II DOMINGO T. ORDINARIO A. 2026
Estamos ya metidos en el Tiempo ordinario. A un mes del Miércoles de Ceniza. Y hoy empieza la semana de oración por la unidad de los cristianos. La vida de la Iglesia tiene un ritmo que nos lleva de camino hacia los grandes misterios de Dios: nacimiento, vida oculta, bautismo, proclamación del Evangelio, Pasión, muerte y resurrección de Cristo, y Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Es la pedagogía del amor de Dios, que no es teoría sino amor encarnado, que sale al encuentro del hombre para dialogar con él y hacer en él una siembra de vida eterna. Entremos en esa dinámica.
En el salmo responsorial que hoy hemos repetido, se expresa ese anhelo de quien se sabe amado por Dios y quiere responder a su llamada. ¿Qué haremos entonces? nos ponemos delante de Dios y le decimos con confianza que cuente con nosotros, que estamos a su disposición. Es el alma rendida del que sabe muy bien quién es su creador, salvador y santificador. Y, por eso mismo, comprende de dónde viene y a dónde va. Sin embargo, nunca podremos dar nada por supuesto. Aunque uno se crea libre y alardee de hacer lo que le da la gana, ¿quién es el que de verdad sale airoso de las situaciones que nos toca vivir? ¿somos esclavos de nuestros deseos o nos dejamos liberar de todas esas ataduras para que entre en nosotros quien nos sostiene y es Dador de vida…?
1. El hombre tiene sed de Dios. Sí, hay en su interior un anhelo que va más allá de lo terreno, porque tiene vocación de eternidad. Sin embargo, no podemos olvidar que la iniciativa no parte de nosotros, sino de Dios. Jesús, en la cruz dice: “Tengo sed”. No era únicamente una sed física sino una sed de almas. Lo que nos precede y acompaña es esa sed de Dios por el hombre, al que ha creado, al que conoce y ama porque lo ha hecho a su imagen y semejanza… Para concretarlo, sale a su encuentro mostrándose como Padre lleno de amor y misericordia. Y pide por nuestra parte una respuesta. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” decía San Agustín. Un Dios que no quiere forzar nada, pero que pide, como un mendigo, que vivamos de Él, con Él y para Él. ¿Qué le podemos decir sin ser ingratos? Lo del salmo: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. La quiero y la hago.
2. ¿Libres o esclavos? Nunca el hombre se ha creído más libre y nunca el hombre se ha ido convirtiendo, de hecho, en más esclavo. Esa es la gran mentira que trata de vendernos el mundo actual: nos engaña para hacernos sentir a gusto con las cadenas de las adicciones, del pensamiento único al que estamos sometidos sin darnos cuenta, de esa condescendencia con cualquier cosa con tal de no quedar mal, de ese dejarse engullir por lo que piensa, dice y hace todo el mundo. Con esas actitudes se acaba desdibujando la propia personalidad para no significarnos, y pasar inadvertidos… Lo decía con gran acierto San Carlo Acutis: “todos nacemos originales, pero podemos acabar convirtiéndonos en fotocopias”. La gran esclavitud, no lo pasemos por alto, es el pecado. Y Cristo, el Señor ha vencido el pecado y toda mentira, todo aquello que nos encadena y aparta de Dios.
3. ¿Quiénes son los santos? Entonces, ¿hacia dónde han de ir nuestros pasos? A la santidad. Los santos son los que han vivido con la plena libertad del amor. Son, por tanto, los más libres del mundo, porque han sabido decir que no a lo que les apartaba de Dios. Son los inconformistas que no han querido ir por donde van todos, y han apostado por lo bueno, lo verdadero, lo hermoso, marcando camino. Y con esa opción única por Dios, han mostrado a todos los hombres de buena voluntad que es posible y que, con la ayuda de Dios, podemos descubrir el sentido de nuestra vida. Y con su vida han gritado con gozo: “date cuenta de que no eres huérfano, eres hijo de Dios amado por el Padre”. Es curioso cómo San Pablo llama santos a los santificados por Cristo. Nuestra verdadera identidad no la conseguimos a fuerza de puños, nos la ha dado el Señor, que nos ama.
San Juan Pablo II nos animó en muchas ocasiones a no perdernos en la hojarasca, a ir a lo esencial. En una ocasión, en uno de sus viajes a España, dijo unas palabras llenas de esperanza para espolear a la vieja Europa y despertarla de ese conformismo de vivir al margen de Dios. Y le decía: “Europa, sé lo que eres, vuelve a tus orígenes”. La identidad cristiana no es una especie de carga que impida volar alto, todo lo contrario, son las alas para despegar de lo terreno e ir más allá de todo lo que pasa, de llegar a lo eterno. María Madre tiene mucho que decirnos. Acudamos a ella.