SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
El Espíritu Santo ¿es todavía el Gran Desconocido? Quizá para algunos sí, pero no cabe duda de que, aunque no terminemos de captar la hondura de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, vemos su acción portentosa en su Iglesia, que es la nuestra. Todos hemos notado, en la elección del nuevo Papa, que Dios siempre sorprende, que Dios está pendiente de nosotros, sus hijos, aunque a veces no terminemos de creérnoslo. Hemos visto a toda la Iglesia en oración que era unánime en pedir un Pastor según el Corazón de Cristo. Y Dios nos lo ha dado. ¿No es esta una acción de Dios que sabe salir al paso de las necesidades de sus hijos? Dios sigue siendo Dios y actúa. Gracias, Señor.
El Espiritu Santo es Señor y Dador de vida. Nos recuerda que “Señor solo el Señor”, que no hay otro señorío que el de Cristo, Nuestro Redentor y Salvador. Nos hace ver que la vida verdadera no viene de tener controladas las cosas y los deseos satisfechos, la vida auténtica reside en ese Amor de Dios que brota espontáneo de un corazón ardiente, enamorado de Dios. Solo procede de ahí.
¿Qué ocurrió en Pentecostés? Algo grande: Jesucristo asciende al cielo y comienza el tiempo de la Iglesia, el tiempo del Espíritu Santo. Él es quien vitaliza a los hijos de Dios y les da lo necesario para llevar la alegría del Evangelio a todos los rincones de la tierra. ¿Qué hubo desde la Ascensión a Pentecostés? Diez días de silencio interior, de serenar el alma para que Dios colocara cada cosa en su sitio. Sus amigos necesitaban esa oración en torno a María para ser una misma mente, un mismo corazón, con el alma preparada para acoger al que hace entender todas las cosas con aire nuevo. El Espíritu que nos hace profundizar en todo lo que el Señor Jesús ha venido a traer a la tierra. Con Él entendamos la paternidad de Dios, y que Cristo nos salva del pecado. Él es quien pone luz en todo. Pues bien, eso no es cosa del pasado: hoy también quiere irrumpir en nosotros para darnos vida:
1. Dios puede ser ruidoso. Él es sutil como la brisa, pero ahora quiere desinstalarnos de nuestras poltronas, de nuestras comodidades. Y esta vez irrumpe como viento fuerte: es necesario que su aliento vivo e impetuoso tire por tierra pesadumbres y desesperanzas, que vienen de quien vienen y nos dejan paralizados, sin capacidad de reaccionar. Necesitamos salir de nosotros mismos para poder contemplarlo todo con nueva vitalidad. Sin complejos y con optimismo sobrenatural. Fuera de nosotros todo temor. El miedo es, a fin de cuentas, desconfianza porque “si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?” ¡Cuántas veces lo dijo Jesús a sus apóstoles: no temáis! Estamos en sus manos y Él nos irá dando lo necesario para ser y obrar lo que somos: hijos de Dios.
2. Llamaradas de fuego. Estamos metidos, ahora como entonces, en un ambiente helador y distante. Cada uno metido en su mundo sin apenas tener interacción con los demás. ¡Cuánto ego suelto! Se hace realidad ese dicho gracioso: “todos van a lo suyo menos yo que voy a lo mío”. El Espíritu Santo viene a traer fuego ardiente para iluminar las mentes y quemar los corazones. El Espíritu Santo es luz para nuestro entendimiento e impulso para nuestra voluntad. Fuera sequedad y frialdades: ¿entusiasmados con las cosas del mundo? Pero si solo son flor de un día, cerillas que pretenden iluminar un mediodía de sol. De ahí no puede brotar la luz y la fuerza que necesitamos para hacer frente a las dificultades que nos abruman. Nuestra noche, con Él se iluminará de alegría.
3. Llenos del Espíritu Santo. A pesar de que había gente de todos los rincones, reunidos en Jerusalén y que hablaban lenguas diferentes, viene el Espíritu Santo y todos escuchan a los apóstoles y entienden el mensaje a la perfección. La lengua más internacional, y que parece todos tendrían que hablar y saber, no es el inglés, es el lenguaje del cariño, el del amor de Dios. Cuando las puertas del alma estaban cerradas y el ánimo por los suelos, Jesús se aparece a los suyos, y les regala la paz, esa paz que solo puede venir de Dios. Es cierto que tenemos muchas y profundas heridas, pero vamos a dejarle a Dios entrar de lleno en nosotros y sanarlas. Y algo que nos lo facilita es la confesión que es el ungüento que suaviza las heridas y las disuelve. Sinceridad y humildad para que Dios obre.
Sigue siendo la hora de Dios. Dios sigue desbordándose y llenándonos de su Fuego y de su Luz. Madre del Salvador, Madre de la Iglesia, Madre nuestra, ayúdanos a recibir al Espíritu Santo.