir nada a cambio. Nos sacas de nuestras postraciones y ahogas el mal en el océano de tu misericordia entrañable. Esa es siempre tu manera de actuar. ¡No permitas que sospechemos de Ti! Después de la crucifixión, los apóstoles no sabían qué hacer, estaban encerrados entre cuatro paredes, pero también prisioneros dentro de sí mismos. Llenos de miedo, temiendo por su vida y, al mismo tiempo, con el reproche interior de no haber hecho nada para salvar a su Maestro. Cuando todo falla y no comprendemos nada ¿qué nos queda? La confianza. Confiar en Ti, Señor. Mirarte a Ti, tener el pleno convencimiento de que Contigo lo podemos todo y sin Ti no podemos nada. Podemos tener la plena seguridad de que comprendes nuestra debilidad y quieres salir al paso de ella. ¿Qué nos puede hacer volver a Ti? Tocar tus llagas gloriosas que son las que van a sanar todas esas heridas nuestras.

Te damos gracias, Señor. ¡Qué bueno eres! Abandonarnos en Ti nos da seguridad. Sigues diciéndonos: trae tu mano y métela en mi costado. Es la forma de no ser incrédulo sino creyente. Es Nuestra Madre la Virgen la que nos llevará de la mano para abrirte el corazón para que Tú obres. Sí, Dios mío, desde ese pecho abierto descubriremos tu luz que es pura misericordia. Tú nos salvas.

Santa Misa. Domingo de la Divina Misericordia. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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