Homilía D. Alfonso

I DOMINGO DE ADVIENTO. Ciclo C 2021

Ya es Adviento. ¡Qué alegría: emprender ese camino de esperanza que nos llevará a Belén, para encontrar a un Niño que es la salvación del mundo! Una senda de descubrimiento interior. De vez en cuando, es bueno parar y mirar hacia adelante y también mirarnos por dentro para ver, con sinceridad, con qué contamos para hacer frente a todos los problemas que van surgiendo. No se trata solo de ver las dificultades, sino encontrar las soluciones. Abramos bien los ojos para no llamarnos a engaño y seamos realistas para percibir con claridad la lucha que hemos de emprender. Fuera desalientos. Nada de decir esto no lo arregla nadie. ¿Es posible la esperanza? Claro que es posible, el Señor está cerca y viene a transformarlo todo, dejémosle hacerlo. Tenemos tiempo por delante. A ponerse en marcha.

El otro día en las noticias podíamos ver el barrio de Philadelphia en donde hay más consumo de droga y más muertes por sobredosis. Allí estaban unas personas que deambulaban como idos, solo preocupados por su dosis. Se constataba esa triste realidad: el que llegaba hasta allí y empezaba a consumir, ya no volvía a su casa. Vivían enganchados, como fantasmas en su mundo gris.

¿No nos ocurrirá eso a nosotros? ¿No estaremos narcotizados con cosas que parecen normales, pero que nos hacen ir como perdidos en el día a día? Cuánto afán de ir rápido sin saborear nada, de irse quitando cosas de encima, para liberarse de no se sabe bien qué, y buscar distracciones muy poco convincentes. ¿Cuál es el horizonte de muchos? Quizá estar metidos en el trabajo durante la semana y preparando el fin de semana para desinhibirse, huyendo de la realidad. Y luego: vuelta a empezar. ¿En qué convertimos el trabajo o el tiempo de ocio? ¿en un refugio, con el afán de triunfar, o para buscar compensaciones, adaptadas a nuestro gusto? Eso da de sí lo que da de sí: muy poco… 

Cuántos ahogos que le dejan a uno depresivo o con ansiedad, porque aquello no funciona. Nos paramos un momento y ¿entonces qué? Es como si tuviéramos secuestrada el alma, vacía y sin capacidad de reacción, perdidos en nuestros laberintos interiores. No caigamos en la resignación engañados con sucedáneos que, ni por asomo, aportan algo que sea consistente. Ante eso ¿qué? Ante eso Dios: “levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Es posible la esperanza.

Miremos hacia adelante y pongamos en nuestro horizonte a Dios, que viene a traer la buena noticia al hombre. Preguntémonos: ¿Qué nos sobra? ¿Qué nos falta? ¿Qué necesitamos?

1. ¿Qué nos sobra? El estar tan centrados en nosotros mismos. Nos damos demasiadas vueltas poniendo nuestro yo por delante. Y, aunque decimos que no a cosas a las que hay que decir que no, lo hacemos en la teoría, porque luego hacemos lo contrario en la práctica. Es como mezclar el aceite con el agua, o intentar soplar y sorber al mismo tiempo. No se puede. Hay cosas que se repelen: la gracia y el pecado, Dios y el diablo, la alegría y la tristeza. ¿Por qué queremos apostar por unas y otras?

2. ¿Qué nos falta? Nos falta confianza en Dios. Queremos ser nosotros los que van por delante marcando el camino. Y el camino es Cristo, no aceptemos gato por liebre. Digámosle: “Tú ganas, Señor”. ¿Cómo hacer? Cuidamos nuestro cuerpo, pero descuidamos nuestra alma. Y hemos de equilibrar las cosas: tener cabeza para que nuestro corazón no se embote. El Señor nos habla de juergas, borracheras y las inquietudes de la vida. ¿No es eso lo que, también hoy, nos tiene adormecidos y sin reaccionar? 

3. ¿Qué necesitamos? Necesitamos de una esperanza firme. Buscamos por un sitio y por otro, algo que cumpla nuestras expectativas, pero no terminamos de saber qué. Estamos envueltos en falsas seguridades. Tratamos de encontrar algo en las novedades que ofrece el mundo. Y no nos satisfacen porque se vende humo, soledad, vacío. Solo Cristo, el Señor, es el que nos da la respuesta. Volvamos a Él, que es el principio y el fin, el que verdaderamente nos comprende y nos quiere. Con Dios nos basta.

María Santísima es vida, dulzura, esperanza nuestra. Sigamos sus pasos en este Adviento.

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