JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR C. 2025
“Amando a los suyos que estaban en el mundo…” Hablar del amor parece que fuera una cosa de románticos trasnochados o de sensibleros incorregibles. Y, sin embargo, el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, ha venido a explicar quién es Dios y cuál es su naturaleza más auténtica: es Padre que ama y nos quiere hijos. A lo largo del Evangelio, enseña a eso: a amar. Amar que es servir, darse. El que ama se da totalmente al otro. Por eso Jesús, unido al Padre, obedece haciendo la voluntad del Padre. ¿Qué hay entre el Padre y el Hijo? Amor. Un Amor tan grande que es el Espíritu Santo. Dios que se nos confía tal cual es: Padre-Amador, Hijo-Amado, Espíritu Santo-Amor. Por nosotros mismos no llegamos a captar esa grandeza, pero Dios no se desanima, se abaja y se ofrece sin dudar, entregándose hasta una muerte de Cruz. Ese es el amor más grande: dar la vida por los amigos.
Y a nosotros nos toca aprender a amar en un mundo hostil. Y eso ¿cómo? Santificándolo. ¡Cuánto nos cuesta darnos, abrir el corazón! El mundo nos absorbe, nos secuestra, nos abruma, y acabamos cediendo. Quizá por eso no somos capaces de entender a Dios, que va por delante. Estar en el mundo sin ser mundanos es uno de los grandes retos que hemos de asumir como hijos de Dios. Frente a frente dos actitudes: el amor incondicional de Dios y la indiferencia de un mundo que quiere prescindir de Él. El mundo que quiere comodidad, que todo esté a sus pies, que nadie le niegue nada. Y Dios que tampoco se ahorra nada: ama hasta morir por mí y por ti. El Evangelio de hoy.
Dios, porque nos conoce y nos ama, quiere mostrarnos la dimensión de su amor. ¿Cómo es su amor? Un amor que nos salva de todas nuestras inmundicias. Un amor gratuito. ¿Y el nuestro? Tan pobre… La Última Cena es el momento definitivo de la total confianza entre Jesús y los suyos. Ahí se manifiesta el Amor de Dios en todas sus dimensiones. Amor que significa servicio, buscando el bien del amado. Amor llamado a perdurar en el tiempo a través del sacerdocio y la Eucaristía.
1. Un amor que es desprendimiento, que sabe servir, y se olvida de sí. ¿Yo amo así? ¿Sirvo a Dios? ¿Me entrego? Dios mío, somos como los apóstoles aquella noche: todavía vamos a lo nuestro, porque no hemos aprendido a ver el alcance de tu amor, nos hemos quedado en las palabras y no hemos entrado en tu Corazón ardiente. Tenemos una cabeza fría que solo sabe de lógicas humanas, y un corazón de piedra que no quiere dejarse conmover por tu amor. Y acabamos teniendo el alma blindada. Aprender a amar. ¿Por qué no lo entendemos? Tu amor que no se compra ni se vende. ¿Por qué a veces, caprichosos, quisiéramos comprarlo? Tanto tiempo y no hemos comprendido algo tan sencillo: que nos quieres y nos tiendes la mano para decirnos que merece la pena quererte.
2. Jesús se ofrece ante el mundo en el sacerdote. Unos hombres que son nada, pero el Señor quiere hacerse presente en ellos para santificar al mundo y a quien está en él. Los sacerdotes somos los primeros que deberíamos tenerte en la entraña de nuestra alma para poder convertirnos en un manantial de agua viva para tus hijos y, a veces, estamos muy pendientes de tus cosas, pero no de Ti. Transfórmanos por dentro para que nos demos cuenta de que somos iconos, imagen viva, no solo de Jesucristo, sino también del Padre y del Espíritu Santo. Ayúdanos a ser los hombres de Dios, anclados solo en Ti, para señalarte a Ti y encaminar a los demás hacia Ti. Somos tan débiles. Sé Tú nuestra fortaleza. Que sepamos decirte ahora y siempre: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza”.
3. Señor, te das como alimento en la Santa Misa, en la Eucaristía. Ayúdanos a reconocer la grandeza de este don que, tantas veces, pasamos por alto. ¡En cuántas ocasiones la trivializamos relegándola a una obligación más que resulta antipática porque nos quita tiempo para otras cosas! No lo consientas, Señor. Haz que los sacerdotes la vivamos como Tú, nuestro Jesús, la viviste en la Última Cena, para entrar en ella con Pasión de amor y seamos capaces de hacerla vivir a los demás. Encuentro de amor con el Amor de los amores. Yo ¿de qué vivo? ¿Quién me da la verdadera vida? En la consagración obedeces de nuevo al Padre, a través del sacerdote y vuelves a la tierra para llenarla de tu luz. Cuando comulgo con fe vienes a mí, indigno siervo tuyo y me metes en el cielo.
¿Y tú, Madre mía? Sabes estar, aparentemente en segundo plano, pero eres la que ha sabido amar en totalidad. Y amas tanto a tus sacerdotes… Son tus hijos y le dan a luz también en cada Misa.