Homilía D. Alfonso

DOMINGO I DE CUARESMA. TENTACIONES. 2022.

 Hemos empezado la Cuaresma: un recorrido que nos irá llevando durante 40 días hasta esa hora en que Dios hecho hombre, perdidamente enamorado de cada uno, se entrega por nosotros y, derrama por ti y por mí, hasta la última gota de su Preciosísima Sangre. Caminemos con Él y atravesemos el desierto.

 El desierto, aunque es, en principio, un lugar inhóspito, es también un lugar de recogimiento, de encuentro con nosotros mismos y de encuentro con Dios. Acompañemos al Señor. Allí, a solas con el Padre, quiere prepararse para su misión y, al final, se ve tentado por el diablo. También en esto es igual a nosotros: será tentado, pero el pecado no tiene poder sobre Él. La tentación no es en sí misma negativa, no olvidemos que una tentación vencida puede suponer un crecimiento en nuestra alma. 

 La tentación nos mete de lleno en una lucha que ha de convertirse en una lucha de amor. El oro se prueba en el fuego, echando fuera sus impurezas. Es así como el Señor se mete en el drama de la existencia humana, y ve, de manera palpable, su debilidad ante una elección vital: dejarse llevar por las apetencias, hasta llegar apartarse de Dios, o elegirlo a Él como fuente de vida auténtica.

 Las tentaciones nos ponen frente a nosotros mismos. No dejan de ser una fuente de conocimiento propio, de cómo somos en realidad: nos hacen descubrir lo que verdaderamente cuenta en nuestra vida. Nos muestran a las claras dónde tenemos puesto nuestro corazón, hacia donde se dirigen nuestros deseos, tantas veces lejos del amor a Dios. Con la tentación le arrebatamos al Señor el primer puesto, lo convertimos en irrelevante, o sencillamente lo echamos de nuestro lado porque resulta molesto. Tenemos posiblemente las cosas claras, sabemos distinguir el pecado de lo que no lo es, pero ¿lo rechazamos de verdad o pactamos con él? Digámosle al Señor: “Tú eres, Señor, mi fortaleza”.

 1. La tentación es sugerente porque el pecado seduce. Ya lo decía San Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. Lo vemos tan atrayente que podemos acomodarnos, y convivir con él, porque es, a fin de cuentas, lo más cómodo. Y engañamos a nuestra conciencia, justificándonos: es verdad que puedo pecar, pero es que me cuesta tanto decir que no, además, no pasa nada, porque después voy a la confesión y ya está, asunto terminado… Sin embargo, la cosa no suele quedarse ahí, porque luego vuelvo a pecar e incluso me digo a mí mismo: ¡qué débil soy!, pero no termino de estar dispuesto a cambiar. Y mi lucha es repetitiva. Es algo que, en cierta medida, me fastidia, pero ahí ando. 

 2. Quiero, pero ¿termino de querer de verdad? A veces puede entrarme una especie de impulso de coherencia y, casi es peor, porque me digo: vamos a ver, esto no tiene remedio, siempre estoy con lo mismo, me da la impresión de que no me arrepiento de verdad, porque sé que lo voy a volver a hacer, por lo tanto, dejo de luchar, dejo de acudir a los sacramentos y me abandono a mi debilidad, y entro en un pacto con ella. ¿Eso me soluciona algo? No, más bien lo empeora. Yo mismo entro en un círculo vicioso del que no salgo. Me siento insatisfecho, pero no quiero renunciar al placer que el pecado me proporciona. El mal no merece la pena. El bien, aunque costoso, llena de paz y alegría, merece la pena.

 3. No confundamos el pecado con la culpa. El pecado es una acción que rompe nuestra amistad con Dios. No es saltarse un stop y, como no me han visto, no pasa nada; no es un desajuste sin más, es traicionar el amor de Dios. La culpa es un sentimiento que brota en nuestro interior cuando nos damos cuenta de que esa acción es negativa y tiene repercusiones, porque nos deja heridos por dentro. Podemos anestesiar la culpa hasta hacerla desaparecer, pero no podemos borrar, así como así, esa acción mala que nos aleja de Dios y nos aleja del prójimo. Decir: soy pecador, no es un acto de humildad, es constatar una verdad inapelable que, aunque parezca exagerado, rompe el equilibrio de la creación.

 El tentador, el diablo, siempre estará al acecho. A veces no nos tienta él directamente, porque ya lo hacemos nosotros solos Tenlo en cuenta: cuanto más cerca estés de Dios más tentaciones fuertes vendrán. Dile con fuerza al Señor: “no me dejes caer en la tentación”. María, Madre mía, ayúdame tú.

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