I DOMINGO CUARESMA C. 2025
¿El Evangelio de hoy? Entrar al “desierto” de la vida, en una lucha de amor para vencer al mal. La existencia del hombre sobre la tierra es batallar, en una guerra constante contra el pecado. No es un paseo militar, para ir de victoria en victoria. Es un tiempo de gracia y bendición, aunque la vida se haga ingrata por momentos: cuántas angustias y dificultades, cuántas pobrezas interiores… Pero es lo que hay que afrontar. Bien agarrados al Buen Dios y sin miedo. Con su ayuda, la victoria está asegurada en ese combate abierto contra el más temible de nuestros enemigos: el pecado.
El término pecado es algo que el mundo quiere borrar de su vocabulario. Para muchos es un obstáculo que, como otras palabras: culpa, conciencia…, obstaculizan la libertad del hombre Son “descartes del mundo” empeñado en desterrar conceptos como el bien o el mal. Para ellos, lo único que satisface es lo que me brota, lo que me apetece. Y eso, sin restricción alguna. ¡Qué gran error!
El mal existe y es como una espada que golpea y deja heridas abiertas en las personas y la sociedad. Existen las guerras, existe el odio, existen las envidias… Y su origen es el pecado que niega el amor y deja al hombre desarbolado, porque lo aparta de su creador y su referencia última: Dios.
No seamos ingenuos, con el mal hay que aprender a ser intransigente, porque si se le da alguna oportunidad se toma sus confianzas y acaba pervirtiéndolo todo. Con el pecado solo se puede acabar asestándole una puñalada letal. Asesinándolo. Sé lo suficientemente listo como para darle alas a la entrega, al verdadero amor y, a partir de ahí, córtale la retirada a todo aquello que pueda apartarte de Dios. Y no solo con el pecado grave, también de esos “pecadillos sin importancia”, pero que son carcoma para el alma. Huye del pecado venial. Si otros te dicen que no pasa nada, respóndeles que con el pecado pasa de todo y no precisamente bueno y te llenarás de esa paz que viene de Dios.
Las tres grandes tentaciones son siempre las mismas, porque son la base sobre la que se asientan, de una manera u otra, todos los pecados. El diablo las repite porque sabe que funcionan y sabe cómo “colocárnoslas” para llevarnos a su terreno: es el gran seductor. Ayer, hoy y siempre.
1. La primera tentación gira en torno a lo material. Nuestras apetencias de todo tipo. Es ese proclamar mi gusto y capricho como lo que encamina mi vida. A veces es lo material, pero otras veces es la sensualidad, ese placer buscado a toda costa. Todo lo carnal que acaba convirtiéndose en avasallador, o esas “comodidades egoístas” que tanto encadenan. El afán de poseer que lleva a la avaricia, lo exquisito, lo placentero. Pero… ¿Quién posee a quién? Señor mío, quiero ser solo tuyo.
2. La segunda tentación gira en torno al poder. Estar por encima de todo y de todos. Dominar. Yo en lo alto. Todo a mis pies. Se hace lo que yo digo. Tú te callas. Puñetazo en la mesa y se ha terminado. Con tal de estar bien pegados al sillón todo nos resulta válido. Hago lo que quiero y nadie me tose. Y, a partir de ahí… ¡Cuántos enfados, cuántas envidias, cuántos disgustos! Porque me han relegado, no me han tenido en cuenta… Y luego: ¡qué soledad! Reconozcamos a Dios como Señor.
3. La tercera tentación gira en torno al éxito. Nos morimos por quedar bien. El yo, mi, me, conmigo es un lema de vida que siempre encandila. ¿O no? Estamos en una sociedad que es muy narcisista, que está vendida al aplauso de los demás. Con tal de recibir la aprobación de los otros, estamos dispuestos a hacer lo que sea. Acabamos vendidos al mejor postor. Sin criterio propio, apuntando a donde nos lleve el viento. Y terminamos sin saber quiénes somos. Dínoslo Tú, Señor.
Este principio de Cuaresma vamos a preguntarnos qué nos pide el Señor. ¿Medir hasta dónde se puede llegar para no pasarnos de la raya? ¿Esa es nuestra lucha? Vaya manera de amar. ¿Quién nos ayudará, pues, en este combate? El Espíritu Santo que nos da luz sobre el pecado, y la confianza para salir de él. ¿Y el acusador? Querrá llenarnos de vergüenza para no salir de ahí. Y fomentará el miedo, para bloquearnos e impedirnos hacer lo bueno. ¿Qué pretende? engañar para esclavizar. No lo dudes: el enemigo hace caer en la ceguera espiritual, nos hace ver el pecado de manera frívola. Sin embargo, el Espíritu Santo nos lleva con sencillez, con humildad, confiados en Dios. Mejor miro a María Santísima, la Sin pecado, que ha aprendido a amar de verdad y pisa la cabeza de la serpiente.