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DOMINGO DE RESURRECCIÓN

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. 2026

Todo son carreras en ese primer día de la semana. Las mujeres que no dejan de amar mucho y a fondo. Los apóstoles que siguen temerosos sin saber qué hacer. El ángel que da la buena noticia de la resurrección. Alegría y desconcierto a partes iguales. Escepticismo, pero ¿qué ha ocurrido? El corazón acelerado que quiere convencer a la mente ante lo que la mente no sabe reaccionar. No hay lógica que pueda asimilar tantas emociones. Los discípulos que corren. El sepulcro vacío…

¿Y si nosotros hubiéramos sido alguno de los doce, que habían quedado reducidos a once? ¿Qué hubiéramos pensado? ¿Qué hubiéramos sentido? ¿Cuál sería la actitud en esos momentos tan desconcertantes…? Dios había dicho: estoy con vosotros y cumplo mis promesas. No tengáis miedo.

Ahora es el momento de la fe, de la plena confianza en Dios, de tener los pies en el suelo, pero la cabeza en el cielo. Es tiempo de gracia, de acoger las bendiciones de Dios que regala a manos llenas. Es la confianza que quiere arraigarse en nuestro interior para convencernos de que Dios sigue siendo Dios y no es una ilusión vana a la que, de vez en cuando, hay que acudir para no venirnos abajo. Las realidades más evidentes acaban siendo, para los hombres de fe, esas que no se sostienen en lo que puedo construir con mi mente, sino en lo que Dios me hace ver con el corazón lleno de Él.

Hemos acompañado al Señor tratando de comprender algo incomprensible: su amor por nosotros. Lo hemos visto encarnarse en María, crecer como un niño, como un joven. Con ese tiempo del silencio en una vida cotidiana que también es redentora. Lo hemos visto caminar por Palestina, revelándonos al Padre y prometiéndonos el Espíritu Santo. Haciendo milagros y compadeciéndose de los enfermos, de los heridos hasta la muerte. Y después, la Pasión, los sufrimientos, el dolor, ese padecer del alma que ve la ingratitud de los hombres. Entrega total. Cruz. Sepultura. Silencio…

Sin embargo, hoy un grito gozoso traspasa la tierra y el cielo. Un grito que van cantando a los ángeles, y callan en su odio los demonios. ¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, en verdad ha resucitado!

1. El hombre ha sido rescatado y es libre. Fuera cadenas. Aquel ángel que cerró las puertas del paraíso, ahora las abre para que Cristo resucitado las traspase y libere a todos aquellos que, desde Adán, esperaban la liberación de sus oscuridades. Ahora los justos, a los que sostenía el solo pensamiento de ir al seno del Padre, ya pueden entrar con Cristo en la eternidad. Durante siglos de espera ya se cumplió el tiempo. Jesús es el liberador. La opresión del pecado, el peso de la culpa tiene por delante al Salvador que no deja de sacarnos de nuestras veleidades, de nuestras ilusiones vanas, para decirnos que la verdadera libertad no está en hacer lo que nos da la gana. Sino en amar.

2. El hombre tiene motivos para la esperanza. Cuántas veces nos movemos entre esas sombras de muerte, en esas falsas soluciones a un deseo ardiente de algo grande, de algo hermoso, de algo lleno de bien, de paz auténtica. Y cuántas veces hemos sucumbido a la decepción de que los anhelos del hombre, cuando están tan fuertemente agarrados a lo de aquí abajo, son nada y vacío. El hombre, aunque no lo sepa, tiene dentro de sí esa semilla de eternidad que solo Dios puede dar. Las esperanzas a lo humano tienen un vuelo corto. Necesitamos una esperanza sólida, verdadera, que no se apoye solo aquí abajo, sino que, en su sed de lo eterno, quede satisfecha. Y Dios la da.

3. El hombre tiene motivos para el amor. Un amor que no se queda en fuegos fatuos, que no es flor de un día, que sabe permanecer porque aprende a ser fiel. Un amor que sabe de silencios y de dolores asumidos y entregados. Un amor que no se queda en sentimientos superficiales que se van, llevados por los vientos del momento. El amor sabe de ese darse completamente, porque busca al otro más que a uno mismo. Amor que se regala porque no es egoísta. Cristo que ama hasta el fin. Lo hemos aprendido de Él, al final de sus días, en ese amor que va más allá, hasta morir, literalmente, de amor por nosotros. Por todos y cada uno. Y nos dado testimonio de que, con Él, es posible.

María, junto con Juan y las mujeres, han sido fieles. Han comprendido, mucho antes que los demás, que todo giraba en torno a un amor que no buscaba compensaciones, sino darse. Y, por eso, Dios supo darles ese aliento de esperanza que transmitirían a los demás: ¡Alegría, Cristo vive!

Santa Misa. Domingo de Resurrección. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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