DOMINGO III ADVIENTO B. 2023

En este tiempo de Adviento hoy hacemos una parada para esponjarnos, más si cabe, en Jesús que viene a nosotros. Y Dios quiere que resuene en ti una palabra: alegría. Es un deseo ardiente que nos transmite el apóstol San Pablo: “Alegraos en el Señor”. Durante estas últimas semanas nuestro cardenal de Madrid, D. José, ha tenido encuentros con todos los sacerdotes de la diócesis. Y ¿qué nos ha dicho? Sobre todo, una cosa: “que disfrutemos de las cosas buenas que vamos haciendo y, por tanto, que estemos tranquilos.” Con paz, sin agobios, saboreando el estar al servicio de Dios. 

Nos cuesta esa serenidad, esa tranquilidad interior. Pero ¿sabemos dónde encontrarla? Las lecturas de la misa de este domingo tienen como eje central eso: Dios fuente de mi gozo interior. Y María mi punto de referencia. Nada puede turbarme si parto de aquí. ¿Por qué dejar que nos entre el miedo? ¿Por qué estar vacilantes sin saber hacia dónde ir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Vela por todos y cada uno. Confía en Él. Párate a pensarlo. Mira. Elige, pero bien:

1. La alegría superficial de estar entretenidos. Alguien decía que hoy los nuevos templos son los estadios de fútbol, los centros de ocio, donde los fines de semana se ahogan las penas que se van acumulando. La cuestión es huir de todo lo que nos pesa y agobia. El mundo nos mete en la cultura de un entretenimiento que narcotiza, porque nos evita pensar demasiado: mejor no dar demasiadas vueltas a las cosas, mejor dejar que piensen por ti y te den todo masticadito, solucionado; así, menos problemas… ¿Y nos interesa eso? ¿Nos conformamos con eso? ¿la alegría de la risotada, de corto alcance? Buscamos la diversión para evadirnos, para olvidar, pero ocurre como con la bebida: que termina uno con resaca y los problemas, las heridas, siguen en su sitio. 

2. La alegría serena, que es alegría entregada. Cerrar los ojos no hace que ese o aquel peligro desaparezca ¿Tenemos problemas, agobios? Contémosle a Dios las penas, para que dejen de ser penas. “Alegrarse en el Señor” es algo bien distinto de esos gozos circunstanciales, la alegría de la apacibilidad del momento. Es algo más profundo. La alegría del cristiano no es la de tener controlada la situación y estar contento porque no se nos escapa nada. Es el gozo de Dios, esa certeza de saberse amado por Dios, de saber que es mi Padre y yo su hijo, de comprender desde lo más hondo que valgo toda la sangre de Cristo, de sentir, muy dentro, que mi cabeza y mi corazón están iluminados por el Espíritu Santo, que me hace ver las cosas no desde la superficialidad, sino con hondura.

3. La alegría profunda. Servir a Dios y a los demás. Es una alegría rebosante, que nace de un corazón enamorado que recibe el amor de Dios sin poner ninguna pega, una alegría que siembra la propia vida de esperanza, porque se va fraguando dentro de nuestra alma, acogiendo a Dios… Esa alegría no nos la procuramos nosotros, es un verdadero regalo de Dios que hemos de pedir con humildad. Entonces esa alegría se va desprendiendo de los egoísmos, de todo para mí y para mi satisfacción y se concreta en ese darse plenamente a Dios y a los demás. La alegría de salir de uno mismo, la alegría que sabe convivir con todo y con todos. Una alegría que no cede a las sospechas, una alegría que se crece ante la dificultad, que no sabe de tristezas, porque ha aprendido madurez.

¡Qué distinta es esta alegría íntima de la que nos intenta vender el mundo! Guardémosla en el corazón y dejemos que desde allí se extienda a todos. Es lo que han hecho los santos. No hay ninguno de ellos que no haya vivido en una profunda alegría. Quizá unos de un modo y otros de otro. Todos ellos, ante cualquier eventualidad, ante cualquier tropiezo, sufrimiento, quebranto, de la naturaleza que fuera, han sabido abrazarlo con una paz y con un amor tan intenso a Dios, que no han dejado de experimentar esa alegría interior.

Teniendo a un Dios tan bueno, tan misericordioso, que quiere iluminar nuestra alma con su presencia, ¿por qué estar mustios? ¿por qué estar tristes si Él nos quiere tanto que no se le pasa un detalle? ¿Por qué esos desánimos si Dios quiere que todos alcancemos la salvación que nos ha traído y lleguemos al conocimiento de la verdad para disfrutarla?

María Santísima vivió con esa alegría intima, que no se desvaneció ni siquiera al pie de la Cruz, porque se sabía la afortunada Madre de Dios, y se sabe también Madre nuestra. Acudamos a ella.

Santa Misa. III Domingo de Adviento. Ciclo B
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