SOLEMNIDAD CRISTO REY DEL UNIVERSO. 2025
Junto con el placer y el afán de riqueza, la otra lacra que deja herido de muerte al hombre es el deseo de poder. No hay que explicar demasiado al respecto. A poco que miremos alrededor, nos damos cuenta de que eso de estar por encima de todo y de todos, de dominar e imponerse en todo momento y en todo lugar, de decir clara o disimuladamente: “aquí estoy yo y se hace lo que yo quiero…” es como una plaga que infecta a muchos y llega a ser letal… Se busca el trono para sentarse en él con corona y cetro, y los demás, vasallos y a obedecer. ¿Habrá vacuna para librarse de ello…?
Es curioso, porque hay también una especie de rebelión que se extiende por todos sitios: una alergia a todo lo que suene a autoridad, a las leyes o normas que vienen de fuera. Nos agarramos a nuestros derechos y cualquier deber que se nos insinúe, del tipo que sea, lo rechazamos como si fuera un atentado de lesa majestad. “Nada de imponer, ni de coartar mi libertad, que yo ya sé lo que tengo que hacer y me basto y me sobro con mi criterio, con mis planteamientos, conmigo mismo…”
Sin embargo, la Iglesia, como colofón del año litúrgico, en su último domingo, saca a relucir a Jesucristo, Rey del universo. Cuando rechazamos de pleno todo lo que suene a autoridad, Nuestro Señor Jesucristo aparece en el horizonte para mostrarse como Rey. Y por si quedara alguna duda de cómo plantea su reinado en nosotros, se nos presenta en el Evangelio clavado en la Cruz y coronado de espinas. Ahí está, abandonado de los suyos y rechazado por todos los que le han vitoreado. Porque para el Señor las cosas no son como las vemos nosotros y menos como las ve el mundo. Para Él servir es reinar, amar es dar la vida sin matices, derramando hasta la última gota de su Sangre.
Cuando se hace alarde de ostentación y lujo, cuando se alardea de títulos y condecoraciones, Él, como un guiñapo humano, desnudo y desecho de los hombres, desfigurado, escupido, apaleado, insultado, incomprendido, agraviado hasta lo más hondo… Él, desde la Cruz, nos dice: “te quiero”.
Son paradojas de la vida cristiana: la muerte que da la vida, el amor que sobrepasa el odio, el mal que se transforma en bien, la crueldad que se acoge con mansedumbre, el conflicto que se convierte en paz. Desde la Cruz Él nos mira con ternura, sin reprocharnos nada. Pero nos regala…
1. El reino de la verdad y la vida. Cuando los grupos y las personas quieren imponerse cueste lo que cueste, utilizando todo tipo de subterfugios, sin que importe dejar heridos o muertos por el camino. Cuando lo que prima es la propia conveniencia, el propio interés, y para hacerlo circular se busca un guión, un relato que justifique cualquier mal, porque lo que importa es hacer creíble lo que es increíble. Cuando se engaña para dominar, porque da igual una cosa o la contraria. Cuando la mentira se trata de vender como lo correcto y la vida empieza y acaba según yo decido… el Señor nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. El único que puede devolvernos el bien y la cordura.
2. El reino de la santidad y la gracia. El bien, la belleza, la verdad no son tan solo palabras que suenan bien, e incluso pueden resultar poéticas, son algo más: son formas con las que el Señor se muestra y actúa ante los hombres. Puntos de referencia para cada uno de nosotros. Cuando las convertimos en nuestra forma de vivir, nos dan la vida y la felicidad ya aquí en la tierra y para siempre en el cielo. La santidad no es un logro nuestro, es un don que Dios nos quiere regalar. ¿Y qué hacer entonces? Acogerlo y darlo a los demás. Y eso es posible porque ese Dios Bueno y Padre nos da su gracia, su fortaleza para vencer la debilidad y el pecado. Solo así viviremos en plenitud en su Corazón.
3. El reino de la justicia, el amor y la paz. Dios, si le dejamos, va a quitar de nuestro horizonte toda arbitrariedad, todo relativismo que pretenda imponer las particularidades de cada cual. Porque nos recuerda que hay un bien y un mal objetivos. Que Él es Creador, Salvador y Santificador nuestro, y nos hace ver la realidad “real” con todo su brillo. No da todo igual. El Señor nos clarifica todo: lo bueno es algo que nos llena de paz y alegría, aunque pueda ser a veces arduo, mientras que lo malo nos engaña y esclaviza, aunque a veces se muestre como apetecible, y por eso lo quiere apartar de nuestra alma. Nos salva su amor incondicional que pone paz verdadera y gozo en nuestra alma.
María, Madre del Rey y Madre nuestra, eres Reina de todos los Santos, danos tu consuelo.