D.Alfonso. Homilía

DOMINGO II T. ADVIENTO A. 2022

Estamos en tiempo de Adviento, que es camino de descubrimiento y de apertura del corazón. En este segundo Domingo destaca la figura del Bautista. ¿Quién fue Juan Bautista? Un despertador de conciencias adormiladas o que van dando tumbos. Es el que anuncia al Mesías de Israel, que no solo viene al Pueblo elegido como un profeta más, sino que viene a ser nuestro Salvador, el que quita el pecado del mundo. El Hijo del Padre que nos muestra quién es Dios y quién es el hombre.

Muchos han perdido esa esperanza viva: que solo Dios salva, que las otras “salvaciones” que podemos buscar, y a las que nos podemos apuntar, solo pueden distraer de lo esencial. No se quiere admitir que Cristo es la solución verdadera a una vida que, de otra forma, no puede adquirir su pleno sentido. Algunos quizá tienen la teoría clara, pero no la concretan en su día a día, no hay en ellos esa unidad de vida, que se especifica en la coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace. Pero hay quien se da cuenta de las cosas y, aunque resulte difícil, comprometedor, apuesta por Dios y le da paso para que obre y transforme su existir cotidiano. Es eso… ¡Despertemos a Dios!

¿Qué es lo que trae el Señor? Trae la paz. Pensamos en esa situación ideal que a todos nos gustaría vivir, donde todo es calma, alegría interior, donde las cosas se clarifican y se va la confusión porque todo entra en armonía. ¿Y eso quién lo da? Solo el Señor, Príncipe de la paz. Cuando dejamos que entre en nuestra alma, desaparece esa convulsión, ese desasosiego. Por eso, durante todo este tiempo de Adviento hay una expresión que nos llena de esperanza: ¡Ven! ¡Ven, Señor, Jesús!

Abramos los ojos a Dios. El mundo necesita testigos que abran horizontes, porque estamos tan metidos en lo nuestro que no salimos de ahí. A veces viajamos, vamos a un sitio y a otro, vemos muchas cosas, conocemos a muchas personas, pero al mismo tiempo es como si, por dentro, estuviéramos metidos en una cueva en la que apenas se ve la luz. Nos hemos encerrado en un mundo que apenas deja espacio para moverse con libertad, porque hemos echado a Dios de él.

1. Dad el fruto que pide la conversión. La conversión no es un lavado de cara. No es un barniz superficial que tapa un poco los rasguños. No es un cambiar de traje para ir a la moda… Es iniciar un camino para que Dios tenga espacio en nuestro corazón y eso lo concretemos en una vida distinta. Sin pretender poner el sello de nuestro yo en todo lo que pensamos, decimos, o hacemos. Aunque creamos que tenemos las cosas claras y sabemos por dónde ir. Seamos conscientes de nuestra debilidad: saber las cosas no implica hacerlas. Facilitemos el camino al Señor, allanemos sus sendas.

2. Dejémonos bautizar en Espíritu Santo y fuego. Deja que el Espíritu Santo sea el que marque tu vida, el que ponga el fuego del amor que queme lo que sobra y nos llene de ese ardor que transforme vidas. Facilítale entrar en tu interior con la fuerza de su gracia. ¿Con qué objetivo? Está claro: para que no seas tú, sino Él quien lleve tu vida. Sé realista: solo, con tus propias fuerzas, conseguirás poco o nada. El cambio de agujas se llevará a cabo si no le pones barreras. Permíteselo de verdad. En la primera lectura se nos daba la pista: acoger los siete dones del Espíritu Santo. 

3. No es tiempo de poner paños calientes. Es tiempo de decisiones firmes. El profeta Isaías se atreve a mostrar un mundo idílico que ya quisiéramos para nosotros. Es, a fin de cuentas el Reinado de Cristo. El Príncipe de la paz quiere traer paz a las almas, pero ese mundo donde todo se serena solo será posible si cambiamos esas actitudes caducas para darle paso en nuestras vidas. Exige una purificación del corazón. ¡Cuántos fracasos por no admitir equivocaciones! Arráigate en una fe que es confianza y adhesión de amor a Dios. Así el cambio se hará claro y lo ideal se convertirá en real.

¡Cuántos milagros veríamos si le dejáramos actuar más a Dios! Nuestra fe es pequeña y los deseos de Dios para transformar vidas son grandes. No le atemos las manos. Seguirá haciendo maravillas como las hizo en los primeros momentos de la expansión apostólica. No tenían medios, no tenían infraestructuras que les facilitasen las cosas. Pero sabían que eran el grano de trigo que muriendo da fruto abundante. Tenían una fe grande, una esperanza cierta y una perseverancia clara. Tenían esa presencia de la Virgen que los sostenía en la oración. Y transformaron el mundo.

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