IV DOMINGO T. ORDINARIO A. 2026
Al hombre de hoy en día le gusta muy poco que le digan las cosas que tiene que hacer. Le encanta ir por libre. Lo hemos dicho más de una vez: mirar intensamente el propio yo, lleva a hacer de los deseos, leyes. Si uno siente algo, lo hace norma y ya está. ¿Desafiando a todo y a todos? Sí. ¿a la naturaleza también? También. ¿Y eso cambia la realidad? Pues no. Pero nos creemos la mentira y eso es peligroso: si no puedo detener el sol cuando estoy pasándolo bien, ni puedo detener un alud cuando estoy esquiando y me engulle la nieve, ¿por qué el empeño en tragarse esas mentiras?
Nos puede dar alergia un Dios creador que da vida a todo con un orden hasta los últimos detalles… Para algunos es inconcebible, incluso molesto. Y lo que siempre ha sido el asombro de todos: la belleza de lo creado, ahora parece resultar un fastidio… Será porque no me han consultado para hacer las cosas de esa determinada manera, y lo veo como un atentado contra mi libertad…
Los pies en la tierra: hay armonía no solamente en la naturaleza, en lo que vemos, también la hay en el orden moral. Lo que está bien da vida, lo que está mal, tiende a la descomposición.
Escuchamos las lecturas de este domingo y resulta que hablan de la humildad y, luego, para completarlo todo, se habla no ya de unos mandamientos que exigen, sino de unas bienaventuranzas que proponen heroísmo en el amor, en la entrega, en el bien, en lo que da la verdadera paz.
Así es Dios: nos quiere hasta decir basta y nos hace una propuesta de felicidad que va más allá de uno mismo, porque apunta a la gloria de Dios, que es el hombre. El que escucha su voz y aprende a hacer las cosas apoyándose en Él, con magnanimidad, acierta y se llena de paz y alegría. ¿Dónde está la verdadera felicidad? En el bien, en la belleza, en la verdad que se busca, se encuentra y se saborea. Y eso, mirando a Nuestro Dios y Señor que nos ama y nos da la libertad en la entrega.
1. Las grandes paradojas del Evangelio. La palabra “Evangelio”, significa Buena Noticia. El Señor ha venido a eso, a darnos esa buena y alegre noticia de quién es Dios y quién es el hombre. Y, a partir de aquí, nos plantea una lógica que va más allá de la lógica humana. Es más, a veces la tira por tierra. No podemos olvidar que ha venido para salvarnos y, con su muerte, darnos la vida. A partir de aquí, que no nos extrañe que, en su pedagogía de ese amor incondicional que propone y ofrece a cada uno, nos presente una especie de mundo al revés. Perder para ganar, ser pobres para ser ricos, lágrimas que se convierten en gozo, debilidad que se vuelve fortaleza, servir que es reinar, entregar la vida por amor para ganarla… ¿De verdad que no nos atrae su luz tan brillante?
2. Las Bienaventuranzas que son un reto de amor. Lo de amar de verdad y a fondo no está de moda. Parece que nos asustaran los heroísmos, el para siempre, la totalidad, la entrega absoluta. Muchas veces quisiéramos acomodarnos con lo liviano, con lo de usar y tirar, con la búsqueda de la constante novedad que deja atrás, como si fueran una antigualla, cosas que dieron vida a tantos santos… Y apostamos por ilusiones que no ilusionan porque carecen de consistencia. Como el Señor ha creado nuestra alma con afán de eternidad, no quiere que nos quedemos en cuatro cositas para entretenernos: quiere que volemos alto. ¿Por qué conformarnos con nada si podemos gozarlo todo? Cada bienaventuranza es una apuesta por lo que llena de verdad la vida. Abrámonos a lo grande.
3. La humildad que es la verdad y un tesoro. El mundo no comprende eso de ser “humilde”. Es una bajeza por la que no está dispuesto a pasar. Solo faltaba, en una sociedad narcisista, el olvido de sí. Lo de querer a los demás en todo momento, y llenarse de gozo en esa entrega, se ve como una completa y vana… bobada. Entonces, ¿por qué dice Santa Teresa que la humildad es la verdad? Por conocimiento propio. No nos conocemos a nosotros mismos porque confundimos lo que somos como lo que quisiéramos ser. Nos engañamos y acabamos creyéndonos nuestras propias mentiras. ¿Dónde está la verdad? En descubrir que Dios me ama muchísimo, y darme cuenta que, si soy su hijo y aprendo de Él a amar, mi vida empieza a llenarse de luz. Me llena de su fortaleza y gozo.
¿Bienaventurados? A eso es a lo que estamos llamados. ¿Aprenderemos del Señor? María se proclamó bienaventurada, porque Dios vio su humildad. Y es por eso esclava de su amor y Reina.