IV DOMINGO T. CUARESMA. 2024

En este IV Domingo de Cuaresma, la Misa comienza con una recomendación que llena de gozo el alma: “Alégrate”. Este tiempo de sobriedad, de penitencia, pero también de gracia y bendición, nos invita a no desfallecer, a elevar el ánimo a Dios, que está muy pendiente de nosotros. La espiritualidad de un hijo de Dios no puede ser mortecina, de mirar hacia abajo, de resignación tristona. Hemos de estar contentos, muy contentos, porque nos apoyamos en Dios, porque tenemos plena confianza en Él, porque queremos que el fuego de nuestro corazón no se apague y sabemos con claridad que el Señor echará leña para que arda. No es el nuestro un conformismo bobalicón, es la certeza de que, con Dios, nada nos puede faltar. Con Él nada hay imposible. Fomentemos y mantengamos el ánimo encendido. Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?

En las lecturas vemos que Dios es condescendiente con el Pueblo de Israel, está pendiente de ellos, los saca de los apuros que en que se van metiendo, y lo hace con verdaderos prodigios que muestran su amor grande, de predilección… Pero Israel es desagradecido: se olvida pronto de todas estas maravillas de Dios, se vuelve a los ídolos una y otra vez, cayendo en muchas de las seducciones que salen a su encuentro. Dios, entonces, les hace ver su pecado para que vuelvan a Él y no deja de brindarles su misericordia. Es fiel, está lleno de ternura y esa actitud también la tiene ahora: tiende la mano al que se acerca con corazón humilde, con afán de conversión. No lo desaprovechemos.

1. Dios ha venido a la tierra para salvarnos. Con todo lo malo que vemos en el mundo, puede parecer que la venida de Cristo es irrelevante. Algunos dirán, con indiferencia, que no les aporta nada: Jesús, un personaje importante, pero como cualquier otro de la historia que haya dejado su impronta. Pero no, el Señor salva, no es un dios de quita y pon, al que acudimos cuando nos vemos apretados y sin recursos. No es un “solucionador” de problemas, y luego, superadas las dificultades y con las cosas más o menos ordenadas, nos olvidamos de Él, y hasta la próxima… A Dios le importo, ha sido condescendiente conmigo porque me ama de verdad. Y no solo me dice lo que tengo que hacer, como imponiéndome sus criterios, pasando de largo por los míos… Ha venido a la tierra para sacarnos de la tribulación, de todas nuestras negatividades y fracasos, de todos nuestros pecados que pesan, dejándonos sin esperanza y dando bandazos. Nos libra de todo eso, muriendo en la cruz.

2. El Señor es la luz de un mundo en tinieblas. Tenemos a veces la impresión de que andamos a tientas, yendo de un lado para otro, sin saber muy bien a dónde vamos. Aunque reivindicamos esa libertad de hacer lo que nos da la gana, con el “me apetece o no me apetece”, descubrimos que no todo da igual, que las cosas no valen lo mismo, a pesar de que nos intenten vender que el criterio lo imponemos nosotros. Vemos que hay cosas que nos ponen al borde del precipicio, cosas que nos amargan la vida, que nos hacen caer en adicciones que nos esclavizan y nos llevan a callejones sin salida. Hay situaciones que nos prometen el oro y el moro, la felicidad sin trabas y luego resulta que son una gran mentira. Buscamos claridad y todo es oscuro. ¿Dónde podremos apoyarnos? ¿Quién nos dará los puntos de referencia para no andar como ciegos? ¿El mundo que es tan engañoso…? Solo el Señor, que tiene palabras de vida eterna. Él es el Sol que nace de lo alto y nos guía seguros.

3. La lucha que nos propone es de alegría y paz. No perdamos el tiempo picoteando en un lado y en otro para acabar dándonos cuenta de que el día es día y la noche es noche, para descubrir que, aunque nos empeñemos, la mentira es engañadora y la verdad es la que nos hace libres, porque no tenemos que darles vueltas a las cosas, para explicar lo que no tiene explicación. Hay cosas que merecen la pena y cosas que, lo queramos o no, resultan tóxicas para nuestra vida. Luchemos para defender lo que vale, y apartar de nosotros lo que no vale.

Lo nuestro ha de ser un batallar para que prevalezca lo bueno y no nos dejemos arrastrar por lo que nos encadena. Es una lucha de alegría y paz porque allí hay amor. Es más, esa lucha alegre para que triunfe el bien, la belleza y la verdad en nosotros, es lo único que puede dar tranquilidad al alma. Una lucha en la que Dios tiene mucho que decir, porque es nuestra referencia segura para no perdernos. Sí, la victoria es de nuestro Dios.

María, Nuestra Madre del cielo, tiene que decirnos mucho: “haced lo que mi Hijo os diga”.

Santa Misa. IV Domingo de Cuaresma. Ciclo B
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