DOMINGO DE RAMOS C. 2022

Entramos en la Semana Santa. Durante la Cuaresma hemos intentado preparar nuestra alma para desprendernos de lo mundano. Estamos en nuestro día a día tan pegados a lo terreno, que necesitamos alzar la cabeza y el corazón a lo divino. ¿Cómo ha ido ese proceso de despojamiento, de ir quitando tanto peso muerto que nos impide caminar con ligereza? ¿Cómo ha ido ese deseo ardiente de acoger el don de Dios para nuestras vidas? ¿Le hemos permitido al Señor regalarnos su amor incondicional? ¿Hemos intentado llenarnos de Él y aparcar nuestro yo, que nos hace esclavos de nosotros mismos? ¿Le hemos dejado a Dios que fuera quitando lo que sobraba y poniendo lo que faltaba…?

Estamos en el Pórtico de esta semana grande y la Iglesia nos pone delante del Señor en su Pasión. Nuestra fe no es una teoría que nos sabemos, sino una vida que ponemos en marcha. Necesitamos su verdadera fuerza para no perdernos, para tener claro de dónde partimos, por dónde caminamos, y a dónde nos dirigimos. No podemos olvidar que, en los primeros momentos del Cristianismo, el punto de partida del anuncio del Evangelio fue contar lo que ocurrió en Jerusalén: cómo Jesús de Nazaret, ese varón que pasó haciendo el bien, sanando a los enfermos, echando los demonios, sembrando la buena noticia para todo hombre, fue apresado y clavado en la Cruz. Pero no quedó todo ahí, en un fracaso: resucitó de entre los muertos, marcando el camino del cielo, de la vida verdadera. Y seguimos sus pasos.

1. Nos encaminamos con Jesús a Jerusalén. Es el lugar donde se va a llevar a cabo su entrega. También nosotros hemos de subir, no podemos quedarnos en la medianía de una vida que se conforma con ir tirando. No es tiempo de estar bien acomodados en nuestras rutinas, en lo de siempre. Elevemos la mirada hacia el destino que el Señor nos propone: darnos con Él, vivir la entrega como Él. Y ese camino, no puede ser de otra manera, es encontrarse con la Cruz. Quizá hemos vivido un encuentro con el Señor y eso nos ha aportado nuevas luces, nos ha llenado de gozo y esperanza. Al principio todo parece que es alegría y alabanza. Sí, contamos con el Señor, pero todavía están por medio los planes personales: nuestros proyectos, nuestras formas de ver las cosas, todo muy a lo humano. Jesús nos va a mostrar el verdadero camino, que es no tanto recibir como darse. Por completo. Apostemos por él.

2. Llevamos a Jesús, como un burrito. Para su entrada en Jerusalén quiso contar con un animal sencillo y dócil. Dóciles. ¿Aceptaremos su propuesta? Nadie sobra para el Señor. ¿Qué somos? Nada, pero nos “necesita” para entrar en el mundo. ¿Nos dejaremos? No somos un caballo alazán que hace mirar con admiración al que, revestido de poder, va subido en él para anunciar una victoria imponente. El Señor acude a la humildad de un burrito que, sin que apenas se dé cuenta, lo preparan para que el Señor lo use como trono y entrar en el lugar santo, Jerusalén y llevar a cabo su misión. El pollino no puede pretender que le vitorean a él: los cantos de alabanza y glorificación son para el Rey de reyes, para el Mesías, pero él se presta para que pueda entrar cómodo. ¿Vamos a dejarle a Jesús, también nosotros, que cuente con nuestra pobre ayuda para llevar la salvación a todos los hombres?

3. Vemos a Cristo exaltado y humillado. Qué cambiante es el corazón humano, es capaz de amar hasta la exaltación y es capaz de odiar hasta la destrucción. Aquel primer Domingo de Ramos todo fueron vítores para recibir al Señor, que reconocieron como el Mesías. Si hubieran callado las gargantas habrían gritado las piedras. Sin embargo, unos días después, quizá los mismos, volvieron a gritar para pedir su crucifixión. El gentío se deja llevar y vuelve a escucharse… lo políticamente correcto. Resulta molesto decir las cosas claras y la verdad incómoda, esa que no se quiere reconocer porque deja al descubierto las carencias. Y oculta la libertad verdaderamente liberadora, porque se busca el acomodo. Con Jesús es otra cosa.

Recuperemos la costumbre de obedecer porque, yendo a lo nuestro, no caminamos en verdad y eso nos esclaviza. Escuchémosle, sigámosle: Él nos salva y da la vida auténtica.

Hoy vamos a pedirle al Señor, a través de su Madre Santísima, la fortaleza para acompañarle.

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