
En este VII Domingo de Pascua celebramos la solemnidad de La Ascensión del Señor. Estamos ya en el tramo final del tiempo pascual; toca a su fin el tiempo de Cristo encarnado en la tierra y surge el desconcierto en los apóstoles. Sin embargo, Jesús los ha preparado para tomar la iniciativa en la misión y extender el Reino de Dios por todo el mundo. Puedes leer el pasaje completo del Evangelio aquí.
Homilía «La Ascensión del Señor». VII Domingo de Pascua
Estamos ya en el tramo final de la Pascua. Toca a su fin el tiempo de Cristo encarnado en la tierra, y hay desconcierto en los apóstoles. Después de la resurrección han tenido la oportunidad de asentar muchas cosas. Jesús los ha cuidado para que se acostumbren a tomar ellos la iniciativa en la misión y, así, extender el Reino de Dios por todo el mundo. Ahora es el momento de la despedida. También a nosotros nos toca seguir con ese empeño: transmitir la buena noticia del Evangelio. Nuestra relación con Dios no es cuestión de una teoría bien asimilada, o de un fogonazo que sentimos en el corazón. Es aprender a permanecer en su amor y dar ese amor a los demás.
Es tiempo de reflexión. De echar fuera las rutinas que se van repitiendo, pero sin que echen raíces en el alma. De preguntarnos: mi relación con Dios ¿en qué se apoya…? ¿Da consistencia a mi vida o la deja igual? ¿La lleva a una meta que, sin duda, merezca la pena? ¿Me enamora de verdad?
Hoy más que nunca es necesario un verdadero encuentro con el Señor. Mi fe no consiste en algo que he heredado y que, a veces, no termino de reconocer como propio. Es una experiencia que he de hacer mía. Es mirar a Dios y dejarse mirar. Una relación de amistad que ha de ir a más, porque se basa en un amor que se recibe, se acoge y se ofrece. Algo que no se improvisa, una apuesta firme y clara por Dios que exige permanencia, que da sentido pleno a mi vida, y ha de madurar en mí…
1. Personas fuertes y maduras
Revisémonos por dentro, con “sinceridad salvaje”. Después de los años cuarenta y cincuenta hubo en Europa una época dura: había que reconstruir sobre las ruinas físicas y morales de un mundo roto. Y no hubo más remedio que echarle valor y audacia. No era tiempo de flojera y paños calientes, había mucho que hacer y no se podía perder el tiempo en tonterías: estaba en juego la propia vida. Hoy ese mundo nos queda muy lejos en las sociedades occidentales. No hay que luchar por la supervivencia, más bien hay que luchar contra nosotros mismos, contra la comodidad y ese tenerlo todo a la mano. Somos muy flojos y cualquier esfuerzo se nos hace un mundo. ¿Cómo actuar? Con maduración personal y fortaleza. No podemos funcionar como niños caprichosos a los que se les consiente todo. La madurez consiste en tener capacidad de afrontar retos, con paz y alegría, porque el Señor lo pide. ¡Dios mío, fortaleza para no arrugarme!
2. Preguntemos al Señor: ¿qué quieres de mí?
Si pretendemos colgar un cuadro en la pared y, al poner el clavo en la pared, pasa fácilmente, podemos tener la seguridad que no durará mucho colgado, porque no tiene una fase firme en la que apoyarse. Si todo se consigue sin esfuerzo, a golpe de deseo, acabaremos pensando que tenemos derecho a todo y que todos deberán satisfacer nuestras apetencias. Pero eso es tan irreal que, más tarde o más temprano, acabaremos frustrados, porque lo que verdaderamente vale exige esfuerzo, empeño. El atleta no sube al podio por dar un paseo y sin haber sudado la camiseta. ¿Le vamos a tener miedo a que el Señor nos pida corresponder a su llamada, a poner de nuestra parte para hacerle presente en un mundo que necesita de Él? Señor, no quiero pasar mi vida cruzado de brazos, todo a mis pies y sin despeinarme. No. No puedo pretender que todo salga sin que yo colabore a extender tu Reino. Cuenta, de verdad, conmigo.
3. Con esperanza para lo que Dios nos pida
stá claro que Dios puede hacer por su cuenta lo que quiera. Puede darles la vuelta a las cosas para que todo siga el rumbo que nos haría felices. Pero no quiere hacerlo Él todo. Manejar los hilos como si fuéramos marionetas, para que todo salga bien, es tan cómodo como peligroso. Nuestra libertad se pierde por esos caminos. Para amar hay que poner en juego toda nuestra vida, nuestras ilusiones, pero también nuestras debilidades que, entregadas a Dios, se pueden convertir en camino de entrega y de felicidad colmada. El Señor quiere que nos pongamos en marcha siguiendo la estela que Él nos ha dejado. Nos hace ver que el camino, cuando se emprende bien agarrados de su mano, ya empieza a convertirse en meta. Ya empezamos a pregustar el gozo al que estamos llamados: el cielo, una eternidad de amor pleno. ¿No nos merece la pena colaborar en esa empresa sobrenatural? Proclamemos a los cuatro vientos toda esa dicha.
María Santísima nos acompañará en ese camino de amor. ¿La dejaremos guiarnos…?
Si quieres profundizar más en el tiempo de Pascua, también puedes leer la homilía del Evangelio de Emaús, la del Buen Pastor o la de Cristo como Camino, Verdad y Vida.
Que esta homilía del VII Domingo de Pascua en la Ascensión del Señor nos ayude a madurar en nuestra fe, a afrontar los retos con fortaleza y a transmitir con esperanza el Evangelio sabiendo que Él camina a nuestro lado. Que esta semana sepamos colaborar con alegría en su misión.
Párroco – D. Alfonso Sánchez-Rey López de Pablo