Hace pocos días, el Santo Padre hablaba de la necesidad de escuchar que hay en el mundo. Todos tienen unas ganas enormes de que se les preste atención, de ser comprendidos, de recibir cariño, pero pocos están dispuestos a tomar ellos la iniciativa y abrir sus oídos. No es lo mismo oír que escuchar. Oír es percibir los sonidos o las voces que vienen desde fuera. Escuchar es otra cosa, es poner interés en lo que el otro te está diciendo, es esa actitud interior que nos lleva a considerar al otro digno de nuestra atención para ser receptivos a lo que nos diga. 

¿Qué es lo que hace el Señor? Nos escucha. Puedo tener la completa seguridad de que le interesa cualquier cosa que nos ocurra. Y nos trata como hijos, como amigos, como confidentes. No vayas a lo tuyo, confía en Él y ábrele el corazón para que Él pueda meterse muy dentro. 

Si buscas al Señor, si estás desconcertado y no sabes por dónde tirar, ve a su encuentro. No cuenta tan solo lo que tú le digas, cuenta lo que Él te diga. Él te escucha, pero escúchalo tú.

Mira el Evangelio de hoy. ¿Quién era aquel joven? Un hombre bueno, cumplidor, que no se conformaba con lo que tenía entre manos, tenía ganas de ir a más, ponía sus ojos en la vida eterna, quería ganar el cielo. Un hombre íntegro y lleno de posibilidades. Allí se encamina, delante de Jesús que lo trata con exquisitez, con un cariño impresionante. Pero después de escucharlo, se queda parado: no estaba dispuesto a dejar todas sus seguridades, para dar ese salto en el vacío y apoyarse solo en el Señor. Ante la propuesta de Jesús se asusta: le parece un precio demasiado alto y no está dispuesto al compromiso de una petición como esa. 

1. El peligro de las “cosas buenas”, de “ser bueno” y quedarse ahí. No hay una situación ideal de vivir la fe en la que cantemos victoria, allí plantados y contentos. Podemos pensar que ya estamos bastante bien encaminados, que llevamos una trayectoria buena, importante, y no hay que preocuparse. No partimos de cero, hay recorrido y eso nos da una gran tranquilidad. Pero ¿nos contentamos con eso? ¿Nos soluciona ya todo? ¿Nos hace despreocuparnos porque hemos alcanzado la estabilidad en nuestra relación con Dios, con los demás, con el mundo? Decía San Agustín: “el que no avanza, retrocede”. Estancarse es desandar camino. Avancemos.

2. Apostemos fuerte abriéndonos al don de la sabiduría. No nos conformemos con poco, aspiremos a lo mejor. A ese don del Espíritu Santo que nos permitirá abrirnos totalmente a Dios para comprender los misterios de su amor. Dejémosle actuar. No le tengamos miedo. Es un Padre bueno que siempre estará dispuesto a recogernos si caemos, pero nos pide arriesgar. Abrir bien los ojos para ir más allá. El don de sabiduría no se refiere solo a tener una mente preclara, es también sabiduría del corazón. Aunque parezca que eso está reservado a unos pocos, no es verdad, Dios quiere compartir con cada uno esos secretos de su amor. ¿Le dejo?

3. ¿Dónde quieres que quede inscrito tu nombre? Tus seguridades aseguran poco. Puedes controlar las cosas de este mundo. Pero no te quedes ahí, no te robes la apertura a lo eterno. Los Santos son los que han dejado huella y su nombre está inscrito en el libro de la vida. Quizá nos vence la preocupación por uno mismo, y no damos el paso definitivo para entregarnos a fondo. No vivas de espejismos. El Señor lleva tatuado tu nombre en la palma de la mano. No dejes que ese nombre se convierta en anónimo, o acabes borrándolo, alejándote de Dios. Tus logros, tus bienes, son y mañana nada. María, la más excelsa, dejó actuar a Dios. Déjalo tú.

 

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