SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. 1 ENERO 2022.

Estamos en unos días en que parecen mezclarse la nostalgia y la esperanza, los propósitos que quizá no se cumplieron y el deseo, al menos, de mirar al frente con una ilusión renovada. El día primero del año la liturgia de la Iglesia viene cargada de contenido. 

1. Es, ante todo, el día de la Virgen: Santa María, Madre de Dios. Nos llenamos de alegría con ella, en su título más importante: Madre de Dios. Sí, ha llevado en su vientre al Hijo de Dios, que nos salva. Es uno de los grandes dogmas marianos que la Iglesia ha definido y con los que ha querido llenar de agradecimiento y veneración a Nuestra Señora. Los otros títulos que la adornan: la Virginidad de María, la Inmaculada Concepción y su Asunción en cuerpo y alma al cielo. Ella que ha dado su sí incondicional para hacer posible la encarnación.

2. Se celebra la Jornada mundial de la Paz. Necesitamos, sí, la Paz en el mundo porque, como ha comentado alguna vez el Santo Padre, Francisco, estamos actualmente en una especie de guerra mundial encubierta, porque muchos lugares de la tierra están metidos en conflictos armados y hay desunión entre los pueblos. ¡Cuántos intereses egoístas que hay que sanar! ¿Y dentro de nosotros? necesitamos esa paz interior que tranquiliza el alma, que da alivio a los corazones porque les enseña a amar para hacerle eco a Dios, Nuestro Señor. 

3. Es el día con el que inauguramos el año nuevo. Miramos hacia atrás pero no para hacer el recuento de las desgracias, de los fracasos, de todo lo negativo que puede habernos herido, sino para dar gracias a Dios por el año que ha terminado. Pero también le pedimos por el que año que comienza, para que podamos estar en él muy cerca de Dios. Ilusionados por encontrarlo en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida y, así, llenarnos de Él. Le diremos: “quiero que todo empiece en Ti como su fuente y tienda a Ti como su fin”.

La primera de las lecturas de la misa nos pone en situación para que aprendamos a desear lo mejor a los demás. Qué alegría empezar con una bendición: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te concede la paz”. Aprendamos a mirar a Dios, acogiendo todos los bienes que Él quiere otorgarnos. Tomemos de lo suyo no solo para llenarnos de gozo en Él, sino para darlo a los demás generosamente, porque queremos hacerlos partícipes de los dones de Dios. 

Hemos de transformar el mundo con unas ganas muy grandes de santificarlo y elevarlo a Dios. ¿Cómo? Recojamos lo vivido, sin agobios, para entregarlo a Dios. Démosle gracias: Dios siempre está grande con nosotros. Miremos esperanzados a lo que está por venir. 

Sí, mirémosle y dejémonos mirar por Él: sin descanso y sin cansancio. Queremos ver tu rostro, Señor. Captar toda la belleza del Amado que nos transmitirá así su luz para que caminemos no en sombras, sino con claridad, por el camino seguro. Sí, Señor, no nos escondas tu rostro. Queremos dejarnos mirar por Ti. Eres el único que puede colmarnos de verdad. Mirándote, respondiendo a tu mirada, vendrá a nosotros la paz. No hay paz cuando el alma no está serena, sí hay paz cuando dejamos que habite en ella el Señor. Bendícenos.

Bendecir es “decir bien”, es “desear bien”, es derramar sobre las personas todo lo bueno para que puedan llenarse de plenitud. Ayúdanos: queremos dar amparo, consuelo, protección, hay muchos peligros que acechan al hombre, aunque no seamos conscientes de ellos. ¡Pidámosle a Dios que nos envuelva en su Preciosísima Sangre, que ha derramado por nosotros en la Pasión! ¡Dejémosle curar nuestras heridas! ¡Y le pedimos también a Nuestra Madre la Virgen que nos cubra con su manto porque somos, además, hijos de María!

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