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IV

D.Alfonso. Homilía

IV DOMINGO DE ADVIENTO A. 2025

Con la lectura del profeta Isaías de este domingo, abordamos la esencia de lo que vamos a vivir en Navidad: mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, “Dios con nosotros”. El misterio de la Encarnación. Dios no es un invento del hombre para tener algo en lo que creer, un apoyo con el que contar, una referencia para no sentirse solo. Es algo mucho más grande: Dios que nos ha hecho a su imagen y semejanza, creador de todo lo visible e invisible, que se acerca a nosotros para amarnos, para atraernos a Él, y mostrarnos su intimidad.

No estamos hechos solo de una materia que, después de un ciclo de vida, está destinada a desaparecer para siempre. Hay en cada uno de nosotros semillas de eternidad. Existe un cielo que ha venido a la tierra: Dios sale a nuestro encuentro para unir lo humano y lo divino. Para redimirnos de nuestras debilidades y pecados. Es “Dios con nosotros” en su misterio de amor y misericordia.

Dios que no es una abstracción. Ha estado 9 meses en el vientre de María y llorará al nacer como los niños. ¿Y nosotros? Vamos de puntillas para acompañar a María y a José que han acogido la Palabra encarnada y se dirigen a Belén para dar cumplimiento a las promesas de Dios. Dios no nos abandona a nuestra suerte. Nos conoce: estamos heridos en un mundo herido, y viene a salvarnos.

Ya queda nada para el nacimiento del Señor y ahí están los dos, camino de Belén, llenos de esperanza, afrontando dificultades, sin quejarse de nada, porque han comprendido que la vida merece la pena, y la Vida con mayúscula, ahora en las entrañas de María, viene a nosotros.

1. Dios que es desde el principio. No es un mito, no es un personaje creado por los hombres. Somos sus criaturas y Dios no se desentiende de nosotros. No nos ha arrojado a la tierra para que nos las arreglemos como podamos. Desde un primer momento se ha implicado en la Historia con mayúscula y en la historia con minúscula de cada uno de nosotros. Le importamos. Nuestros primeros padres salieron buenos de las manos de Dios, tuvieron esa inocencia original que les hacía disfrutar del paraíso, puesto a sus pies para que gozaran de él, sin dolor, sin enfermedad, sin muerte. Pero instigados por la serpiente, por el diablo que es el gran enemigo de Dios y del hombre, quisieron más. El hombre en su soberbia siempre quiere más, quiere poder, estar por encima de todo y de todos, ser como Dios. Y ese dejar a Dios de lado para afirmarse ellos los dejó heridos de muerte.

2. Dios sale al paso de nuestro pecado. Despertemos del sueño, estemos atentos, porque, en ocasiones, tenemos cerrados los ojos para lo evidente, y los abrimos tan solo para nuestros intereses. Hemos de descubrir las cosas que habitualmente damos por supuestas y hemos de volver sobre ellas porque no las vivimos. Son esas “verdades del barquero” en las que no caemos porque vamos atropellados. ¿Por ejemplo…? No hacer daño a nadie, es lo mínimo. Pero, además, hacer el bien a todos. No quieras para otros lo que no querrías para ti. Vale, y tengo derecho a ser feliz ¿no? Sí. Es para lo que Dios me ha creado, me quiere feliz, pero no a costa de lo que sea. Que tenga claro que no puedo ser feliz a costa de los demás, haciéndolos infelices. Dios me quiere, pero no quiere mi pecado. Tengo que entregárselo. Dios entonces me transforma, me abre caminos. ¿Le dejaré?

3. Ligeros y con alas desplegadas. Nos cuesta y mucho el desprendimiento, y no solo de lo material.  La mente y el corazón nos pesan como el plomo. Sobra mucho en nuestro interior, también esos afectos que no son rectos. Hemos de aligerarnos de todo lo que nos hace larga la “digestión del alma”. Hay en nosotros tanto lastre… Ese pasado que nos pesa y abruma porque no lo abandonamos en Dios. ¿Y qué ocurre? Que nos quedamos agazapados y encerrados en nosotros mismos y nos es muy difícil desplegar las alas. Decía San Juan de la Cruz: “volé tan alto tan alto, que le di a la caza alcance”. ¿Y cuál es esa “caza” que hemos de alcanzar? El sentido de una vida que, si se reduce al yo, nos encierra y no podemos mirar más allá de uno mismo. No vemos lo sublime, el misterio de Dios que se hace Niño, porque estamos empachados de lo trivial y la vista no se eleva. Fuera peso muerto.

María y José son las dos figuras que nos muestran donde reside lo esencial, que tira por tierra lo importante y, por supuesto, lo irrelevante. Vamos a ponernos en su piel para recibir al Señor.

Santa Misa. IV Domingo de Adviento. Ciclo A

Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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