III DOMINGO T. ORDINARIO A. 2026
Actualmente parece que hay un renacer en la fe. Dios es el mismo, pero se percibe su amor de una manera tan distinta que sorprende y transforma el alma… Con una sensación de perplejidad: “Yo no sabía que Dios me quería tanto y que yo también podía querer así…” Esas nuevas vivencias nos hacen reflexionar sobre el sentido de nuestro existir, porque hablan de un Dios cercano y lleno de vida. ¿Peligro? Convertirlas en fuegos artificiales que brillan un instante, pero luego se disipan y no queda nada en pie. El Señor no sale a nuestro encuentro como una estrella fugaz. Lo suyo es algo mucho más profundo y luminoso. Es sol que viene para brillar e iluminar incluso nuestras noches.
Escuchamos el Evangelio y notamos por parte de Dios un impulso que alienta y al tiempo exige: “Convertíos porque está cerca el Reino de Dios”. Ante Dios no cabe tan solo abrir los ojos y quedarse tan contentos de haberlo visto. No se trata de saber cosas o de tener las ideas claras y bien colocadas. Consiste en algo mucho más grande: en una exigencia de amor que no nos puede dejar como antes de haberlo conocido. Implica un cambio de vida. Conversión es esa transformación interior que nos lleva a dar protagonismo a Dios en lo cotidiano, para que todo gire en torno a Él.
1. Ser siempre generosos. Convertirse ¿cómo o a qué? Cambiar ¿para qué? Metidos como estamos en nosotros mismos, hay que salir de esa burbuja y ampliar los horizontes de una vida plana donde el yo parece el dueño y señor. La generosidad nos abre a Dios y a los demás. Mi vida no es mía y cada cual a lo suyo… Me lleva a no caminar en tinieblas, para aprender a amar mucho y bien. Para que ese encuentro con Dios y los otros no se sostenga con pinzas, o en un equilibrio inestable. El gran mandamiento del amor lo concreta: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. Y esto ¿cómo se “aterriza”? A veces buscamos recetas, queremos que nos digan en detalle lo que tenemos que hacer. Pero no se trata tanto de hacer, sino de aprender a ser lo que Dios nos ha hecho: hijos de Dios en Cristo, redimidos por su sangre y en constante camino de amor.
2. Aprender siempre de Dios. ¿Somos los mejores, los más buenos, los más listos…? Seamos objetivos: no. Vayamos pues con calma. Para perdonar exigimos que nos pidan perdón. Para amar pedimos que nos amen. Si hay que ceder en algo, mejor que empiece el otro. Damos para recibir. Y el Señor ¿qué nos ofrece? Todo y gratis. Palabra clave: gratuidad. Amar sin pedir nada a cambio. Pensar antes de obrar para que no haya “daños colaterales”. No ser susceptibles. Dar y darnos la oportunidad de rectificar. Saber esperar sin precipitarse. No buscar el propio interés sino la verdad. Anticiparse a ayudar, a pedir perdón. No cargar las espaldas de los demás con exigencias que no son exigibles. Corregir sin herir. No imponer el propio criterio alzando la voz o gritando: la verdad no se impone, se propone. Tener razón no significa avasallar al otro. Osea… hemos de aprender de Dios.
3. Y siempre… disponibilidad. Acudir a los mandamientos está bien, muy bien. Algunos se presentan desde un enunciado negativo: “no hacer esto o lo otro…” Pero no hay que quedarse ahí. Hay que profundizar más y ver las implicaciones positivas. No matar es dar vida. Por eso… “a las órdenes del Señor”. No se trata “de ir al bulto”, sino de estar en los detalles. El amor verdadero se juega ahí. Lo grande siempre parte de lo pequeño: de una semilla casi insignificante puede surgir un árbol frondoso. La felicidad no consiste en planificación sino en entrega generosa. En saber afrontar retos y no rehuir la realidad, sino partir de ella para edificar sobre bases sólidas. Estemos pendientes de hacer las cosas bien y con cariño. Facilitando la vida a los demás. Mi felicidad no puede apoyarse en el dolor de los demás. No dejemos heridos en el camino. Detalles, pensar en los otros y… amar.
Eso es lo que nos transmite el Evangelio. Leer, rezar, meditar con la Escritura es siempre luminoso. Seguir los pasos del Señor y crecer. El Señor da la vista a un ciego. ¿Y después qué? Ya no puede ir a tientas. Puede moverse por sí mismo, porque ve con claridad. Su existencia ha quedado transformada. Conocer a Dios y seguir lo mismo que antes no es posible. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” Nos movemos ya en otra dimensión. Se hace la luz. Mira a María. Mira a la Estrella que anuncia el día. Es la que nos ha dado el amanecer de la verdadera historia de nuestra salvación. Bendícenos Madre.