II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD. 2026
Las luces navideñas se apagarán pronto en nuestras calles. Lo vistoso, lo que fomenta deseos efímeros…, todo eso, llegará el momento en que “se le agoten las pilas”, como todo lo que se apoya en lo material y nos sumerge en lo mundano. Es la gran paradoja: lo que gusta y no apunta a lo alto, no da para más. Sin embargo, lo que se presenta arduo, pero lleno de Dios, deja poso en el alma.
Muchas veces lo cotidiano, lo de todos los días, nos puede pesar o nos aburre, y buscamos lo extraordinario, lo que nos saca de la rutina: unas luces de bengala que, por lo menos nos dan un instante de brillo. ¿Y…? Tenemos por delante un gran tesoro, pero no lo descubrimos, porque nos empeñamos en las propias seguridades, en nuestro afán de control, en lo inmediato. Hoy le vamos a pedir al Señor descubrir los tesoros ocultos que Él nos propone, que están delante de nuestros ojos y se nos escapan. Porque estamos demasiado a lo nuestro y bastante suspicaces con lo suyo.
Dios mío, dame ojos para ver, dame corazón para sentir, dame mente para comprender, dame voz para hablar. Porque mis ojos, mi corazón, mi mente, mi palabra resultan engañosos si me paro a pensar con un poco de hondura y apoyándome más en Ti. Hemos de aprender más de los santos, y hemos de sospechar más de los poderosos y triunfadores. ¿Hasta dónde llega el alcance de éxitos y fracasos? Nuestra medida siempre es efímera y no resiste al tiempo. Sin embargo, los santos han sabido captar las cosas con la dimensión de lo eterno y han sabido anticipar el cielo en la tierra. Han sido capaces de encontrarle el punto a cada cosa, aunque a la vista de los hombres eso fuera lo peor de lo peor. Y han sabido descubrirte, Señor, en el dolor, el sufrimiento, en todo lo negativo e hiriente.
1. Bendito sea Dios. Entró el año nuevo con esa llamada de Dios para bendecir a todos. San Pablo ahora va más allá: nos invita a “bendecir a Dios”. Es lo que nos aparta del egoísmo presente en nuestro interior, a echar fuera de nosotros esa tendencia a darle vueltas al yo. Cuando decimos “bendito sea Dios”, estamos diciendo una bonita jaculatoria para repetirla y dirigirla al Señor, porque Él sostiene, da luz y alienta todo. Y así, aunque no nos demos cuenta, ponemos a Dios en su sitio y a nosotros en el nuestro. Que salen las cosas bien…, bendito sea Dios. Que salen las cosas mal, bendito sea Dios. Señor mío, seas por siempre bendito y alabado. En el Padrenuestro también decimos algo parecido: “santificado sea tu nombre”. El Padre está en cielo, pero no se desentiende de lo de aquí abajo. Quiere a sus hijos que están “aquí” y nos tiende la mano para hacernos accesible el “allá”.
2. Gracias le sean dadas. Desde pequeños se nos ha educado para dar las gracias cuando alguien nos daba o regalaba algo. Un signo que va más allá de la cortesía o la buena educación, al reconocer que no tenemos derecho a todo y agradecer con generosidad cuando nos dan algo incluso sin merecerlo. Así es Dios. Sin embargo, cuánto cuesta verlo y ser agradecidos. Si lo tenemos todo y todo está al alcance de la mano, no seremos capaces de reconocer el valor de las cosas. Seremos insensibles y duros de corazón. ¿Cómo vencer todo eso? Aceptando nuestras carencias materiales, morales y espirituales… Para ponerlas a los pies del Señor. Así nos será fácil comprender más a los otros, y nos llevará no solo a recibir, sino a dar. Dando gracias. Si reconozco mis pobrezas seré capaz de acoger la riqueza de un Dios que quiere regalarme su amor y se goza cuando se lo devuelvo.
3. Recibir a Dios en nosotros. Abramos de par en par las puertas al Dios verdadero. No al Dios que hemos hecho a nuestra imagen y semejanza. No al “Dios hada madrina” que, a golpe de varita mágica, satisface nuestros gustos y nos saca de los líos en que nos hemos metido. En el credo decimos: “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero…” En Navidad la Iglesia quiere presentarnos al Dios y hombre verdadero. Al Niño Dios que se acerca a mí para comunicarme su vida, una vida auténtica en la que me hará percibir quién es Él y quién soy yo. Sí, porque, si no, caemos en una especie de crisis de identidad: ¿qué o quién soy yo? Nos lo dice la Escritura y ella misma responde: “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder…? lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad” ¡Qué grandeza me regalas!
María y José… en silencio y sin alardes, sí que supieron acoger a ese Niño como Dios. ¿Y yo?