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SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. 2025

Aunque se diga lo contrario, la vida del hombre está devaluada. Si me molestas te ninguneo, y si tengo pocos escrúpulos te quito de en medio. Prima el utilitarismo: si sirves bien, si no sirves eres prescindible. La vida más valiosa tendría que ser la del niño todavía no nacido porque es futuro que promete, semilla de esperanza. O la del anciano que puede aportar lo vivido, ese pasado que enriquece. Sin embargo, ocurre lo contrario: acabamos declarando la guerra a lo que no es funcional: los niños son muy caros, y los mayores… no sabemos qué hacer con ellos. ¿Qué hacer entonces?

Necesitamos un corazón de madre, grande, acogedor, sensible a los más vulnerables, a tantos que se pierden en el anonimato porque nadie se acuerda de ellos. ¿Quién podrá devolver la esperanza a quienes no tienen nada ni a nadie que se acuerde de ellos? Nuestra Madre del cielo, María, que sabe abrir su mando para decir a todos: “hijos, venid a mí, os protejo bajo mi manto”.

Hoy celebramos en este día luminoso a María, en su Inmaculada Concepción, que nos dirige su mirada de ternura y nos devuelve el gozo de saber que no estamos aquí en la tierra para hacer bulto. Ella nos recoge como hijos porque sabe nuestra valía. Nos dice a todos y cada uno: “hijos míos, sois valiosos y os quiero, no estáis solos, yo estoy con vosotros y no os abandonaré por nada del mundo, no estéis tristes por las amarguras de la vida, daos cuenta de vuestra dignidad. Cuando recogí y miré a mi Hijo después de bajarlo de la Cruz, os vi en Él. Valéis toda su sangre, Recordadlo”.

“¿Qué nos propones, Madre nuestra? ¿Qué quieres de nosotros? Danos pistas para no ir por el mundo dando tumbos”. Escúchala, mírala a los ojos, déjate guiar por ella. “Háblame, fortaléceme”.

1. Ahí está el pecado que hiere. Las madres están atentas a advertir de los peligros a sus hijos. Es verdad que los hijos no siempre escuchan y son temerarios, se ponen al borde del precipicio. ¿Cuál es el gran mal del que tienes que librarnos, Madre nuestra? Del pecado, el pecado que seduce y nos tira por tierra. Nuestros primeros padres quisieron echarle un pulso a Dios y los perdió su soberbia. No supieron comprender que todo se tiene con Dios, nada se tiene sin Él. El pecado se ve, a veces, como una opción ineludible: “hay que probar de todo para tener la experiencia de todo”. ¡Qué ingenuidad! No tengo que probar un veneno para ver su sabor, porque el veneno mata. Si mato a la gallina de los huevos de oro, para ver por qué pone huevos de oro, pierdo el oro y la gallina. No quiero engañarme, quiero buscar el bien, quiero dejar de lado ese mal que tan solo esclaviza.

2. Quiero de ti una mirada limpia. Me lo estás diciendo, Madre mía, que cuide la mirada. Mis ojos, si no los guías tú se vuelven traicioneros. Ojos que no se quedan atrapados de la sensualidad, que no se regodean en los juicios sobre los demás. ¿Cómo miro yo? ¡Cuántas imágenes que acaban cosificando a las personas! No somos solo un cuerpo, tenemos alma, un alma que tiene vocación de eternidad. ¡Qué plaga la de la pornografía! La lujuria, instrumentalizar la sexualidad para sacarla del contexto de un amor entregado, no es el principal pecado, es verdad, pero oscurece la mente y deja el corazón insensibilizado para amar de verdad. Nos hace olvidarnos de que somos hijos de Dios, no una cosa de quita y pon. Tenemos una dignidad que nos ha dado Cristo. No la tiremos al suelo, para ser pisoteada. Aprendamos a hablar el lenguaje del respeto y del cariño.

3. Te invito a la transparencia del amor. El amor merece la pena. No lo confundamos con otras cosas que no son amor. El amor toma su valor de la entrega desinteresada al otro, una donación que no manipula ni se deja manipular. Tenemos una dignidad que va más allá de lo que las leyes nos pueden otorgar. No soy solo un sujeto de derechos para hacer lo que mis deseos me dictan. El amor va más allá. Mi dignidad me la ha dado Dios que me ha hecho a su imagen y semejanza. Cuando amo ¿cómo amo? ¿Dejo que se meta dentro el interés, el egoísmo? ¿Busco el bien de la persona amada y sé sacrificarme por ella? ¿Tengo un corazón grande que no es de quita y pon, porque se da entero y por entero? ¿Soy franco y claro o estoy ocultando algo en mi interior? Madre mía, enséñame a querer como tú quieres. A veces hay tantos recovecos y zonas oscuras en mi alma. Llénalas de luz.

Hoy, Madre nuestra, te miramos y nos dejamos mirar por ti. Por tus ojos misericordiosos.

Santa Misa. La Inmaculada Concepción. Ciclo A
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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