DOMINGO III T. PASCUA. 2023

El pasaje de Emaús siempre ha tenido grandes resonancias durante el Tiempo de Pascua. Quizá ahora, con los Retiros que llevan su nombre, ha adquirido mucha más importancia, porque se ha convertido en el símbolo de las personas que conocieron, más o menos, a Jesús en un momento concreto de su vida, habitualmente cuando eran niños, y luego lo fueron perdiendo por el camino, arrollados por tantas cosas de fuera, y tantas cosas de dentro, que dejaron al Señor difuminado, poco creíble, casi irrelevante. Luego, con ese encuentro personal, llegó a ser transformador de vidas.

Jesús, que siempre sale a nuestro encuentro, que camina con nosotros, aunque no nos demos cuenta… Hay quienes lo tienen marginado de su vida, no les interesa para nada, incluso se ponen a la contra, le hacen la guerra, porque quieren ocupar su lugar con arrogancia y soberbia. Hay quienes están más a favor. Ahí caben, sobre todo, dos opciones: que enamore con un amor arrebatador capaz de llenar la vida, amor que interpela e implica, porque lleva a una verdadera conversión, a un cambio de vida. O bien la de tener noticia de Él, pero reservándole un espacio “marginal”, nada comprometedor. Cumplimos algunas cosas que nos propone y que más o menos no nos incomodan demasiado, pero acabamos convirtiéndolo en una figura decorativa a la que acudimos en necesidades concretas: los exámenes, las enfermedades, los problemas familiares, y… poco más. Si nos soluciona todo esto, seguimos manteniendo esa relación light y, si no, nos enfadamos.

Sin embargo, el Señor en todo momento, en toda situación no deja de salir a nuestro encuentro porque no está dispuesto a que nadie se pierda. Apuesta por nosotros. Nos busca…

1. En el atardecer de la decepción. Es curioso, aquellos dos discípulos habían oído ya noticias de la resurrección: lo habían comentado, con gran alegría, unas mujeres, y algunos otros discípulos que también lo vieron, pero estaban demasiado metidos en su manera de ver las cosas y no le habían dado crédito. Nos pasa igual a nosotros: centrados en nuestra lógica humana, queremos que las cosas se ajusten a nuestros esquemas y deseos. Y, acabamos siendo tan racionalistas, que se nos escapa de la vista lo esencial. Con la desconfianza aparece el miedo, el desaliento, la tristeza, y Dios desaparece de nuestro horizonte. ¿Cómo nos quedamos…? Perdidos y sin apoyaturas posibles. Cristo se hace el encontradizo para ganarse nuestra confianza y volvernos a la fe, bien fortalecidos.

2. Jesús seduce con palabras de esperanza. Dios no da nunca a nadie por perdido. Podemos tener el convencimiento de que siempre, ocurra lo que ocurra y estemos en la situación en la que estemos, nos tenderá esa mano amiga para recuperarnos para Él. El profeta Jeremías lo decía con fuerza: “me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, has sido más fuerte que yo y me has podido”. No dudemos de Él: nos abre horizontes a través de la palabra de Dios. Él es la Palabra hecha carne y su encarnación nos muestra caminos de humanidad. Aunque caminemos de noche, sin expectativas, entremos desolación, o caigamos en situaciones en que parece que nos aplasta la derrota, Él nos dará las luces que necesitemos para salir adelante. Nos da su esperanza, apoyada en certezas.

3. Quiere enamorarnos con la Eucaristía. Todos los caminos del hombre pueden llevar a un encuentro con Jesús, la cuestión es no perder comba, es estar atento, es poner en marcha nuestra disponibilidad plena para abrirnos a Él. “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. El hecho de conocer a Dios, de saberlo encontrar también nosotros, en la oración y en los sacramentos, nos va abriendo el camino. ¡Qué maravilla ver cómo ese “partir el pan” es lo que les despierta el corazón! Es lo que nos abre los ojos y nos hace ver que nos apoya, que camina a nuestro lado, que nos conoce y nos ama. Su amor es incondicional, tiene mil formas de mostrárnoslo, pero son los sacramentos, especialmente la Eucaristía, donde lo reconocemos y se nos da como alimento. Ama.

Sí, Emaús convertido en todo un símbolo de encuentro con el Señor. Es cierto que muchas veces estaremos metidos en nuestras rutinas y en nuestros sueños pobres, apegados a la tierra. Pero Cristo es garantía de mucho más. Y nos va diciendo que siempre es posible ponerse en marcha, no quedarse parado y volver a ese amor primero que puso en marcha todo. Aunque sea de noche.

María Santísima estará siempre atenta a favorecer ese gozo interior de entregarse a Dios.

Santa Misa. III Domingo de Pascua. Ciclo A
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