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III DOMINGO T. ADVIENTO A. 2025

Avanzamos en el camino del Adviento. Es el camino de una esperanza que se renueva, que va abriéndose paso, que desborda porque viene de Dios. La esperanza no es un flujo de mi mente y de mi corazón que busca tener todo bien colocadito para que no haya sustos. Nos dan miedo los contratiempos del día a día, porque nos cambian el paso y dan lugar a oscuridades de un futuro que no se controla. Esa es una esperanza de quita y pon, que sube o baja según lo que digan las noticias o según el golpeteo de nuestro ánimo. La verdadera esperanza es acoger de tal manera a Dios en nuestro corazón, que llena con su luz y hace nuevas todas las cosas. Es la esperanza que no se viene abajo con cualquier desasosiego, porque está entreverada de gozo y paz. Porque espera la salvación.

Esa esperanza se convierte en confianza plena. Dios pone dentro el fuego del amor y surge la alegría. Por eso hoy la Iglesia nos invita a la alegría, a gozarnos en el Señor, “porque Tú, Dios mío, vienes a iluminar mi vida y a llenarla de sentido y esto me basta para esponjarme por dentro y estar tranquilo”. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Y estalla el anhelo: Ven, Señor.

1. La alegría que ofrece el mundo. En algunos momentos buscamos quitarnos de la cabeza esos problemas y dificultades que nos abruman. Vamos demasiado rápido por todos sitios y con un ruido ensordecedor por dentro y por fuera. Cuando paramos un momento, nos quedamos aturdidos y no sabemos por donde tirar y volvemos a lo mismo: otra vez la precipitación para olvidarnos de todo. Y solo se nos ocurre estar entretenidos: hacer cosas divertidas que nos distraen, inventarnos cosas que no se le han ocurrido a nadie, creyendo que nos van a sacar de la rutina. Y resulta que no dan para más. Podemos conseguir un récord Guiness, raro no, estrafalario. ¿Y ¿qué? Sigue sin llenarse ese vacío. ¿En qué emplearemos la vida? ¿En recorrer el mundo sin saber qué perseguimos para olvidarnos de la verdadera vida, esa que deja la serenidad en nuestra alma? Pero si todo es más sencillo… Damos vueltas y nada nos llena, porque la felicidad verdadera solo se encuentra en Dios.

2. La alegría que ofrece Dios. San Pablo nos lo recuerda alto y claro: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos.» La alegría siempre es posible, porque Dios es Padre, un Padre tan bueno y que quiere tanto a sus hijos…, tanto tanto, que le entusiasmará que acojamos la verdadera felicidad. Sí, busca hacerla posible en cada uno. Y esa alegría suya se apoya en su Corazón ardiente y enamorado porque es Padre y Madre al mismo tiempo. No nos fuerza a nada, nos pide permiso para obrar en nosotros, porque es un “caballero” que no da patadas en la puerta, y quiere que, ejercitando nuestra libertad para el bien, le facilitemos el paso. Dios cumple sus promesas, no se vuelve atrás en su amor nos da la alegría de colmar nuestros anhelos, que van más allá de esos deseos cortos que no terminan de satisfacer nuestras expectativas. Dios no nos ha dejado nunca, ni nos dejará en el futuro tirados en tierra: somos sus hijos queridos y nos quiere alegres, contentos.

3. Esa alegría que da consuelo. La alegría no está en los chistes fáciles, en la risotada que nos suena un poco fuera de lugar. La alegría auténtica tiene muchos matices, porque le da la mano a la esperanza. Hace respirar a fondo, incluso cuando parece que no hay motivos para ello. Mira al pasado serenamente, sin echar en cara debilidades o fracasos. La alegría verdadera no es egoísta porque contempla a los otros como amigos, nunca como enemigos. Goza con el bien de los demás, porque no es envidiosa y sabe sonreír. Se hace don para todos porque no busca el propio interés, y regala sosiego y comprensión a todos los que se acercan. La alegría es pacificadora de las almas porque sabe abrir horizontes. Y sabe descartar el miedo porque se llena de confianza en Dios. La alegría verdadera echa fuera toda sombra de esa tristeza que ensombrece el alma, y siempre es aliada del enemigo. Y sabe consolar, porque se acoge a la ternura de Dios, que es nuestro descanso.  

Las palabras del profeta Isaías son tan esperanzadoras, tan animantes… Y es que el Señor nos sostiene y alienta:  Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará». María y José ¿cómo estarían? Felices, contentos, alegres. ¿Tuvieron dificultades? Claro, pero tenían a Dios.

Santa Misa. III Domingo de Adviento. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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