II DOMINGO T. ORDINARIO C. BODAS DE CANÁ. 2022

En el Evangelio de hoy se nos presenta a Jesús en su primer milagro, en su primera intervención pública. No es casualidad que sea una boda. Con su presencia quiere santificar ese amor entre esposos. Al principio, Dios creó al hombre y a la mujer y les explicó, de una manera clara, su proyecto acerca del amor humano: “dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. Pues bien, ahora eleva esa unión a la categoría de sacramento y lo llena de su gracia. Unión sacramental que va más allá de ser un remedio para la concupiscencia, es algo sagrado porque autentifica el amor entre hombre y mujer, abierto a la vida. Y es reflejo claro del amor de Dios.

Pero no nos quedemos ahí. El significado de este episodio conecta claramente con la Última Cena, con el Calvario. Porque en esta circunstancia, una boda, Jesús se nos muestra como el Esposo de la humanidad. El Amado que desposa a la amada, que es tu alma y la mía. Cristo, el Señor, que entona, en este momento, un canto de amor a cada uno de nosotros. Nos seduce para ganar nuestro amor.

Dios, hecho hombre, nos anuncia aquí su misión, nos muestra para qué ha venido al mundo: para desposarse con el hombre, para hacerse uno con él, para una entrega que va más allá de una relación convencional, de mero compromiso, de mero cumplir. El hombre ya no podrá decir: “yo estoy aquí y Tú estás allá muy lejos, no hay entre nosotros una relación especial: Dios todopoderoso allá arriba y el hombre, una criatura, aquí abajo”. Dios viene a convencernos de lo contrario, nos dice que nos quiere, y lo que se pervirtió con el pecado de nuestros padres, Él lo va a restaurar, porque con su encarnación, el Hijo de Dios viene a salvarnos. Es la condescendencia de un Dios que no nos hace de menos, que no nos mira por encima del hombro: nos quiere porque es Padre, porque es amigo, porque es luz y fuerza.

Qué rica en contenidos es esta escena tan humana, tan familiar, tan alegre, tan cercana. Jesús participa de los gozos y las dificultades de nuestra vida cotidiana: unos novios que quieren compartir su felicidad con familiares y amigos, un contratiempo que parece dar al traste con toda esa fiesta, una mujer, su madre, que está pendiente de los detalles. Es María que quiere ayudar y anticipa la acción salvadora del Hijo de Dios, que anuncia ya su entrega total en la cruz. Con ello el Señor nos dice hoy:

1. Yo te desposo, hombre y quiero hacerme uno contigo. Quiero correr tu suerte, quiero vivir tus tristezas y tus alegrías, quiero experimentar lo tú experimentas. Quiero ver con tus ojos humanos, sentir con tu corazón humano, quiero cansarme como tú te cansas, quiero llorar con tus lágrimas, quiero vivir la amistad, pero también la traición de quien da la espalda, quiero ganar el pan con el sudor en la frente, como lo haces tú, experimentar la tentación, pero sin caer en ella. Porque soy la victoria ante al pecado.

2. Yo vengo a darte a mi Madre como canal de misericordia. Sí, ella ha desafiado al enemigo: frente la tentación en la que cayó Eva, madre de todos los vivientes, respondió “no” a todo lo que apartara de Dios, y dio un “sí” rotundo para abrir definitivamente al hombre los caminos de Dios. Tienes una Madre en el cielo que está expectante, llena de un amor desinteresado, que se fija en tus carencias para facilitar que puedas librarte de ellas, volviendo a mí tu mirada, para decir: “haz lo que Él te diga”.

3. Yo vengo a mostrarte el camino para darte la verdadera salvación. Es la salvación que te llegará por los sacramentos. El agua, que simboliza el bautismo, que transforma tu interior. El agua, convertida en vino, que es signo de la plenitud del amor. Y anuncia el banquete del Reino, la Última Cena, anticipando mi entrega en la Cruz. Con María corredentora al pie de la Cruz, me ofreceré por ti, derramando mi Sangre Preciosísima. Y seré el vino bueno, consagrado en la misa, que da vida al mundo.

¡Qué bien lo entendió el apóstol San Juan que, al recostarse en el pecho de Jesús en la Última Cena, se sintió amado y descubrió su alma enamorada! Cristo Esposo, el Amor de los amores, que, entregándose por ti y por mí, aparta todo lo que hiere al hombre: el pecado, el sufrimiento, la muerte.

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