C/ Nardo 44 28109 Alcobendas – Madrid

IV

Homilía D. Alfonso

IV DOMINGO T. CUARESMA A. 2026

Hoy Domingo laetare, domingo de la alegría. A mitad de Cuaresma, la iglesia nos propone hacer un pequeño parón para fomentar nuestro gozo en el Señor. Tiempo de entrega más concreta y reflexión interior para ver lo bueno y apartar lo malo. Tiempo alegre y de entrega. Señor, ¡cuántos dones derramas en nosotros y a través de nosotros, solo puedo decirte gracias! Gracias porque eres bueno, porque es eterna tu misericordia, porque nos haces ver con tu luz, porque nos haces saborear tus delicias. Ábrenos los ojos del alma. No perdamos el ritmo, es tiempo de conversión.

Jesús se enfrenta constantemente con los fariseos. Ellos estaban anclados en una religión de formulismos, donde lo esencial era cumplir con unos preceptos no tanto porque ayudaran al bien, sino sencillamente porque eran preceptos tranquilizadores. Era “su manera” de tener a Dios favorable, de presentarle los propios logros para poder exigirle sus “derechos” de “cumplidores” Pero dónde estaba ese amor concreto que se busca, se encuentra y se hace vida de la propia vida. Argumentar que “esto se ha hecho así siempre y ya está”, es tan pobre. ¿Y el amor verdadero…?

No se daban cuentan de que tenían miopía en el alma e iban a tientas. Todavía hay muchos fariseos y “asimilados” van a tientas sin darse cuenta. Hay tantas cegueras. Que no caiga en ellas.

1. Cuando vemos “demasiado”. Cuesta poco imaginar a un niño en una tienda de juguetes. Abre los ojos, mira a un lado y otro, y parece que le falta tiempo de abarcarlo todo: se acelera el corazón y piensa: para mí. Así somos nosotros ante el mundo. El mundo y las cosas del mundo nos seducen y es muy difícil no sucumbir a su llamada constante. El hombre parece que se valora más por lo que tiene que por lo que es. Y ese afán consumista nos acaba atrapando. Desde pequeños, aprendemos a tener necesidad de lo que no necesitamos. Miramos a los demás y aparece el deseo de lo ajeno sin valorar lo propio. Las comparaciones, el afán de emulación es algo que tenemos metido muy dentro. Y llega el momento de descubrir si somos nosotros quienes poseemos las cosas o son las cosas las que nos poseen a nosotros. Quedamos tantas veces secuestrados por ellas… Ver con avidez, ver para dominar, ver para alardear. Cerremos los ojos al mundo y abrámoslos para Dios.

2. La ceguera para el bien y para el mal. Es curioso cómo, dándonos cuenta o no, repetimos los mismos errores, y se vuelve a hacer presente el mismo esquema del pecado original: ser nosotros los que damos carta de naturaleza a todo. Parecería que el mundo no es creación de Dios, sino una recreación que hacemos nosotros, adaptando todo a nuestros intereses. ¿Bien, mal? Y eso qué más da, lo que de verdad importa es si esto o aquello se adapta a mi visión de la jugada, si no… fuera. Y ya estamos a vueltas con el yo. Si nos miramos mucho a nosotros mismos todo se desvirtúa, porque no tenemos otro punto de referencia, y la realidad es tozuda cuando queremos adaptarla a nuestros intereses. Aunque no me guste, puedo equivocarme y, de hecho, me equivoco. Hay cosas evidentes, pero no queremos verlas. ¿Y qué? Que no hay más ciego que el que no quiere ver, ni más sordo que el que no quiere oír. Pidámosle al Señor que objetive nuestra mirada, para ver con sus ojos.

3. ¿Veo yo con claridad las cosas? Dame, Señor, una mente para profundizar en lo que tengo delante y no acabo de apreciar. Hay tantas tinieblas fuera y dentro de nosotros…, y nosotros sin darnos cuenta. Vamos a tiendas porque, al ir a lo nuestro, hemos encerrado a Dios en un rincón y no puede darnos su luz. Señor, quita de nosotros toda ceguera, haznos ver sin tapujos qué cosas nos ocultan tu rostro. Estamos a veces tan pegados a las cosas, tan encima de ellas, que se nos nubla la mirada y nos quita perspectiva. Hoy más que nunca hemos de pedirte: “Señor que vea”. Dame finura en la manera de mirar. La mirada es lo que nos da el tono, humano y sobrenatural, de nuestro existir cotidiano. No quiero ir a tientas. Ayúdame Señor, no me permitas caer en una vida oscurecida y triste, dame una vida luminosa y llena de tu gozo. Tú que eres el sol que nace de lo alto, alumbra mi mente, pon fuego ardiente en mi corazón y haz que todo ello se concrete en obras de amor.

María Santísima dejó que el Espíritu Santo la cubriera con su sombra para albergar en su seno la luz auténtica que quiere iluminar un mundo demasiado oscurecido. ¿Le dejaremos hacerlo?

Santa Misa. IV Domingo de Cuaresma. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.