C/ Nardo 44 28109 Alcobendas – Madrid

JUEVES SANTO

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR. 2026

El hombre actual se balancea entre dos extremos: o lo dejamos todo a la razón, o nos vence el sentimiento. Nos apoyamos demasiado en lo de aquí abajo, y se nos hace un mundo mirar hacia arriba. Queremos explicaciones de todo y queremos además sentirlo todo. Son actitudes que nos llevan a lo mismo: pretender que el mundo gire en torno al “yo, mí, me, conmigo”. Yo en el centro y satisfechas mis necesidades vitales: el deseo de control, el afán de estar y sentirme a gusto… Y los demás… de relleno, comparsas, extras de una historia que me tiene a mí como único protagonista.

Sin embargo, esa dimensión mundana, en la que caemos sin darnos cuenta, nos esclaviza, nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de abrirnos a la trascendencia. Entonces ¿qué tenemos que ser? ¿personas que se resignan? No porque estamos abiertos a la esperanza, la que ha traído Cristo a la tierra para que miremos con ojos de misericordia, pidiéndole su aliento.

No pasemos por alto una palabra esencial: misterio. El amor no se puede diseccionar. La entrega a los demás no puede ser tan solo un razonamiento lógico. Mi mirada tiene “vocación” de ir más allá de lo terreno: quiere abrirse a la eternidad. Aunque a veces pregunte: ¿de verdad todo acaba aquí? Ese misterio, ese algo que no vemos, pero que está ahí, aun sin darnos cuenta, no es un algo, es un Alguien que no es un enemigo a batir, sino el que vela por cada uno. Es ese Dios que, desde antes del tiempo, me llamó a la existencia y me quiere contra todo pronóstico, sin que tenga que demostrarle nada, con un amor incondicional que no me impone cumplir leyes que me pesan.

1. ¡Ese dichoso utilitarismo! Queremos domesticar a Dios para ponerlo a nuestro servicio y convertirlo así en el “solucionador” de nuestros problemas, o el que satisface nuestros deseos. ¿Dios es eso? Su Pasión, que vivimos esta Semana Santa, lo desmiente. Dios no se deja dominar, se escapa de esas pretensiones que tratan de manipularlo y, sencillamente, es lo que es: ese Padre bueno que nos comprende y nos abraza, ese Hijo que se deja clavar en la Cruz para redimirnos de nuestros pecados, ese Espíritu Santo que sale a nuestro encuentro para darnos luz y fuerza, porque da vida. No caigamos en esa gran tentación del alma: buscar a Dios por lo que da y no por lo que es. Querer consuelos, seguridades, soluciones… pero no a Dios mismo. Jesús se entrega desarmando esa lógica. Y propone la suya: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final”.

2. Pero ¿sabemos de verdad amar? Si hay una palabra que ha sido manipulada, manoseada hasta no saber a lo que referimos cuando la usamos, es la palabra amor. Nos parapetamos tantas veces detrás de ella para hacer lo que nos da la gana… Amar con interés es una contradicción en sí misma. Amar en estado puro y sin poner en ello fines inconfesables puede convertirse en un reto que difícilmente superamos. ¿Y cómo sabremos si ese amor es verdadero? Tan solo Dios nos da la respuesta: amar buscando el bien del otro, pensar en él antes que pensar en uno mismo, y esto cueste lo que cueste, aunque lo que beneficie al otro me perjudique a mí. Un amor que no reprocha, que sabe perdonar, pero de verdad y a fondo: a Dios, a los demás, y también a uno mismo. Fuera ese ver al otro desde el juicio, aunque sea “razonable”, porque lleva veneno dentro. Amor en crudo.

3. Dios mío, enséñanos a amar como Tú. Vamos a mirarnos por dentro, pero sin florituras, sin pretender quedar bien ante Dios, ante nosotros mismos o ante los demás. ¿Qué veo en mí? Si soy sincero, pero de verdad, veo cosas que no me gustan: hay en mí cosas duras, vergonzantes, hay egoísmos, hay envidias, hay rencores y resentimientos, falta de perdón. Me veo acorralado y no tengo ningún inconveniente en echarle la culpa a Dios. Paso revista a lo que me han hecho y tengo la tentación del victimismo, para dar pena y mendigar afecto. Quisiera ser de otra manera y, sin embargo, me enfrento a un muro, porque no soy el ideal que me gustaría ser y me acuso a mí mismo o, quizá algo peor, disfrazo mi debilidad de arrogancia, para ponerme por encima de los demás y hacerles daño. ¿Cuándo empezaré a perdonar a Dios, a los demás y a mí mismo? Solo así se ama.

Seguir los pasos de María en la Pasión de su Hijo nos conmueve: no hay dolor como su dolor, pero no acusa a nadie ni se desespera. Ama hasta el final: lo ha aprendido, y de verdad, de Dios.

Santa Misa. Jueves Santo. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.