DOMINGO IV T. ORDINARIO A. 2023

Quizá desde pequeños se nos ha quedado grabado, como punto de referencia de nuestra vida cristiana, cumplir los Diez Mandamientos. Sería lo más emblemático para muchos a la hora de concretar su fe en la vida diaria. Sin embargo, hay algo que lo define con mucha más precisión: ir más allá del cumplimiento y emprender esa lucha de amor viviendo las bienaventuranzas. 

Cuando Cristo nos las propone, desde el monte (como hizo Yahveh con Moisés en el Sinaí) no son ya tablas de piedra lo que nos da, nos está abriendo su Corazón para escribir en el nuestro su autorretrato. Ahora de lo que se trata es de mirar a Cristo y aprender de Él esa “ley nueva”. Ese Cristo, doliente y entregado, nos lo volverá a proponer desde la Cruz, dejándose abrir el Corazón por la lanza del soldado. Esas son nuestras referencias, esa es nuestra meta. 

No es eso precisamente lo que nos transmite nuestra sociedad, que ve como una imposición todo lo que le venga al hombre desde fuera, todo lo que no salga de él mismo, de lo que su “cuerpo le pida”: que nadie me diga lo que tengo que hacer, ya me lo marco yo… ¿Es esa manera de obrar lo que nos dará la felicidad? Someterse al viento que corre nos hace insaciables y siempre nos dejará insatisfechos. Esa es al principio y final una felicidad de juguete, de quita y pon, que no da para más.

Pero seguimos queriendo ser nosotros los que marquen la lógica de todo, no nos hemos conformado con moldear la moral a nuestro gusto, queremos convertir en ley nuestros deseos. ¿Quién tiene el poder? mis pulsiones interiores, mis sentimientos. No se parte de lo que yo soy, se parte de lo que yo siento. Y si la realidad me está diciendo lo contrario, peor para la realidad…

¿Qué nos transmiten las lecturas de la misa de hoy? Exactamente lo contrario. Ante esa arrogancia, la primera lectura repite la palabra humildad varias veces para empezar a poner las cosas en su sitio. Ante esa pretensión no solo de echarle un pulso a Dios, sino querer ocupar su puesto, están las bienaventuranzas. ¿Qué son las bienaventuranzas? el desafío de Dios para que le miremos a los ojos y nos demos cuenta de que son sus ojos, su mirada, lo que nos hace captar el brillo de un universo hermoso, deslumbrador y no la oscuridad de un mundo de saldo, de retales, de esa libertad de diseño que nos deja esclavizados de nuestras ocurrencias de niños caprichosos. Ante eso…

1. El misterio de la vida que es un regalo. El Señor nos introduce en esas paradojas que nos hablan de un hombre que es rescatado de su debilidad para saborear la verdadera fortaleza: saberse amparado por un Dios que es el que le enseña, ya aquí abajo en la tierra, a saborear una felicidad auténtica. Ir descubriendo que cuando le damos paso a Dios en nuestro día a día, Él nos va mostrando que todo tiene su sentido, la muerte que da vida, la humildad que da la gloria, el llanto que se convierte en gozo. Es curioso cómo las bienaventuranzas que parece que nos intentan vender lo que otros consideran una derrota, abren esa posibilidad de sacar a la vida todo el partido.

2. La verdad de los hijos de Dios que son auténticamente libres. Ante ese querernos convencer de que la mentira es una buena cosa, se nos abre la posibilidad de descubrir que incluso lo aparentemente malo se puede volver bueno y que lo bueno puede ser mejor. Lo que promete el mundo es otra cosa: nos vende humo. Hay que elegir entre las dos realidades: una nos lleva al gozo y la otra nos lleva al desencanto. ¿Qué buscamos? ¿Que nos digan lo que queremos oír? Las mentiras tienen las patas muy cortas, y más tarde o más temprano acaban viéndose como lo que son: un fraude. El jamón serrano y el jamón de jabugo se distinguen muy bien. El paladar no engaña.

3. La alegría de hacer el bien que tiene su recompensa. Se nos ofrecen cosas que nos distraen, que nos quitan la fuerza para lo grande poniendo nuestro interés en lo intrascendente. En lo que resulta entretenido, pero nada más. Ante la dictadura del entretenimiento está la confianza en Dios que, nos está recordando, a cada paso, que luchar para sacar lo mejor de nosotros merece la pena, que implicarse en esa lucha para encontrar el lado positivo de todo, da resultados. La paz interior que da el hacer las cosas según Dios va más allá de quedarse en el propio interés. 

Nuestra Madre la Virgen es la Bienaventurada, y el Señor ha hecho cosas grandes en ella porque se ha dejado.

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