Homilía D. Alfonso

DOMINGO III T. ADVIENTO C. 2021

Hoy, prácticamente desde el principio de la celebración, se ha repetido de una manera clara la palabra alegría. El itinerario del Adviento tiene como telón de fondo la esperanza, pero una de sus manifestaciones claras es la alegría. Miro atrás y veo mi vida sostenida por la misericordia de Dios. Miro adelante y veo a Cristo, al Hijo de Dios que viene a salvarnos, y me lleno de gozo. No soy un ser perdido en medio del universo. Dios sale a mi encuentro y me tiende la mano, me recuerda que hay motivos para la esperanza, motivos para el amor, motivos para la alegría, porque el Señor viene y no tarda.

Sin embargo, el hombre se queda instalado, muchas veces, en el conformismo de lo que él puede conseguir y saca poco partido a esas palabras llenas de luz: esperanza, paz, alegría…, que pueden dar color a una vida gris, monótona; pero… no profundiza en ellas. Se queda en la superficie. Una esperanza que quizá se instale en el tener suerte, una paz que se conforma con el cese de gritos, una alegría de chistes y poco más. No se da cuenta de que eso se pierde en un instante y apenas tiene consistencia.

Buscamos la alegría del entretenimiento, pasarlo bien y estar confortables. Pero estamos tan pendientes de lo inmediato que se nos va de las manos lo esencial: darle vuelo a lo que de verdad dura. No nos empeñemos en esa alegría pasajera, fomentemos la alegría que da la auténtica felicidad y es capaz de acoger el amor de Dios en el corazón. Esa alegría serena y luminosa que pacifica el alma.

1. Hoy el gran pecado para el mundo es el aburrimiento. Se valora y mucho a quien es animador en las reuniones del tipo que sean y pone chispa en ellas. ¿Y eso está mal? Claro que no, pero ¿no es verdad que eso nos puede hacer dependientes del quedar bien y esperar el aplauso de los demás a costa de lo que sea? Con ser divertido no está ya todo solucionado. Después del chiste, ya a solas con nosotros mismos ¿sigue palpitando la alegría en nuestro corazón? Hay que abrirse a Dios y dejarle que nos llene el alma. Dicho con palabras del Señor: “hay más dicha en dar que en recibir”. La verdadera alegría es salir de uno mismo y abrirse a los demás, sin poner obstáculos entre ellos y nosotros.

2. Aprendamos del Señor que tiene muy buen humor. Dios no es alguien seco, lejano y frío, es un Dios alegre: se ríe con nosotros, no de nosotros, y nos hace ver que una de las cosas más importantes es desproblematizarse. Quizá vayas por la vida cargados los hombros con todo tipo de ansiedades, de problemas, de insatisfacciones. No dejes que lo que ocurre en ti, o cerca de ti, te amargue, cuéntaselo al Señor, Él pondrá las cosas en su sitio y sabrá sacarle partido para que no te agobies. Tenle confianza, pero de la buena, la verdadera. El buen humor tiene mucho que ver con la libertad interior. Esa libertad que nos ha ganado Cristo y que nos hace mirar al frente con paz y con un gozo que no da el mundo. 

3. Fuera de nosotros la tristeza, que es un arma del enemigo. ¿Qué me hace estar triste? Sin duda el pecado, estar lejos de Dios. Cuando voy a lo mío y prescindo de Dios, noto frialdad interior, mi corazón se desasosiega, necesita volver a latir con fuerza. Y eso se logra siendo humilde, reconociendo que le he ofendido, siendo sincero, pidiendo perdón. Noss entristece también el sufrimiento, pero no podemos olvidar que Cristo lo ha vencido en la cruz. También el cansancio, que nos hace percibir las cosas con negatividad. Aprendamos a descansar y descansar en Dios. Y seamos desprendidos: salir de nosotros y volcarnos con los demás, con espíritu de servicio, de disponibilidad, contribuye a la alegría.

¿Estoy contento? Decía el apóstol Santiago: “¿está triste alguno de vosotros? Rece”. La unión con Dios pone paz en el alma. “Nada te turbe, nada te espante” decía Santa Teresa.

Piensa: ahora, a día de hoy, ¿qué es lo que me intranquiliza? ¿qué me está quitando la paz? ¿Noto mi alma apagada? ¿Hay desasosiego? ¿hay en mí turbación? Mira al Señor, quédate admirado de lo bueno que es, de lo padre que es, y siéntete querido, salvado, iluminado por Él: eres su hijo. La alegría y la paz son frutos maduros de esa filiación divina. Paz y alegría que pueden ser compatibles con la Cruz. Jesús lo ha logrado. Mira a María, a su corazón traspasado al pie de la Cruz: a pesar de su dolor, nos acoge como hijos queridos.

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