NOCHEBUENA Y NAVIDAD 2021

Las lecturas de la misa de este tiempo son tan elocuentes… Mira si no: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.” ¿Qué describe el profeta Isaías? Nuestra alma. Así estoy yo, Señor, en tinieblas, sin dar un paso a derechas. Y Tú, ¿a qué vienes a la tierra? No quieres que la tristeza, el desaliento, la desesperanza, y mucho menos la amargura o el resentimiento, ocupen un lugar dentro de mí. Quieres, Señor, que te abra las puertas de mi alma de par en par. Quizá me faltan las fuerzas para obrar bien y ofrecértelo, hay en mí tanta debilidad… Pero lo haces Tú en mí, con luz que no se apaga.

Podemos poco, Señor. Aleja de mí la tentación de querer hacerlo todo, de tener listo todo, que todo brille, que todo tenga luz propia. Porque, entonces ¿qué te dejamos hacer a Ti, Dios mío? Si eres Tú el protagonista, por qué ese empeño en dejarte arrinconado para ser nosotros los que van por delante. No quiero quitarte la vista de encima. Quiero acercarme a Ti. Abrazarte, así notaré que eres Tú quien me abraza. Te miro con cariño y veo que eres Tú quien clava en mi la mirada, tan intensa… Mírame, Señor, llega hasta el fondo de mi ser, lléname de tu cariño, de tu paz y alegría.

Es de noche, todo parece serenarse y hay silencio. Toda la creación está expectante. Nace el Rey de cielos y tierra. Llega con discreción, sin hacer ruido. Pero el Niño Dios se convierte, nada más nacer, en maestro de amor. Da amor sin límites, lo da a raudales, pero, al mismo tiempo, pide amor. 

Sabe ese Niño Dios que tenemos duro el corazón y quiere agrandárnoslo para que no permanezca blindado, sin capacidad de reaccionar ante la necesidad de cariño. Necesitamos esa ternura que procede de Él, de un Dios tan grande que sabe hacerse pequeño para no asustarnos, para que no tengamos miedo ni de Él, ni de nadie, ni de nada. Ahí está, en su precariedad, es tan pequeño, tan frágil… Se nos presenta como alguien digno de ser amado. Es la autenticidad de todo un Dios que no se muestra con poderío, omnipotente y tronante, sino cercano hasta suscitar ternura. El Señor quiere ser tierno con nosotros. Aprendamos a ser tiernos con Él. Qué discreción: no hace alarde de nada, al contrario, se oculta más que mostrarse. Escondido en una cueva, en la pobreza más desconcertante, se hace débil, para que nuestras debilidades no nos avergüencen.

Lo miro y me miro por dentro: ¡qué poca cosa soy? Pero ese es el trato que nos hace, maravilloso intercambio: asume todo lo humano, menos el pecado, para regalarnos todo lo divino. ¿Qué puedo hacer yo…? Hacerme niño. No quiero que nada me impida hacerme niño. ¿Qué hace que mi corazón está endurecido? ¿Qué heridas están supurando por dentro y no me dejan estar alegre? ¿Qué amarguras pretenden acabar con la ilusión de disfrutar del nacimiento del Salvador? Quizá seamos nosotros mismos los que bloquean el paso de Dios. Haznos caer en la cuenta de ese algo que no terminamos de echar fuera, ese peso que no terminamos de dejar. ¿Qué haremos?

1. Simplificarnos por dentro. Hoy aprenderemos de Ti la sencillez. ¡Cómo nos cuesta! Somos tan complicados. Danos esa sencillez de los niños que no tienen malicia y se dejan llevar y traer.

2. Abrirnos a lo que Dios quiera. Hoy aprenderemos a hacer una rendición en toda regla: vamos a dejarte la iniciativa a Ti. Llévanos Tú de la mano, guíanos por donde quieras. Te seguiremos.

3. Ser luz clara para los demás. Hoy queremos llenarnos de la luz que has venido a traer a la tierra. Hace tanta falta que ilumine el mundo. Seremos tus mensajeros para vencer la oscuridad.

Quizá podemos tener la tentación de mirar hacia atrás. Purifica nuestra memoria para que no nos perturbe, para que no nos paralice. Queremos hacer memoria de lo malo para entregarlo, para ponerlo a tus pies y que Tú lo purifiques. Queremos hacer memoria de lo bueno para gozarlo en Ti, Señor, hay tanto positivo en nuestra vida que has favorecido Tú, echa fuera de mí toda neblina.

Queremos hacer memoria de nuestros deseos para purificarlos: sí, deseos que son esclavitudes, callejones sin salida en los que nos metemos, engañados por el mundo o por el enemigo…

¡Hoy en la tierra nace el amor, hoy en la tierra nace Dios! Miramos la gruta de Belen y todo brilla. Vemos a María y a José contemplando al Niño y, en silencio para no despertarlo, aprendemos de ellos y lo guardamos en nuestro corazón. Seamos sencillos. Dejémosle nacer a Dios en él.

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