Homilía D. Alfonso

DOMINGO II T. CUARESMA A. 2023

Vamos al hospital y está lleno de gente: nos urge la salud del cuerpo… Pero, ¿le dedicamos igual atención a nuestra alma? Pues no. Con que las cosas vayan bien tenemos bastante, pero el alma requiere nuestra atención. Es tiempo de mirarnos por dentro y pedir ayuda para que desde fuera nos guíen. No nos justifiquemos, diciendo que vamos bien, incluso mejor que otros, tampoco veamos nuestros defectos y pecados para lamernos las heridas. Tiempo de Cuaresma: acojamos sin miedo el amor De Dios, y ese amor suyo nos mostrará la realidad de nuestro ser. Si lo conocemos a Él nos conoceremos a nosotros mismos. Y no nos extrañará la petición a Abraham: “sal de tu tierra”. Le quiere decir a él y a nosotros: no te acomodes, Yo te guío, te muestro el horizonte. Ese camino te irá madurando y encontrarás esa meta a la que quiero llevarte. Sí, Dios da aliento y encamina.

Antes de su Pasión, Jesús muestra a sus íntimos su verdadero rostro, que quizá veían velado por su humanidad: quiere mostrarles su divinidad, para que quede también en su mente y en su corazón la realidad palpable sobre Él: que es Dios y hombre verdadero. Escuchemos la Escritura:

1. “Abraham creyó”. Estamos demasiado apegados al momento, quizá, nos pesa y mucho nuestra historia personal: vemos tantas limitaciones y pecados… Quedamos paralizados, sin fuerzas para caminar hacia adelante teniendo puntos de referencia y alguien que nos guíe. Sin pasado válido y sin futuro que ilusione, nos perdemos en un presente que nos agobia, y vemos que está todo por hacer. Y eso nos llena de frustración porque nos vemos débiles y sin recursos. ¿Qué podemos hacer? Fiarnos de Dios, abrirnos a la fe. El Señor hará el resto. Dios no quiere cómodos, busca valientes.

2. “Subió a un monte alto”. Puede que nos encontremos cómodos a ras de suelo.Pero no nos podemos quedar ahí, hemos de levantar los ojos y dejar que el Señor nos lleve a otra dimensión, la dimensión que aparta de lo terreno, de lo trivial, la dimensión de eternidad. Fuera de nosotros ese tono mundano que trivializa nuestra vida. Mirando a lo alto veremos al Señor de otra manera, no nos haremos un dios a nuestra medida, y lo percibiremos tal y como es: en su gloria, con todo el esplendor de su majestad, con todo el fulgor de una presencia que llena la vida, iluminándola.

3. “Una nube luminosa los cubrió con su sombra”. Tenemos necesidad de luz guiadora. Algo así ocurrió en la travesía del desierto, cuando Dios acompañaba al Pueblo de Israel. Algo así ocurrió cuando María dijo sí al Padre: el Espíritu Santo también la cubrió para que el Hijo de Dios se hiciera carne. “A la sombra de tus alas canto con júbilo”. Bajo la protección de Dios, dejándole que nos envuelva con su presencia, podemos ver su gloria. Esa Luz que nos hace ver la luz. Es una manera hermosa de descubrir a Dios en nosotros. Pidámoslo sin ningún temor: guardándonos a su sombra.

La salvación no la conseguimos nosotros, viene de Dios que es quien se apiada de mí y puede tomarme de la mano y elevarme a lo más alto. Y eso va a hacerlo, como nos dice San Pablo “no por nuestras obras”, sino por su designio de amor. Dejémosle que abra caminos y cumpla expectativas. 

Durante este tiempo de Cuaresma, algo que podría ayudarnos a ir hacia adelante y madurar es revisar nuestra manera de ver y comprender a Dios. Quizá tenemos nuestra imagen de Él, pero ¿es la imagen verdadera? Le interesa y mucho al Señor que tengamos una visión clara de quién es y la misión que le ha traído a la tierra: porque podemos tener, en nuestra mente y corazón, una forma distorsionada de verlo. Vemos a Cristo y nos quedamos ahí, sin dejamos deslumbrar por Él.

Nuestra visión de Dios será auténtica si parte de un encuentro personal con Él, ese que nos llenará de luz y nos cambiará la vida. Si no es así, habrá en nosotros un conocimiento teórico, de libro y eso que hay en nuestra cabeza quizá nos tranquilice, pero no calará en nuestro corazón para enamorarnos de Él y transformar de verdad nuestra vida.

¿No te parece que, sin darnos cuenta, podemos tener una visión de Dios “atea”. Un dios que no termina de ser Dios, el Dios verdadero del Dios verdadero. Con un dios a nuestra medida, al que imponer nuestros caprichos, acabaremos enfadados, porque nos pedirá cosas que no nos gustarán. Que te conozca y te ame, Señor.

Madre Nuestra, queremos ir bien agarrados de tu mano. Así llegaremos a puerto seguro.

Santa Misa. II Domingo de Cuaresma. Ciclo A
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