II DOMINGO T. CUARESMA A. 2026
A veces puede surgir en nosotros esa pregunta: ¿Cómo será el cielo? Dios no es un concepto abstracto, teórico, ni se reduce a una idea: es un Dios personal y lleno de vida que nos va haciendo sus promesas, que no son vanas. Son realidades que se concretan cuando no le ponemos pegas a lo que pide, cuando seguimos sus pasos y nos damos cuenta de que, sin Él, no podemos nada, y con Él lo podemos todo. La gran promesa que nos hace es la vida divina, una vida de plenitud que viviremos llenos de gozo en el cielo. Sin embargo, ya ahora, aquí en la tierra, podemos empezar a degustarla.
Hagamos eco a esa propuesta de amor. La Iglesia en Cuaresma nos acompaña por un camino accesible, andadero, con tres apoyos: la oración, el ayuno, la limosna. Nos advierte que no estamos ante un horizonte facilón, para decir: “esto es coser y cantar”. Habrá tentaciones, habrá momentos difíciles, de duda, de desaliento, de desesperanza… Pero, al mismo tiempo, el Señor siembra en nosotros una certeza: lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios. La clave está en ofrecerle esa confianza que se va fortaleciendo y nos hace ver que Dios es nuestra luz y fortaleza.
Dios no nos quiere cruzados de brazos, quiere que arriesguemos como Abraham: “sal de tu tierra”. Nos pide colaboración. San Agustín decía: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Y ¿nos salvarán nuestras obras? No. Será la gracia de Dios que actuará si no la freno, si dejo que obre dentro de mí y a través de mí. Abandonemos nuestro yo, que quiere protagonismo, para darle paso a Él.
1. Lo de “subir al monte”. Es curioso, antes de su Pasión, Jesús se lleva a sus íntimos a lo alto de un monte, el Tabor. Quiere mostrarse tal y como lo ve el Padre, en su gloriosa divinidad, para que los suyos recuerden quién es antes de subir otro monte: el Calvario. Allí se escandalizarán ante su humanidad doliente, ante su entrega apasionada y reflejada en la pobreza de un cuerpo llagado y hecho un guiñapo: “no hay el Él parecer ni hermosura”. Subir, hemos de subir a la montaña, no hay otra solución. Desde lo alto se ven las cosas con una nitidez mayor de lo que vemos a ras de suelo. Si lo aprovechamos para mirar desde lo alto, pero por encima del hombro, no hay nada que hacer. Eso esclaviza y no sirve para nada. No caigamos en la trampa de buscar el Tabor sin pasar por el Calvario: eso es pretender resucitar antes de morir. Es imposible. Sigamos los pasos del Señor, dejando toda carga innecesaria para que, despojados de lo nuestro, nos enriquezca con lo suyo.
2. Buscar la intimidad con Dios. Jesús cuenta con nosotros. Como contó con Abraham, como contó con Pedro, Santiago y Juan. ¿Y qué les pidió a ellos? Que estuvieran a su lado y fueran a donde Él los iba encaminando. No está de moda eso de la obediencia. Nos resulta molesto que nos lleven, que nos orienten, que nos marquen ese camino seguro que lleva a la meta verdadera. Y acabamos dejándonos engañar. El hombre cree que lo sabe todo, que tiene todo controlado, que a él no hay que decirle nada… hasta ahí podíamos llegar. Y eso ¿es así…? Si nos miramos a nosotros mismos y somos absolutamente sinceros, si no nos creemos esas mentiras supuestamente amables que nos resultan consoladoras, vemos que tenemos bajones, que bastantes veces nos sentimos solos, que avanzamos y volvemos atrás. ¿Y al final? no somos lo que nos gustaría ser y, aunque no queramos reconocerlo, quedamos frustrados. ¿Solución? Mirar a Dios, abandonarnos en Él. Confiar en Él.
3. Contemplativos en medio del mundo. A poco que avancemos en ese trato asiduo con el Señor, dejando a nuestro corazón arder de amor por Él, tendremos un anhelo, con ansias de saciar: “Ver el rostro de Dios”. Alguno de los salmos apunta en esa dirección: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia”. No trivialicemos nuestra vida para que todo quede de tejas para abajo. Elevemos la mirada para que, ni la rutina nos aburra, ni las experiencias fuertes nos decepcionen. La mediocridad, la tibieza no son buenas compañeras de camino. Hay un algo más y es Dios. Los santos han sabido adentrarse en el mar, aunque corriendo el riesgo de las tormentas, para paladear las delicias de Dios. Y así lo han dicho: “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. Yo también lo deseo, Dios mío. Quiero tener esa intimidad contigo, en ese diálogo amoroso de la oración, para quedar iluminado con tu presencia y hacer de eso vida, una vida abundante. ¿No lo hizo así María Santísima, mi buena madre del cielo? Le diré a ella que me enseñe y sé que lo hará.