DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR. 2026
En esta peregrinación interior que es la Cuaresma, le hemos pedido al Señor que nos lleve de la mano para adentrarnos juntos en el hondón de nuestra alma. Hay en ella tantas cosas que sobran, y que están entorpeciendo nuestra vida de cara a Dios. Y también cosas que faltan… Le pediremos ayuda para empezar a construir con Él Hacer el balance, de unas y otras, quizá desanime: vemos que nos falta tanto por “colocar…” Pero, no caigamos en el desaliento al ver lo poco que hemos avanzado, al ver que no hemos estado a la altura de todos esos propósitos que nos habíamos planteado. Miremos al Señor para abrirle el corazón y, una vez más, aprender, de Él: es el Camino.
Hoy Domingo de Ramos. Algunos judíos habían creído a Jesús y lo habían seguido. Había marcado las vidas de muchos de ellos: palabras que encandilaban, milagros que sorprendían, calor transformador en su mirada… Y ahora, ¿tocaba la exaltación de un profeta, de un hombre excepcional? algunos pensaron que sí, que en verdad era el Mesías prometido, y salieron a su encuentro para coronarlo como rey, reconociendo en Él ese algo que se salía de todo lo “conocido”.
Así entra Jesús en Jerusalén: entusiasmando. Pero después… el olvido. Somos tan volubles… ¿Te conozco de verdad, Señor? ¿Seré capaz de reconocerme a mí mismo? Entramos en una semana llena de dramatismo y amor. Te pido que transformes mi ment. Pon fuego de amor en mi corazón para aprender. Mi Cristo, eres punto de referencia, Dios y hombre verdadero. Te entregas por mí.
Si tuviéramos que buscar palabras para situar lo que vamos a vivir a partir de ahora ¿qué palabras elegiríamos? Habría muchas. Pero vamos a ver estas tres: Humildad, obediencia, amor.
1. Humildad. “Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría boca”. Todo un Dios que se pone de rodillas ante el hombre, para decirle: “te quiero…” No lo terminamos de entender. Jesús no hace alarde de su categoría de Dios, se despoja de su rango para pasar como uno de tantos. Entra en Jerusalén a lomos de un pollino. Le vitorean, sí, pero Él sabe lo que hay dentro del corazón humano y no se deja arrastrar por esa apariencia de triunfo. Los entusiasmos tienen marcada la fecha de caducidad. Él ha dicho de sí: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¿Aprenderemos? Cuando alguien tiene éxito, cuando parece que es un verdadero triunfador ¿lo digiere bien? ¿Somos capaces de “tomárnoslo con calma”, para no endiosarnos? ¿Emborracharnos con vino de nuestra propia bodega? Para luego… fuegos artificiales.
2. Obediencia. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, con todos los dones que podían caber en él. Sin embargo, las insinuaciones del mentiroso por excelencia hicieron que la duda se instalara en su corazón. ¿Y si Dios se guardaba algo? ¿Y si Dios me pusiera trabas para ser como Él, para no dejarme que llevará yo las riendas de mi vida? ¿Y si yo pudiera ser totalmente libre, independiente de Él? ¿Y si fuera yo el que dijera lo que es bueno y lo que es malo…? Insinuaciones muy sugerentes, pero falsas. Y el hombre sucumbió a esa tentación, desobedeciendo a un Dios que Jesús revelaría como Abbá, Padre amoroso. La derrota del pecado. La desobediencia. Sin embargo, Dios no dejó al hombre a su suerte y quiso derrotar definitivamente al enemigo desde la propia humanidad. Dios se hace hombre, se hace obediente para salvar al hombre, por amor, en la Cruz.
3. Amor. Dios, al venir a la tierra, al introducir la eternidad en el tiempo, lo hizo no para alardear de nada, sino para entregarse en todo. Quiso mostrar la intimidad de todo un Dios que solo sabe amar, que dentro de sí es Uno y Trino. Un Dios amante, el Padre, un Dios amado, el Hijo, y un Amor entre ellos tan fuerte, tan pleno, que es una persona: el Espíritu Santo. El Padre que ama en todo momento y, ante nuestra miseria, sabe abrazar con misericordia. El Hijo que es nuestro Salvador, que muere (literalmente) de amor por nosotros, derramando hasta la última gota de su Sangre Preciosísima. El Espíritu Santo que nos enseña a amar porque es fuente inagotable en la que podemos beber vida. Sabe consolar. Sabe transformar nuestra mente a lo humano, para darle el tono divino. Para llenar nuestro corazón con un fuego que quema toda inmundicia. Bendito sea.
María, Virgen Dolorosa, nos atrae a sí para acompañar y estar al pie de la Cruz con su Hijo.