El Evangelio de hoy nos muestra la escena de Pilato y Jesús, frente a frente. Podría ser la imagen del mundo actual: el poder de quien puede dar la muerte y la vida, hacer y deshacer. Y, al otro lado, la serenidad de todo un Dios que se hace vulnerable por amor al hombre. El reinado del mundo y el reinado de Dios. El aparente fracaso de un Dios que se entrega hasta ser condenado a morir en la cruz, frente al aparente triunfo de lo mundano, pero sin fuerza alguna ante la verdad. El hombre que se hace aprendiz de brujo, capaz de todo, ante la majestad de Dios, que no se quiere imponer porque ama. Hoy también, y a cada momento, se nos presenta esa alternativa, esa elección. ¿De qué parte estamos? 

El mundo actual vuelve a poner a Cristo delante del tribunal humano, y lo juzga para certificar que no lo necesita, que es irrelevante. Pretendemos afirmarnos a nosotros mismos. Nos parece que ya lo tenemos todo dominado, que nadie nos puede toser, porque tenemos la sartén por el mango. Alardeamos de tener el control. Y ¿qué sale a la luz? La vanidad, la insensatez, la mentira.

¿Qué hacer? mirar a Jesús a los ojos. A sus ojos de Niño que nace en Belén y es acunado por María. A sus ojos que se llenan de luz para transmitir el mensaje de la salvación. A sus ojos de misericordia que sanan de la enfermedad y liberan del maligno. A sus ojos que, entreabiertos y desde la cruz, nos hablan de un amor arrollador. ¿A dónde iremos, Señor? Apostamos por Ti y te declaramos, desde ahora, nuestro Dios y Señor. Rey de cielos y tierra. Tu trono es la cruz y tu corona de espinas. 

Queremos que Cristo reine. Reina en nosotros, Señor. Que venga tu Reino. Es lo que pedimos en el Padrenuestro: tu reino eterno y universal. ¿Y cuáles son las características de ese Reino? En el prefacio de la Misa, esa oración preciosa que hace el sacerdote antes de la consagración se dice:

1. Es el reino de la verdad y la vida. No quiere el Señor dominarnos sino hacernos descubrir la verdad y llenarnos de esa vida plena que nos saca de nosotros mismos para vivir para Él y para los demás. Hay mucho hartazgo de buscar felicidad donde no podemos encontrarla y eso hace que el hombre esté de vuelta antes de empezar a caminar. A algunos les parece que Dios es alguien que quiere aplastarnos con sus mandamientos, con sus leyes, para quitarnos la libertad. Pero es exactamente lo contrario: quita la oscuridad de la mentira, es la luz que da la vida. Porque Dios no impone, propone.

2. Es el reino de la santidad y la gracia. Caemos muchas veces en la trampa de que todo resulta muy complicado, muy difícil. Vemos ejemplos heroicos de gente que saca lo mejor de sí misma y nos parece que eso no va con nosotros, porque somos más normalitos y no llegamos a tanto: no hay que exagerar. Y quedamos paralizados porque eso exige poner de nuestra parte y no estamos dispuestos: esperamos que empiecen otros y, así, quizá nos animemos. Pero acabamos esclavizados por nuestros deseos, por nuestros pecados. Dios es el único que nos sacará de ahí. Porque Dios no esclaviza, libera. 

3. Es el reino de la justicia, el amor y la paz. ¿Cuál es el poder verdadero? ¿El de la arbitrariedad de hacer lo que a mí me parece y si molesta a alguien peor para él? Es Dios quien hace justicia, da con generosidad especialmente a los más necesitados, nos da lo que no puede dar el mundo: la verdadera felicidad, preludio de vida eterna y nos libra de lo que corrompe al mundo: el pecado. Es el poder del amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar el corazón endurecido, llevar la paz al alma atribulada, encender la esperanza donde todo es incertidumbre y oscuridad. Porque Dios no quita nada, lo da todo. 

Es hora de apostar por la verdadera libertad. No la que nos vende el mundo a precio de saldo. Cuando se aparta a Dios del horizonte del hombre, cuando se le niega su señorío, el hombre acaba descomponiéndose porque se agarra a los ídolos, diosecillos que nos dominan y quitan la libertad de los hijos de Dios, que es la que libera.

Nosotros no podemos decir otra cosa que “queremos que Cristo reine”. Y proclamaremos a Nuestra Madre la Virgen, Reina de nuestro corazón. Esperanza nuestra.

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