NATIVIDAD DEL SEÑOR A. 2025
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Somos criaturas de Dios, le interesamos y mucho. Ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha llamado a la existencia. Somos hechura suya. Hoy ante ese Dios Niño que es tan pequeño y frágil que nos llena de ternura, nuestra mente ha de ponerse de rodillas para reconocerlo como Rey de reyes y Señor de señores. Y nuestro corazón de piedra ha de volverse de carne y abrirse a Él para que nos habite, y nos llene de su presencia.
Hoy nos ha nacido el Salvador. El Mesías, el Señor. Escuchamos al profeta Isaías, del que se dice que nos presenta anticipadamente el quinto Evangelio: es quizá el que mejor nos muestra al Esperado, que viene a la tierra para sacarnos de nuestras postraciones y debilidades. Es el que nace y transforma el mundo con su presencia. Es el que nos presenta a ese Cristo, el Ungido de Dios, entregado en la Pasión por nosotros. Nosotros también podemos hacerle eco y acoger su salvación.
Sin embargo, hay muchos que prometen todo y no dan nada, muchos se presentan como salvadores y no pueden salvarse ni a sí mismos, porque el único que verdaderamente salva es el Señor. Muchos prometen pero el único que cumple sus promesas es Dios.. Ven, Señor, y sálvame
Cuando estamos apegados a lo de aquí abajo, nos falta perspectiva. No somos capaces de encontrar el verdadero sentido a nuestro vivir, porque vivimos para nosotros mismos y lo que nos hace tener vida es vivir como hijos de Dios. Sal de ti, no vivas para ti, vive para Él y para los demás
“Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la victoria, que dice a Sión: ‘¡Tu Dios reina’!”. Aclámenos al Señor.
Una historia de amor que se renueva. Tenemos que volver una y otra vez sobre ello. Dios no pone en marcha el universo y luego se tumba en una hamaca y… que el mundo ruede. Dios nos ha creado por amor y al amor nos ha llamado. Es el único que puede darnos la clave del sentido de nuestra existencia, porque cuando vamos a lo nuestro y nos cerramos a Él acabamos en callejones sin salida que nos dejan frustrados. Sólo en Él está la vida, la vida auténtica, esa que es hermoso vivir porque nos libra de nuestros egoísmos y nuestros sueños vanos. Es el dueño de la Historia, así, con mayúscula, y sabe hacia dónde llevarla. Pero no se despreocupa de cada uno de nosotros, también quiere que, en libertad, vivamos esa historia de amor que Él nos propone. La Libertad nos la ha regalado Él y no es una libertad del “me da la gana sin más y ya está”. Es libertad del hacer el bien.
2. El Señor sale siempre a nuestro encuentro. No es el hombre el que toma la iniciativa para buscar y descubrir a Dios. No es el hombre “el que se lo ha inventado”, porque tiene cuenta tener un respaldo, una apoyatura por si acaso las cosas vienen mal. No somos nosotros los que trazamos los rasgos de una divinidad hecha a nuestra medida. No podemos pretender hacernos un Dios controlable, que manipulamos para que acabe haciendo lo que a nosotros nos apetece. Cuando partimos de esta manera de ver las cosas, nos hacemos a nosotros los protagonistas y hacemos de Él un subordinado, una comparsa para tenerlo al lado y que nos solucione nuestros problemas. Es exactamente al contrario: es Él el que se acerca a nosotros, el que nos tiende la mano y nos dice: “¿Sabes? Te quiero mucho y quiero sacarte de tu postración y tus flaquezas, ¿vas a dejarme?”
3. La lucha entre la luz y las tinieblas. No seamos ingenuos, tenemos metida en nosotros la marca del pecado. Tengamos presente esa reveladora frase de San Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. El bien se hace costoso y el mal se muestra apetecible. El Señor ha salido al paso de esa traición del que recibe amor y responde mirando para otro lado, queriendo ser dueño y señor de todo y de todos. Existe el mal que no ha sido querido por Dios, es el hombre el que lo ha introducido en el mundo, seducido por el “malo”. No lo olvidemos, estamos en una lucha abierta entre la luz y las tinieblas. No nos resignemos, por el prurito de hacer lo que me apetece, a ir a tientas, dando tumbos. El enemigo nos seduce, pero nos miente y acaba hiriéndonos. El Niño Dios ha venido a mostrarnos el brillo de elegir el bien, a salvarnos del mal. Obra en mí, Dios mío.
Miramos a María y a José: han contemplado la gloria de Dios y nos invitan a nosotros.