MIÉRCOLES DE CENIZA 18/02/2026
Comienza la Cuaresma. Tiempo para detenerse y reflexionar. No nos quedemos atrapados en el día a día, prisioneros de lo de siempre. Digamos no al acostumbramiento. Dejemos que el fuego del amor de Dios prenda en nosotros. Despertemos el alma amodorrada para ponernos en marcha, con ilusión y ganas. Vayamos al encuentro del Señor que quiere obrar en nosotros y darnos su fuerza.
Un signo: la ceniza. Una propuesta: la conversión. Un camino: la lucha interior. Y todo ello con rectitud de intención, porque las cosas no hay que hacerlas por hacerlas, para quedar bien ante Dios, ante los demás o ante nosotros mismos, sino apoyados en un amor que acogemos y regalamos.
¿Y qué vamos a hacer en este principio de Cuaresma? Encender la llama para que ese fuego de Dios prenda y se mantenga. Hay tantas cosas que, desde fuera o desde dentro, queriendo o sin querer, pueden apagarla… No estamos para oscuridades, para ir vacilando y a tientas, tropezando con todo. Es este un tiempo para dejar especialmente a Dios ser Dios. Sin ponerle pegas, aceptando lo que él quiere proponernos sin someterlo a nuestra lógica humana, sin imponer nuestros criterios.
Y para eso es esencial la escucha. Apagar los ruidos que vienen del mundo y nos abruman, que distraen sembrando en nosotros incertidumbre. ¡Qué importante hacer silencio interior! Hay también tanta algarabia dentro de nosotros… Serenemos nuestra alma, con el oído atento para que, como nos recomienda el Papa León, encuentre eco en nosotros la Palabra de Dios. Tres caminos:
1. La oración que involucra al alma. Y abre la mente y el corazón a Dios. Que no te quepa duda: el Señor quiere que retomes ese diálogo con Él y lo hagas en toda su frescura. La iniciativa siempre parte de Dios, que quiere fomentar contigo una amistad profunda, entrañable. Te tiende la mano para decirte: “ven a mi lado, abre tu corazón y mételo en el mío para que se esponje y aprenda a amar como yo te amo”. Descubre que la oración es el motor que pone en marcha todo. Si esperas a tener tiempo para estar con Dios no lo encontrarás nunca: siempre habrá cosas que hacer, siempre irás con prisa, y a Dios no puedes despacharlo como saludas a un vecino en el ascensor. Decir oraciones como el Padrenuestro, el Avemaría, el Rosario… está muy bien. Pero no te quedes ahí: dile qué hay en tu corazón y… escucha. Quiere hablarte. Sé paciente, afina el oído del alma y entenderás.
2. El ayuno que involucra al cuerpo. Quizá se nos ha olvidado ese “arrodillar nuestro cuerpo” ante Dios para mantenerlo a raya. Si le damos todo lo que pide, pedirá cada vez más. Se nos está olvidando la templanza: esa sobriedad en la comida, en la bebida, para que no se nos embote el alma. Estamos dispuestos a hacer dietas para adelgazar y lucir tipo, y no estamos dispuestos a poner a raya nuestros apetitos para que no nos secuestren. Menos caprichos y cosas sofisticadas. Comer más de lo que no nos gusta y menos de lo que nos gusta. Beber lo justo y más una copa de menos que de más. Discernir y ver qué lugar ocupan nuestras apetencias, ordenándolas para que no se desmanden. No tengamos miedo a disciplinar el deseo, para purificarlo y hacerlo más libre, pero también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien. Vivido con fe y humildad.
3. La limosna que involucra nuestra condición de hijos y hermanos. En este sentido el Papa nos recuerda: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz (…), estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación”. Todo un reto.
No es una Cuaresma más. No es un… otra vez con lo mismo. Es la oportunidad de abrir nuevos sendas, para no caminar mucho y sin rumbo, porque a veces damos vueltas y vueltas para volver siempre al mismo sitio. Nuestra Madre del cielo nos acompañará y hará que el camino sea seguro.