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III

Homilía D. Alfonso

III DOMINGO T. CUARESMA A. 2026

“Si conocieras el don de Dios…” Esta frase, dicha por el Señor a la samaritana, ha sido como una llamarada de fuego y luz que ha incendiado muchos corazones. ¡Que te conozca Dios mío! ¡Te pedimos tantos dones, pero te conocemos tan poco…! Nuestras peticiones son, a veces, tan triviales como innecesarias. No nos engañemos, no se trata de lo que le pedimos a Dios, sino de entrar en su Corazón para ver lo que Él nos pide y nos va a regalar. Porque nos conoce y da lo que necesitamos.

Las escenas del Evangelio enamoran. ¡Que encuentro tan especial, tan aleccionador, el de Cristo con la samaritana! Una mujer que podríamos decir que era “del arrollo”, no precisamente un modelo de conducta, pero que sin saberlo tenía anhelos de Dios. Y allí está Jesús que la espera en lo cotidiano para transformarla. Que no nos quepa duda: Dios no se olvida de nosotros, aunque nos olvidemos de Él. Y se hace el encontradizo con todos y de mil formas. Amándonos sin excepción.

1. ¿De qué tiene sed el hombre? La sed en la Escritura puede ser sinónimo de deseo. ¿Y los deseos son malos? No tienen por qué. De hecho, hay una expresión de la Escritura que es animante: el Señor quiere que seamos “varones de deseos”. De entrada, nuestros anhelos no hay que tirarlos por tierra, sino separar en ellos el grano de la paja. La mundanidad lleva a crearnos necesidades que son… “innecesarias”. Y la publicidad suele ser su portavoz: usa la seducción y hace apetecibles tantas cosas… Distingamos entre lo bueno y lo malo: no todo lo apetecible nos hace bien. Recuperemos virtudes. Una de ellas es la templanza, que coloca nuestros deseos donde deben estar. Si nos gustan las croquetas mejor no comernos una fuente. ¿Y nuestra mirada? Que no cosifique a las personas. Que el afán de llegar a todo no acabe en ansiedad. Pregúntate: yo ¿de qué tengo sed? Estaría bueno tener sed de venganza: hay películas que lo fomentan. Señor, dame anhelos de cielo. ¿Y hambre y sed de justicia…? eso sí porque supone afán de santidad. Dios mío, dame sed Ti. Sed del Dios vivo.

2. El alma “con ansias de amores inflamada”. Es lo que tienen los santos, y en particular los místicos: que han ido aprendiendo a entrar en la cámara del Rey (la intimidad con Dios), porque se han ido desprendiendo de lo que les sobraba y le han dejado al Señor las manos libres para que pusiera lo que faltaba. Mirémonos por dentro. ¿No es verdad que, a veces, tenemos el corazón frío y duro? No tenemos sensibilidad para ver el sufrimiento de los otros. Nos da igual una cosa que otra. No ponemos cuidado en rematar bien lo que hacemos. Hay una especie de pereza de fondo que nos deja que ni sentimos ni consentimos. Todo se nos hace un mundo y dejamos las cosas a medias porque… ¿para qué? Y mientras tanto, Dios que llama a la puerta y espera que le dejemos entrar. Para que el corazón arda… préndele fuego, Señor, y poda lo que haya que podar. Corta ramas secas que no aportan nada y quitan la fuerza para que las otras ramas se renueven. Hay que ponerse “al Sol que más calienta”. Y ese es el Señor. Él quiere derretir nuestro corazón para que arda en amor.

3. Una sed de ida y vuelta. Jesús tiene sed de que tengamos sed de Él. Jesús, que es en todo igual al hombre menos en el pecado, ha sentido hambre y sed como todos nosotros. Pero, más allá de lo físico, la ha querido convertir en sed de almas. Y hay dos momentos clave: el encuentro con la samaritana en que la recupera para la vida. Y en la cruz, donde tiene sed de cada uno de nosotros para que respondamos a su amor. Una de las oraciones de la misa de hoy dice que el Señor al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe y, si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino. ¿Le dejaremos a Dios hacer eso con nosotros? La vida de pecado puede llevar a una arrogancia que amarga el alma, pero otras veces lleva a escondernos de nosotros mismos… Avergonzados. Dejemos que Dios nos despierte esa sed. Si le acogemos y le pedimos perdón, se obrará el milagro: nos convertirá en fuente y manará de nuestro pecho un surtidor de agua viva que lleva a la vida eterna. Y seremos luz para iluminar.

La sed de Dios en la Cruz se la contagió a la Santísima Virgen y a San Juan. Sed de darse en amor. De convertirnos en verdaderos hijos de María, que es el mejor camino para descubrirnos como hijos de Dios. Y descubrir que ella nos quiere arrebatadoramente como madre, para llenarnos de un cariño que se hace ternura y que nos “pone las pilas” para afrontar dolores y dificultades.

Santa Misa. III Domingo de Cuaresma. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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