I DOMINGO DE CUARESMA A. 2026
¿La Cuaresma? Camino de alegría en la entrega. Cinco semanas para renovar nuestra mente y transformar nuestro corazón. Dejemos nuestros esquemas a lo humano, en ocasiones tan llenos de mundanidad, para renovarnos por dentro y amar, de verdad y sin concesiones, a ese Dios bueno que sale a nuestro encuentro. ¿Y qué quiere? Que le demos todo lo nuestro para darnos Él todo lo suyo. No se trata de luchar con dientes apretados, sacando músculo y confiando en nuestras propias fuerzas, sino de una lucha de amor para aprender a querer y no dejarnos esclavizar por el pecado.
Ese es nuestro principal enemigo. El tentador y el pecado al que nos conduce. Sin duda: la mayor esclavitud consiste en dejarse encadenar por las propias pasiones. El mundo quiere borrar la palabra pecado, lo considera un concepto caduco, de tiempos oscuros, con el que se pretende cargar innecesariamente a las personas para cortarles las alas y que no hagan lo que les dé la gana. Pero ¿de verdad seguiremos creyendo el tópico de quienes siguen emborrachándose de su propia bodega y quedan encallados? No hay más ciego que el que no quiere ver ni más sordo que quien no quiere oír. ¿Seguiremos llamando libertad a lo que produce resaca en el alma? Experiencia no nos falta…
1. El conocimiento propio. Somos unos perfectos desconocidos para nosotros mismos, porque confundimos los conceptos. Una cosa es lo que somos (tal y como Dios nos ha concebido). Otra cosa es lo que queremos ser (nuestro ideal, lo que ahora se llama nuestra mejor versión). Y otra la imagen que damos ante los demás (lo de quedar bien se acaba convirtiendo en un modo de vida). ¿Coinciden estas formas de ser, o de asumirnos? Pues no. Hay una tendencia bastante frecuente de ir por donde sopla el viento, de actuar según nos conviene. Se dice que el mayor negocio es comprar a un hombre por lo que vale y venderlo por lo que él cree valer. Vivimos de la imagen, de dar el pego. Eso ¿es lo que de verdad importa? Pues muy poco, porque sustituimos a Dios por sucedáneos: las bienaventuranzas mundanas. Y ¿cuáles son esas? El dinero, la fama, la gloria, el poder, el bienestar, la salud, el placer… Ídolos, en definitiva, que ningunean a Dios y dan gato por liebre, porque todo eso es caduco y estamos creados para lo eterno. Vamos a mirarnos en el espejo de Dios. ¿Qué veo?
2. ¿Cómo planteo yo mi lucha? Vayamos a lo concreto. Yo, en el fondo (a veces muy en el fondo) quiero ser bueno. Pero… me cuestan y mucho las cosas. ¿Por qué caigo siempre en lo mismo? ¿Por qué, aunque diga que no quiero pecar, que quiero ser bueno…, no termina de ser verdad? Nos asustaría decirlo, pero en realidad no quiero cambiar, porque no quiero renunciar a eso que hay dentro del pecado y que me proporciona satisfacción. La sensualidad en el pecado de impureza, el gusto de la murmuración cuando sé cosas negativas del otro y me muero de ganas de decirlas, esa mentira piadosa que es la cuadratura del círculo, pero que me salva de situaciones incómodas, ese afán de acumular riqueza, porque, si no, no puedo llevar una vida cómoda, esa pereza que me evita incomodidades porque se está muy bien en el sillón… Confieso periódicamente, estoy unos días más o menos, pero vuelvo a confesarme de lo mismo porque, seré sincero: no quiero salir de mi pecado…
3. ¿Qué es de verdad el pecado? En el punto 1849 del Catecismo se dice lo siguiente: “El pecado es una falta contra la razón, la verdad y la recta conciencia; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como ‘una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna’”. Vale, esa es una definición más teológica, pero descendamos a lo más práctico: el pecado no es saltarse un stop, no es traspasar una línea roja que es super peligrosa: el pecado es muerte. El pecado es herir el Corazón de Dios que ha muerto, literalmente, por nosotros para sacarnos de ese pozo sin fondo. S. Pablo para concretarlo dice: “no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado”. ¿Hasta ahí tendríamos que llegar, de verdad? Pues sí. El pecado no es una manchita que se va en el quitamanchas de la confesión. Es taparse los ojos para no ver que el amor merece la pena y que la felicidad completa está en Dios. Y con Él la lograré.
Entonces ¿qué hago? Dejarle obrar en mí y cambiar. Sin engañarme. Siendo sincero conmigo mismo. Madre mía ayúdame. ¿Verdad que me vas a guiar para que sea un verdadero hijo de Dios?