MIÉRCOLES DE CENIZA. 2022. 

Entramos en la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. Un tiempo propicio, un tiempo de salvación. Nos cuesta trabajo librarnos de esa inercia cotidiana del día a día, a veces tan tediosa. Nos cuesta salir de nuestros esquemas habituales. Sin embargo, llega ahora la Cuaresma y la Iglesia nos propone otra cosa. Nos plantea que es bueno detenerse un momento y ver el paisaje de nuestra alma. ¿Cómo está? Porque quizá es tierra de tonos grises, de desorden y desconcierto… El Señor nos está invitando a no ir con precipitación, quiere que observemos con calma qué hay. Para ver lo que sobra y quitarlo, ver lo que falta y ponerlo. Hemos escuchado: “Dejaos reconciliar con Dios”.

  El apóstol San Pablo es muy claro en lo que nos propone, lo hace, de hecho, con valentía: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. “Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios”. Dios ¿qué es? ¿Es de verdad una fuente de agua viva que quiere derramarse en nosotros, para saltar hasta la vida eterna? Ha de serlo. Dios no es el “solucionador” de nuestros problemas personales, Dios es el Salvador de nuestras debilidades, de nuestras heridas, de nuestras lacras interiores. El Señor ha venido a eso, a sacarnos de nuestra postración, de la debilidad que nos envuelve y sobrepasa. Y quiere darnos vida, la vida verdadera, pero ¿estoy dispuesto a acogerla? No echemos en saco roto la gracia de Dios. Somos vasijas agrietadas, que cuando nos llenan, dejamos que se nos vayan esos dones porque no queremos darle valor y hacerlos motor y vida.

Nuestro deseo de ser santos, nuestro afán por vivir una vida de cara a Dios no puede quedarse en el formalismo de hacer cosas que están bien. La auténtica santidad, la verdadera vida en Cristo es transformante, no se queda fuera de nosotros, se interioriza y da nuevo vigor a todo lo que pensamos, a todo lo que sentimos, a todo lo que hacemos y vivimos. Pero eso desde Dios. Hacerlo todo desde Él, con Él y para Él es lo que nos salva, porque nos hace saltar de lo humano a lo sobrenatural, de lo terreno a lo divino. Hay que pararse a pensar, para luego vivirlo, que la santidad no es una meta, es un fruto, el fruto de un amor, el amor de Dios, que se acoge y se disfruta, pero no para guardarlo sino para darlo a manos llenas. Por eso lo primero que nos pide el Evangelio hoy es hacerlo todo con rectitud de intención, no para quedar bien, sino para darnos. Eso es lo que nos da alas. Los tres caminos que nos describe el Evangelio nos hacen cimentar la casa sobre roca:

1. La limosna nos abre el camino de nuestra relación con los demás. Para mí, los demás ¿quiénes son? ¿cómo los considero? ¿son, sin más, los extras de una película en la que yo soy el protagonista? No son únicamente personas que me ayudan a ser altruista, a quedar ante mí mismo como buena persona. Son hijos de Dios como yo, son mis hermanos a los que considero, a los que quiero, a los que ayudo porque han sido redimidos como yo con la Sangre de Cristo. No son peldaños a los que me subo, son almas salvadas por Cristo. Dignifiquemos el dar y lleguemos al “darnos”.

2. La oración nos abre el camino de nuestra relación con Dios. La oración no es, sin más, una práctica piadosa que me han enseñado desde pequeño y que me pone en contacto con Dios, sobre todo cuando necesito de su apoyo, de su ayuda, cuando las cosas se tuercen. No es tan solo repetir las oraciones que he ido aprendiendo a lo largo de mi vida. Es algo mucho más grande: es la necesidad de establecer ese diálogo de auténtico cariño, de amor sin límites con mi Dios y Señor. Es abrir de par en par las puertas de mi alma: escucharle, abrirle mi corazón y dejar que entre en él. 

3. El ayuno nos abre el camino de nuestra relación con nosotros mismos. No se trata tan solo de pensar qué sacrificios puedo plantearme durante todo este tiempo. Va mucho más allá. Es mirarme por dentro con objetividad, sin poner paños calientes, para descubrir quién soy yo ante mí mismo y quién soy yo ante Dios. Para dejar de ser muy mío y empezar a ser muy suyo.

No es, darle a Dios mis privaciones, y quedarme tranquilo, sino ayunar de mi yo. Es hablar y obrar mucho menos con el “yo, mi, me, conmigo…” y dejar que el “Tú” de Dios prime en mi mente y corazón. Solo Él.

¡Qué itinerario más maravilloso! Señor que vea. La idea que tengo de mí mismo ¿está en conformidad con lo que soy ante Dios? Soy tu hijo querido. ¿Qué quieres, Señor, de mí? 

Madre mía Inmaculada, guíame, con tu amor incondicional, para seguir los pasos del Señor.

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