DOMINGO II T. PASCUA. DIVINA MISERICORDIA. 2022

El hombre de hoy tiene miedo. No lo reconocerá, pero lo tiene. Por eso se encierra en sí mismo y sospecha de todo. También los apóstoles, que vivían tras la muerte del Señor con las puertas cerradas. Aun así, el Señor sabe traspasar las barreras. Es un Dios de paz y no de aflicción, que sale a su encuentro y confía en ellos, enviándolos a llevar la Buena Noticia a todos. La prueba palpable que los hará creíbles será la misericordia, y les da para ello un don preciado: la posibilidad de perdonar los pecados. No somos nosotros los que nos arreglamos solos con Dios…

El perdón es algo que me regala Dios a través de la Iglesia, a través de sus sacerdotes. ¿Cómo tengo la garantía de que mis debilidades y pecados quedan borrados ante Dios? Es Cristo mismo el que vuelca en nosotros la misericordia entrañable del Padre, sembrando ese amor irrevocable del Espíritu Santo. El pecado no es algo indiferente, me aparta de Dios, ensombrece mi alma. Necesito ese perdón explicito. Quiero ser Templo de Dios, gozar de su presencia en mi alma, sin obstáculos.

El camino es la misericordia, Dios que nos ama a pesar de nuestras miserias. Caminemos.

1. Descubrir la misericordia. Descubramos al verdadero Dios. Aunque no seamos conscientes, podemos tener una imagen de Dios distorsionada. Le tenemos respeto, somos cumplidores de sus mandamientos y preceptos. Sabemos que ha muerto por nosotros… Pero aún queda abierta entre Él y nosotros una distancia, quizá una frialdad que no terminamos de superar. Llega un momento en que puede parecerme que es alguien ajeno a mí, que me pone barreras, que me pide cosas que son complicadas o me quitan mi libertad plena. Eso nos lleva a reducir nuestra relación con Él: venimos a misa, de vez en cuando confesarnos para quedar aliviados por dentro y… poco más. ¿Es así Dios? Dios va mucho más allá… No es un fiscalizador, no es alguien que me pide cuentas. Jesús nos lo ha revelado como Padre lleno de ternura, que está dispuesto a abrazarnos. Jesús mismo se nos ha mostrado como el que nos ama hasta dar la vida por nosotros. Y el Espíritu Santo es el Señor y Dador de vida que me facilita todo para ser amado y amar más a Dios. Dios es misericordia.

2. Acoger la misericordia. Repitámoslo una vez más. Dios me ama incondicionalmente. Quizá no soy consciente de que ese amor de Dios cubre todas las facetas de mi vida, todas las situaciones, complicadas o sencillas. Siempre y sin excepciones, el Señor ama intensamente a todas sus hijas y a sus hijos. Cubre todas las facetas de un amor que se hace denso. Una de ellas aunque nos cueste comprender, es que nos ama a pesar de nosotros mismos, nos ama con nuestros pecados. Está claro que no quiere que pequemos, porque eso nos hace infelices, nos mete en oscuridades que, a veces, son difíciles de superar y nos sume en el sufrimiento, en la desesperanza. Él, que no nos va a abandonar nunca, quiere sacarnos de esa postración. Y lo demuestra hoy como entonces: llena de esperanza a sus apóstoles agobiados y miedosos. Podemos despistarnos y mucho, como Tomás,  pero el Señor no nos descarta, nos recupera para su amor: nos invita a tocar sus llagas, su costado abierto, para que esas heridas ya gloriosas, nos sanen y nos recuperen para la vida. La vida en Dios.

3. Ejercitar la misericordia. Si somos destinatarios de la misericordia de Dios, que lo somos, si el Buen Dios nos hace experimentar su perdón y nos levanta de nuestra pobreza interior una y mil veces, ¿no habremos de corresponder? Cambiemos el tono de nuestra vida. No existimos para nosotros mismos, sino para gozar del amor de Dios, y luego… transmitirlo. Ser misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso. Aprender a querer, y eso, no solo cuando la otra persona es “amable”, nos cae bien o es de nuestra cuerda. Querer a pesar de los pesares es una bendición, y para eso, perdonar. Ha de brotar de nuestro corazón esa misericordia que Dios despliega en nosotros, para hacer de él una fuente inagotable de perdón.

Descubrir a Dios en los demás, ver en ellos esa luz que, aunque sea pequeña puede iluminar, no es una empresa imposible, es sacar de nuestra alma ese amor con el que Dios nos ama. Es un don inapreciable que hay que pedir, porque por nosotros mismos, nunca podremos darlo. Si lo damos, el Señor lo incrementará con creces. 

Le decimos a María que nos mire con sus ojos misericordiosos, es el modo de ver con claridad y seguir a su Hijo, Jesús. Somos ingratos, pero Dios no nos rechaza. Y María nos cubre con su manto.

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