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LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. 2026

La venida del Mesías, del Dios con nosotros, no se reduce a unos pocos, ha venido a la tierra para salvar a todos. ¿Y qué necesito para que llegue hasta mí? Humildad. Un corazón capaz de acoger, capaz de dar y, además, una mente arrodillada. Eso no siempre será posible en todos y para todos. ¿Y los poderosos del mundo? También ellos están llamados a la salvación, pero tienen que reconocer a Dios como Dios. Todo poder está sometido al poder de Dios. Señor solo el Señor.

Cuando todo el mundo se arma hasta los dientes y hace alarde de fuerza, el Niño Dios se muestra en su sencillez y humildad: mira y sonríe. Y eso desarma. Lo que siempre vence es el amor.

La Epifanía del Señor: Dios manifestado a todo hombre pueblo y nación. Las oscuridades que se despliegan por tantos sitios y quieren abrumarnos, se apagan ante la luz verdadera que viene a iluminar a todo hombre. Lo hemos repetido en el Salmo: “Se postrarán ante Ti todos los pueblos de la tierra”. Todos, todos. ¡Qué condescendencia la de Dios! Ante Él toda rodilla se ha de doblar.

1. Una estrella que muestra el camino. No nos puede extrañar que el camino hacia Dios sea arduo. El bien se gana en una lucha de amor. En ese batallar habrá dificultades y peligros. Pero si la meta es el Señor… ¿Qué nos puede preocupar? ¿Qué miedo nos puede bloquear? A los hombres de buena voluntad, que buscan la verdad sin ponerle pegas, Dios les ofrece una estrella para guiarlos. Abramos los ojos con una mirada limpia y ánimo ardiente para ir hacia adelante, con constancia y sin distracciones. Esa misma estrella llena de temor a los que no quieren ningún competidor que les quite el puesto, hay tanto herodes… Pero llena de alegría a los que reconocen a Dios en esos signos de su presencia que el mundo oculta. No hay que tenerles miedo a las certezas, no todo da igual. Aunque hay cosas que paralizan, la verdad brilla siempre. Fuera las mentiras que llenan de sombras. No lo dudemos, Dios no va a dejarnos tirados y sin saber por dónde caminar. Para un alma que busca la verdad, el bien, la belleza, siempre hay sendas abiertas para llegar a la meta. Pero hay que fiarse.

2. Los dones que hemos de ofrecer a Dios. Dios siempre estará dispuesto a ayudarnos. Y, por nuestra parte ¿qué tendremos que hacer? Dejarle actuar en nosotros sin poner pegas. Decía San Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. ¿Y qué quiere decir eso? Que hemos de aportar también nuestro sí constante y dispuesto, para que la gracia de Dios no se pierda. Rendidos a los pies del Señor. Los magos de Oriente aciertan a ver a Dios en ese Niño lleno de luz, y caen de rodillas. Ponerse de rodillas no es un acto de mera sumisión, es el reconocimiento de que hay algo que nos supera. ¿Y eso nos cuesta? Bastante. Un momento concreto: la consagración de la misa. Si no hay dificultad de orden médico, arrodillarse es decir a Dios: te reconozco como mi Dios y Señor y te adoro. Nunca el hombre es más grande que al hacerse pequeño, reconociendo la grandeza de Dios. Ofreciéndole sus dones. El Oro de nuestra vida entregada. El incienso de nuestra oración llena de fuego. La mirra de nuestras debilidades, de nuestros sufrimientos, que se convertirán en gracia.

3. Y después…, volver a casa por otro camino. Dios no es historia. Vive ahora entre nosotros. Y nos toca el alma. Quiere mostrarnos sus maravillas. Y lo hace. Que no te deje indiferente. ¿Nunca te ha dado un vuelco el corazón al ver que Dios sembraba en ti momentos de cielo? Claro, también te ha ocurrido a ti. Esos “toques de Dios” ¿serán solo una bonita experiencia? Han de llevarte a un cambio. No podemos seguir con lo mismo. Hoy en día hay, a Dios gracias, muchas conversiones en tantos retiros y encuentros con el Señor que han ido proliferando, y ¿eso a qué nos lleva? a una conversión para poner ante Dios, con humildad, sinceridad y sin vergüenza, todo nuestro pasado. Él quiere cambiarlo para transformar el pecado en gracia. Pero hay más, hay que volver a la vida cotidiana con un cambio real, con una transformación verdadera. No pueden seguir conviviendo en nuestro interior Dios y el pecado. Sobra siempre uno de los dos. ¿Seguiré en lo mismo, eligiendo el mal que me ha esclavizado y me ha tirado por tierra? Dame la fuerza, Señor, para no abandonarte.

Los ángeles, que han abierto el cielo, los pastores en su sencilla humildad, y ahora los magos de Oriente, los intelectuales… Con María y José, todos adorando al Niño. ¿Qué haremos tú y yo?

Santa Misa. Solemnidad Epifanía del Señor. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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