EPIFANÍA DEL SEÑOR. FIESTA DE REYES 2023

Epifanía, es la manifestación del Señor a todos los pueblos. Jesús, Dios y hombre verdadero.  Hoy protagonistas los Magos que se dejan deslumbrar por una luz en el cielo, que anuncia maravillas en la tierra. Emprenden un camino de fe que es punto de referencia para los que buscan a Dios. Sigamos también nosotros sus pasos: que lo busques, que lo encuentres, que lo trates, que lo ames. Los primeros en descubrir al Niño Dios son los ángeles que cantan desde el cielo y quieren que su voz resuene en la tierra. Después serán los pastores, los sencillos, que se acercan con el aval de los ángeles. Dios que se muestra a los pobres que tienen corazón para captar la verdad más auténtica. Pero ese Niño es Rey universal, y es para todos, por eso llegan aquellos hombres de ciencia que saben reconocer la verdad, porque ese signo en lo alto preludia grandeza aquí abajo. 

¿Sabemos mirar al cielo? porque a veces estamos tan apegados a lo de aquí abajo que nos podemos quedar en las luces de bengala de la tierra y nos perdemos la intensidad de luz que alumbra desde lo alto. Esa luz ¿qué es sino la fe? Lo que nos hace profundizar más allá de lo que ven nuestros ojos. Una fe que pone orden en el alma compaginando cabeza y corazón.

La fe, luz que no se queda en lo que nos muestran nuestros sentidos. Danos esa fe para vivirte. Hay tantos descreídos que no se dan cuenta de esta dimensión del hombre que lleva a poner luz en la oscuridad… Esa fe fue sembrada en nosotros mediante el bautismo. Entonces era una promesa llamada a cumplirse. Un regalo de Dios que, al principio era envoltura, y que ahora se abre para que nuestra mente pueda ser iluminada y para que nuestro corazón tenga un punto de referencia para no quedarnos en la superficie, porque está para crecer y centrar nuestra vida en Dios. 

1. Una estrella que deslumbra. Lo que te han contado ¿es suficiente? Déjate deslumbrar por Dios como los magos, hombres sabios que se pusieron de rodillas ante el Niño. Quizá, durante algún tiempo vimos una luz clara que animaba a ponerse en camino. Pero eso es un primer paso. Tu fe no puede ser únicamente una fe recibida, tiene vocación de ser una fe vivida, operativa. Es posible que nos la explicaran desde niños, que tengamos certezas. No nos acostumbremos a una fe que nos da esa tranquilidad interior: yo me creo lo que me dice la Santa Madre Iglesia y no me problematizo. Esa sería la fe del carbonero, una fe que vemos a través de una vitrina: admirable sí, pero puesta por nosotros mismos en esa urna de cristal que no termina de comprometer nuestra vida. 

2. ¿Una fe a mi medida? Que no caiga en una “fe domesticada”. Con el peligro de convertirla en algo elástico, maleable según la situación: una fe que manejamos a nuestro gusto, tratando de encajarla en nuestros esquemas ya fijados. Pero esa es una fe devaluada, porque soy yo mi propia referencia y todo lo supedito a mi forma de ver las cosas. A fin de cuentas una visión falsa que no compromete, que no nos lleva a cambiar, a una conversión interior. Veo que Dios cuenta en mi vida, pero en segundo plano, porque soy yo el que ha de darle el visto bueno a todo. Cuento con Dios pero como último recurso, para que me solucione los problemas y poco más. Ante eso no nos puede extrañar que Dios se esconda para que no lo manipulemos. No quiero eso, Señor, contrólalo Tú.

3. Una fe que lleva a la acción. Hay momentos en que se hace oscuridad: es el momento de la confianza, de abandonarnos en manos de Dios que nos invita a fiarnos de Él. Entonces brilla esa luz. Una fe que no se hace vida, que no se hace cultura, es una fe pequeña, tan de andar por casa que no cambia esquemas y nos dejará paralizados, como una estatua de sal, porque solo sabe mirar hacia atrás y no mueve el presente ni ilusiona el futuro. La fe verdadera exige más, mucho más, tiñe nuestra vida de un Dios que no es convencional, o domesticable. Una fe así, abierta totalmente a las sorpresas de Dios, es lo que nos quiere brindar el Señor: es una fe que nos llevará a hacerle hueco a Dios en nuestra alma, para que, desde allí, se haga realidad en toda su fuerza. Creo en Ti, Señor.

Ahí lo tenemos: la luz que no se apaga cuando nos damos cuenta de que la fe no es ir a tientas tropezando con todo. Todo lo contrario. Hagamos ese itinerario que nos lleve a descubrir al Dios real que es Padre, Hijo y Espíritu. Digámosle a Nuestra Madre la Virgen y a los Magos de Oriente que nos lleven por esos itinerarios de un amor que avanza. Fe recibida, Fe creída, Fe vivida.

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