
Esta Homilía VI Domingo de Pascua nos invita a redescubrir nuestra identidad como personas de esperanza. Descubrimos que Cristo nos asegura que no estamos solos en un mundo hostil y nos revela el amor entrañable del Padre. Puedes leer el pasaje completo del Evangelio aquí.
No os dejaré huérfanos. Homilía VI Domingo de Pascua 2026
Somos personas de esperanza. Nos damos cuenta de lo mal que están las cosas, no somos ingenuos, pero creemos, y sin dudarlo, en las promesas de Dios. Y Él actúa y actuará. Nuestros corazones ¿de qué están llenos? ¿De malos recuerdos, de amarguras, de trastos viejos que no dejan pasar la luz, de sufrimientos que siguen haciendo daño, de reproches y resentimientos, de envidias y juicios que ven a los demás no como hermanos sino como enemigos…?
Bien, seamos claros para desechar lo que estorba, dejándole al Señor entrar allí para poner orden y luz que lo sanee todo.
Es bueno el deseo ardiente de que las cosas estén claras para todos y que, cada cual, esté donde deba estar, sin confusiones que oscurecen la mente y embotan el corazón. Nos gustaría que la coherencia de vida se palpara en el ambiente. Y le pedimos al Señor que nos ayude a todo esto. Pero no seamos impacientes. No intentemos entrar en el interior de las personas como un elefante en una cacharrería. Aprendamos a esperar, pidiéndole al Señor que acorte el tiempo de la prueba.
La delicadeza y la paternidad en la Homilía del VI Domingo de Pascua
1. El camino que nos propone San Pedro
Para que las cosas arraiguen no podemos forzar nada, ni a nadie. Puede más la miel que la hiel. El apóstol nos habla de delicadeza y respeto. No se trata de vencer, sino de convencer. No se trata de imposiciones, sino de proposiciones. Con buena conciencia. Y la verdad se va abriendo paso. “Es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal”.
Que nos hayan hecho daño no nos autoriza a hacer nosotros lo mismo. La fe auténtica es contagiosa. Lleva dentro una luz y una fuerza tan grande que tiene vocación de enamorar. Quizá, en ocasiones, nos hemos dejado llevar por ciertos complejos. ¿Por qué tanto disimulo para no significarnos? ¿Por qué avergonzarnos de la propia fe? Creer en Dios es liberador. Fuera tópicos sobre Dios y el catolicismo que no aguantan un análisis objetivo. La fe y la razón no se contraponen, se ayudan mutuamente. Fuera miedos a que piensen esto o lo otro. No somos citizens de segunda. Nada de ponerse a la defensiva, con justificaciones que no son necesarias.
2. Aceptar y guardar los mandamientos
¿Por qué somos tan contrarios a que nos digan lo que está bien y lo que está mal y nos animen a hacer las cosas como hay que hacerlas? No somos los únicos que existen en el mundo. No podemos pretender estar por encima de los demás y que nos hagan, como poco, inclinación de cabeza. A algunos parece que les molestara que haya una ley de la gravedad, porque no se les ha ocurrido a ellos que las cosas caen por su propio peso y no se quedan suspendidas en el aire.
Los mandamientos no están para violentar mi forma de ver las cosas, son indicaciones del camino que nos ayudan a ir, sin temor ni agobios y como dice el salmo: a verdes praderas, a fuentes tranquilas, para reparar nuestras fuerzas. Hacer las cosas así, bien, con cariño, no thinking únicamente en nosotros mismos, con ganas de ayudar, rematando la jugada para no hacer chapuzas, con orden y concierto…, todo eso ensancha el alma y la llena de paz. Volvamos a repetirlo una vez más: no se trata de cumplir y quedar tan contentos, sino de amar mucho y bien.
3. Jesús nos lo dice: “no os dejaré huérfanos”
¿Qué vemos hoy, y más que nunca, a nuestro alrededor? Que la figura del padre está en crisis y hay, por tanto, una gran sensación de orfandad. La paternidad no parece tener buena prensa, se ve, más bien, como un concepto vacío o negativo. El padre es, para algunos, una figura ausente, e incluso enemiga: se llega a ver como alguien que pone pegas, que ahoga ilusiones, o tira por tierra expectativas.
Ante toda esta negatividad, oír a Jesús es tan esperanzador… Él mismo ha dicho que ha venido a la tierra a revelarnos al Padre. Dios en su intimidad, que nos habla de amor. Nos ha enseñado la oración por excelencia: el Padrenuestro. Es ese Padre bueno que enseña paternidad y, lleno de una misericordia entrañable, apuesta por ti y por mí, para abrazarnos tiernamente porque somos sus hijos. No somos huérfanos, personas amenazadas y perdidas en un mundo hostil. El Señor nos lo hace ver para exigir su figura. Padre mío, enséñame a ser hijo, con tu misericordia siempre presente, dispuesto siempre a perdonar.
Nunca estaremos “dejados de la mano de Dios”. No estamos huérfanos. Tenemos un Padre Bueno en el cielo que nos sostiene. Y, por si fuera poco, ahí está también Nuestra Señora. Le decimos con fe: “bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”. Somos hijos de Dios e hijos de María.
Si quieres profundizar más en el tiempo de Pascua, también puedes leer la homilía del Evangelio de Emaús, la del Buen Pastor o la de Cristo como Camino, Verdad y Vida.
Que esta homilía del VI Domingo de Pascua nos ayude a recordar que nunca estamos solos y que tenemos un Padre que vela por nosotros. Que esta semana sepamos vivir con la alegría y la libertad de los hijos de Dios.
Párroco – D. Alfonso Sánchez-Rey López de Pablo