DOMINGO III T. ADVIENTO A. 2022

El hombre está llamado a la felicidad, una felicidad sin trabas. Pero ¿qué es lo que de verdad da la felicidad? No es el tener, la posesión de cosas materiales, no es el confort de una vida cómoda, no es el éxito que le hace a uno estar por encima de los demás. La felicidad es algo más intimo, más profundo. La felicidad la da sentirse amado y dar amor. No se trata de un amor posesivo que busca la propia satisfacción. No. El amor auténtico es el que se regala con generosidad. Porque no todos los amores están asentados en unas raíces que merezcan la pena. Solo es amor auténtico el que se apoya y toma como punto de referencia ese Amor con mayúscula que es Dios. Todo un Dios que obra en nosotros y, de una manera totalmente incondicional, se nos entrega enamorado. Si le damos nuestra respuesta fiel y desprendida, se produce entre Él y nosotros una corriente de paz y alegría que nada ni nadie nos puede arrebatar. Ahí está el gozo verdadero que merece la pena.

¿Qué tiene el hombre en su interior? Unos anhelos y deseos grandes que no tienen que ser en sí mismos malos, todo lo contrario, encierran un afán noble de ser y actuar. Pero no podemos prescindir de que todo eso, que quizá anida en nuestro corazón, puede devaluarse: si en lugar de remitirlo a Dios, que hace nuevas todas las cosas, buscamos solamente ese deleite egoísta. Sí, el hombre a veces busca un bien que parece enloquecido, porque lo hemos apartado de su verdadero origen, camino y meta que es Dios. Cuando se busca la alegría a costa de lo que sea, esa alegría se pervierte y acaba siendo una caricatura de sí misma. Es una alegría cascarón, no tiene nada por dentro, es vana. Busquemos con pasión esa alegría aprendida del Señor que da sentido a las cosas.

1. No nos dejemos seducir con sucedáneos. El mundo y las cosas del mundo prometen mucho y dan muy poco o nada, porque se quedan en la superficie y no tocan de verdad el corazón. Cuando pretendo afirmarme yo a costa de lo que sea, cuando busco una diversión que lo primero que hace es apartar a Dios de ella, cuando trivializo todo adoptando un tono frívolo que no valora lo que de verdad tiene valor, cuando me dejo llevar por las adicciones que es una forma de engañarme porque acaban esclavizándome, cuando quiero olvidarme y me refugio en el alcohol, o sucedáneos, que ponen en mí oscuridades… Me equivoco, he de reaccionar. Eso es apagar el fuego con gasolina.

2. ¿Cómo distinguir la alegría verdadera? No pensemos que la alegría verdadera, la felicidad sin fisuras, consiste en tenerlo todo a pedir de boca, en ese estar bien sin que nos falte nada. Es algo que va más allá de todo eso. Es saber que hay esperanza, que hay vida cuando busco y encuentro a Dios. La alegría auténtica sabe salir a flote en los momentos difíciles. No es, sin más, la risotada fácil. El gran valor que a algunos les parece el top, lo más deseable, es la persona divertida. Pero eso vale para un rato, para una sobremesa o tertulia de café, contando chistes. La alegría que da el tono es la que sigue viva cuando uno se queda a solas consigo mismo, porque sabe descansar en Dios.

3. La alegría verdadera tiene sus raíces en forma de cruz. Nos deja perplejos ver a una persona que, en su enfermedad, en su dolor, en su estar postrado por el peso de tantas y tantas cosas hirientes, sabe sonreír. La confianza en Dios, Nuestro Padre Bueno del cielo, nos la regala. El Señor nos da esa alegría que sabe moverse y afrontar las dificultades, que sabe sobreponerse a toda herida en nuestra alma. Es una alegría que es compatible con la cruz y llenarse de esperanza, porque, bien unidos al Señor, todo adquiere su pleno sentido y nada puede perturbar nuestro gozar en Él. Hoy más que nunca hemos de buscar esa alegría y no dejarnos engañar con espejismos vanos.

Esto es lo que decía Benedicto XVI: “la alegría cristiana brota de esta certeza:  Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Y esta alegría permanece también en la prueba, incluso en el sufrimiento; y no está en la superficie, sino en lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él”. Y eso ¿es posible “con la que está cayendo”? Así lo decía la Madre Teresa de Calcuta: «ya aquí en la tierra y desde este momento podemos estar en el paraíso. Ser felices con Dios significa:  amar como él, ayudar como él, dar como él, servir como él».

Miramos a Nuestra Madre la Virgen y ¿qué vemos? Eso, su rostro iluminado y gozoso que nos habla de un amor que se entrega en alegría.

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