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I

D.Alfonso. Homilía

I DOMINGO ADVIENTO A. 2025.

La Iglesia no espera a la noche del 31 de diciembre para celebrar la llegada del nuevo año. El suyo es un compás distinto: se mueve al ritmo de una esperanza viva que no se queda en propósitos que se pierden, ahogados por el día a día. Se anticipa porque hay algo que ir preparando para que deje poso en el alma. La Iglesia nos propone a Cristo como centro de la historia y del cosmos. El Hijo de Dios que viene al mundo para situarnos en un tiempo nuevo donde la esperanza tiene un lugar primordial, porque se convierte en esa salvación que tanto necesitamos. Cristo que es Salvador.

Salvarnos de qué o de quién. De todo lo que nos engaña con sueños vanos que no van más allá de nosotros mismos. De todas nuestras negatividades, de nuestras debilidades y miserias. De todo lo que nos tira por tierra y oscurece nuestra existencia. Hemos de ser salvados de nosotros mismos, de un mundo perverso que nos aleja de Dios… De lo que nos esclaviza y mata: el pecado.

Entramos en el Tiempo de Adviento, que recoge todo esto, las expectativas buenas que hay en nuestro corazón y que Dios quiere brindarnos. Y lo hace no a golpe de varita mágica, porque a Dios no le gusta el espectáculo. El Padre nos regala a su Hijo que está nueve meses en el vientre de María y que nace llorando, pobre, en un establo. Con María y José. El buey y la mula que le dan calor.

Y para abrirnos a esa esperanza viva, con realismo sobrenatural, se nos invita a lo siguiente:

1. A despertar del sueño de la inconsciencia. Quizás podríamos decir que no somos malos, que no vamos por ahí fastidiando a todos. Pero… ¿con eso tenemos bastante? ¿creemos que así cubrimos el expediente? No seamos conformistas, no estamos en tiempos de brazos caídos, pensando que ya lo harán los demás. Sería tremendo que se metiera dentro de nosotros esa especie de pereza espiritual que nos convierte en figuras de cera: estar estamos, pero poco más. El peligro de no significarse, de confundirse con el ambiente por si acaso…, de no hacer nada bueno ni nada malo. Seamos claros ¿eso es vida? ¿Nadar como peces en pecera? Es mucho mejor equivocarse y levantarse, para volver a intentarlo de la mano del Señor. ¿Ni siquiera hacemos eso? Dormitando no se logra mucho: ir como fantasmas en un mundo que sigue su curso llevándonos por delante.

2. A asumir la dignidad de hijos de Dios. Aunque lo hayamos olvidado, el bautismo ha dejado en nosotros un sello indeleble. Dios Padre nos ha tomado en sus brazos y nos ha llamado hijos. Nos quiere más de lo que nosotros podemos imaginar, porque nos ha pensado y nos ha amado desde la eternidad. A veces nos vemos hechos un desastre, sin fuerzas y dejados, lo peor de lo peor, pero no es así, somos valiosos ante Él. Es verdad que quizás nuestro pasado nos pesa y que, si fuera por nosotros, borraríamos de un plumazo tantas cosas que nos avergüenzan y nos siguen machacando. Sin embargo, Dios es un Dios de paz y no de aflicción y nos dice a cada momento: “hijo mío, confía, Yo te sostengo y te aliento, porque soy tu Padre lleno de amor y misericordia, que no llevo cuenta de lo malo, porque quiero abrirte a lo bueno. Si te abandonas en mí, te daré mi amor incondicional”.

3. A estar en vela y con el corazón ardiente. Escucha atento y oirás las palabras del Buen Dios: “Las esperanzas a lo humano, las ilusiones que solo miran a lo terreno, esos deseos que se quedan anclados en el ‘yo’ acaban siendo decepcionantes, porque no me tienen en cuenta y una vida sin mí no tiene sentido. Yo quiero algo mucho más grande para ti. Ábreme el corazón y deja que entre en él para sembrar ahí la esperanza viva que no defrauda, porque tiene mi sello, el sello de lo divino”. ¿Le haremos caso? ¡Es tiempo de velar y estar despiertos! Dormitar no lleva a nada, solo a perder la capacidad de asombro ante las maravillas que Dios quiere poner en nuestra vida. Esas que nos hablan de que es posible el triunfo del bien, la verdad, la belleza, porque esas actitudes son un modo de hablar de Dios. Pidámosle que ponga fuego en nuestro corazón y seamos capaces de verlo.

Adviento, tiempo de expectación y crecimiento interior. No lo pierdas de vista: “nada está ya conseguido, todo está todavía por hacer, porque en el amor no podemos decir nunca basta”. Empezamos ahora una nueva peregrinación de amor para dar una vuelta de tuerca más en esa madurez de vida cristiana que tanto necesitamos. Vamos a hacerlo acompañándo a María y a José.

Santa Misa. I Domingo de Adviento. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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