SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA, FIESTA DE REYES 2024

Sigamos contemplando al Niño Dios, pidiéndole que sea el centro indiscutible de nuestra vida. Hemos visto la ternura de José y de María que le dan calor de una verdadera familia, poniéndolo en el centro, como ha de ocurrir con las nuestras. Hemos visto a los ángeles cantar a Dios. Hemos visto la conmovedora sencillez de los pastores que, en su rudeza, saben poner no solo sus dones sino su corazón al pie del Salvador del mundo. Hemos visto al buey y la mula que, con los ojos abiertos y su calor, son como el homenaje de la creación al Buen Dios. Y ahora son los magos los que nos muestran que la fe y la ciencia no están reñidas, y saben arrodillarse ante el Niño Dios para rendirle adoración.

Todo ello no deja de ser un itinerario de vida interior, de reconocer a Dios que sabe hacerse pequeño, y emprender un trato sencillo, constante, íntimo con Nuestro Señor. Los reyes nos pueden enseñar a mirar de otra manera las cosas del cielo y de la tierra, para captar la esencia de lo divino y de lo humano, poniendo no solo el corazón, sino la sabiduría a los pies del Salvador del mundo.

1. Nos enseñan a mirar con asombro y esperanza al cielo. Descubren la Estrella. Estamos a veces tan entretenidos en lo de la tierra que acabamos abrumados, yendo de un lado para otro sin saber dónde parar. Es cierto que hemos de batallar a diario con tantas cosas… Pero que no nos abrume de tal forma lo inmediato, que cerremos los ojos a la claridad de lo esencial. Sí, los pies en el suelo, pero la mirada puesta en el cielo, para ver esa Luz que siembra claridades. Porque en el cielo surgen estrellas. Luces que marcan camino e invitan a aventurarse en lo desconocido. Lo hemos escuchado: “Una luz les brilló”. Busquemos ese referente para nuestra vida. Encontrar nuestro camino y no solo lo que tiene que ver con nuestros intereses, sino aquello que Dios puede pedirnos. Dios llama. Escuchémosle. Sigámosle. No sabemos dónde nos llevará, pero vamos detrás de Él. A todos nos da una vocación concreta, personal, singular y única. Acojamos esa voz que no es nuestra, porque es luz que viene de Dios. Y ¿qué hacer? fiarse y seguirla. A donde quiera llevarnos.

2. Nos enseñan a perseverar a pesar de las dificultades. No se nos ahorrará nada. Podemos tener la tentación de pensar que, si hacemos o planteamos cosas buenas, lo razonable sería que todo saliera a pedir de boca. Pero la vida no es un paseo militar con una música preciosa de fondo y pétalos de rosa a nuestro paso. Cualquier empresa humana y sobrenatural que merezca la pena trae consigo sus contradicciones, sus contrariedades. Es más, a veces ocurre que lo que veíamos claro en un primer momento puede verse después confuso, oscuro. Que lo que empezamos con ilusión y ganas acabe siendo tedioso y se vuelva cuesta arriba. Y podríamos pensar si no nos habremos equivocado de camino. Que no se nos debilite la confianza en Dios, que no pensemos que nos ha olvidado o dejado de su mano. Él no obra así. Nos dice que es el momento renovar el amor y la confianza, con la esperanza verdaderamente puesta en Dios, que no nos va a dejar de ayudar, quizá no como a nosotros nos gustaría, pero sí según sus disposiciones que siempre nos harán crecer.

3. Nos enseñan a descubrir a Dios y a adorarlo. Aprendiendo a ponernos de rodillas. Si no tiramos la toalla, de una manera u otra volveremos a ver la luz y tendremos la posibilidad de reemprender el camino para descubrir a Dios. Decía un santo: “que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo”. Dios siempre es más grande, más fuerte, más bueno, más misericordioso de lo que podemos imaginar. Si nos dejamos querer por Él no nos negará nada. Pero hemos de ser sencillos, humildes y reconocerlo como Señor de la Historia y Señor de nuestra vida. Nos cuesta reconocer la grandeza fuera de nosotros. Sin embargo, cuando lo hacemos, cuando nos rendimos, saboreamos la verdad más imponente: que Dios es Dios y nos quiere con toda el alma.

Y, a partir de ahí podemos afrontar una vida que nos resultará siempre grata, porque la veremos con los ojos de ese Niño Dios que no dice nada, pero lo dice todo. Y nos quedamos tan contentos. Adorar es lo que está moviendo el mundo, porque nos enseña a contemplar, a tener intimidad plena con el Señor.

Le ofreceremos así, el oro de nuestra vida entregada, el incienso de nuestra oración ardiente, y la mirra de nuestras debilidades y pecados, para que las transforme en gracia. María, que siempre está al quite, le presentará todo ello al Señor de nuestra parte y Él sonreirá y se llenará de gozo.

Santa Misa. Solemnidad Epifanía del Señor. Ciclo B
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